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Número 37 - 30 de mayo, 2004
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MANUEL LÓPEZ

Pobres de quita y pon

Pasados los recientes fastos de la “boda del siglo”, ahora llega, gracias a Dios, la crítica. El mal gusto de las vidrieras de la catedral de la Almudena y la decoración cursi y hortera de la ciudad durante los días de la borrachera rosa de la boda principesca han sido objeto de reprobación por parte de sectores tan poco sospechosos de izquierdismo republicano como es el caso de la Academia de Bellas Artes.

El delirio institucional ad maiorem gloriam de la realeza y los personajes de la prensa del corasón llegó al extremo de peinar las azoteas de la capital con la nocturnidad de helicópteros plantados encima de los tejados y la alevosía de potentes focos inspeccionándolo todo. En el subsuelo, no quedó una alcantarilla por chequear.

¿Y en las calles? Ninguna papelera en la vía pública; así de implacables son las medidas antiterroristas. De repente, como por arte de magia... policial, las calles quedaron también limpias de... indigentes.

Así, el más desvalido y vulnerable colectivo urbano fue temporalmente extrañado del centro de la ciudad. Afeaban el paisaje urbano, ellos y sus únicas pertenencias inmobiliarias: los cartones con los que arman sus camas callejeras los residentes del asalto.

Está claro que había que dar una imagen limpia de la capital a los veinticinco millones de españoles y mil doscientos millones de personas en el mundo que iban a ver por tv la reedición moderna del cuento de la bella triunfadora y el príncipe azul. No era cosa de correr el riesgo de que las cámaras enfocasen la dura realidad.

Los indigentes, ay. De ellos tengo escrito que son “el molesto ‘excedente demográfico improductivo' de la sociedad postindustrial”. Se trata de un grupo de mucho cuidado, pues son “la incómoda china en el reluciente zapato de marca de la sociedad de consumo”. Estorban con su sola presencia; “afean la bella estampa de nuestras pulcras calles comerciales”.*

Pasados los fastos, cada cual a su sitio. Los novios, a su periplo de luna de miel. La realeza, los poderosos y los personajes de la prensa del corasón , al papel couché de las revistas rosa. La ciudad recobra la rutina con el retorno de los mendigos a sus cartones. Pobres ciudadanos pobres de quita y pon en la moderna corte en la que no hay milagros. Todo lo contrario que Jesucristo, la Iglesia prefiere arrimarse y bendecir a los poderosos. Así se explica la invención de la teología de la prosperidad.

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* Nota de pie de página

Esa humanidad averiada
Manuel López

Son el molesto "excedente demográfico improductivo" de la sociedad postindustrial. Los más benévolos tienden a referirse a ellos caritativamente con expresiones cursis como "pobrecitos". Definición poco "científica" que no comparten sociólogos, analistas económicos, jueces, políticos, empresarios o líderes sindicales, para quienes no cabe catalogarles sino como margina- dos, estratos de población no competitiva, sujetos que viven al filo de la legalidad establecida, censo residual no votante, mano de obra no preparada; imposibles camaradas de tajo.

Visten de manera indecorosa; se pasan el verano sin siquiera quitarse de encima el abrigo raído y mugriento. Deambulan de un lado para otro como perdidos, sin asunto. Carecen de buenos modales. Todos procuramos esquivarles. Hablan alto. Huelen mal. Dan miedo.

Son la incómoda china en el reluciente zapato de marca de la sociedad de consumo. Estorban por donde quiera que pasen. Afean la bella estampa de nuestras pulcras calles comerciales. No hay efectivos suficientes en los cuerpos de seguridad públicos y privados para mantenerles alejados de los cascos urbanos, los parques de barrio, las urbanizaciones. Son la pesadilla latente de la sociedad establecida en su conjunto, desde los parados del último reajuste empresarial hasta los más sesudos e influyentes hombres de Estado.

Menos mal que entre todos contribuimos nerviosamente a que esté atada y bien atada cualquier remota hipótesis de rebelión. Imposible de todo punto que se organicen. El axioma que proclama que "el hombre es lobo para el hombre" , funciona. Han perdido el último tren de la vida. Su única meta es ir sobreviviendo en los límites de la existencia. No entienden de mínimos de vida tolerables; para ellos se les han roto todos. Los hay que parecen alimentarse tan sólo del aire contaminado que respiran.

Su delito puede haber sido el simple azar genético de haber nacido en una familia desclasificada, haber crecido en un entorno marginal, haber pagado con la cárcel un momento de ofuscación o locura, la ruina en el juego, quizá alguna enfermedad o un golpe de mala suerte que desató una cadena de desgracias... En cualquier caso, el denominador común con el que se les define es el de la desherencia.

Paradójico, pero en este valle de lágrimas, ya se sabe, no hay lugar para los desheredados. Bien es verdad que vayan ustedes a saber cuántos marginados habrán dado con sus huesos en la miseria por no competir "debidamente" en la carrera de la vida. El gran Salmerón renunció a la presidencia de la I República Española por no firmar una pena de muerte. A escalas menos épicas, quien aquí y. ahora se abstenga de pelear por un ascenso en el trabajo por no zancadillear a un compañero o se niegue a cerrar un buen negocio por no aprovecharse de engañar (al otro, lo tiene más que crudo. Ya se ha automarginado.

Para los cristianos, las operaciones esporádicas de maquillaje de (mala) conciencia con programas de caridad no bastan. En el pasaje del Juicio de las naciones (Mateo 25:31-46) Jesús no se identifica en absoluto con las gentes de brillo social -¡o religioso!-, sino justamente con quienes están domiciliados en el lastre social. Lo que hagamos por los marginados, la doliente humanidad averiada, al mismo Señor Jesucristo en persona se lo estamos haciendo. Así de duro. Pero también así de claro es el Evangelio.


Publicado en “Nosotras”, órgano de la Unión de Mujeres Evangélicas de España (UDME), verano de 1998 y en la revista protestante digital ICP-e el 24 de abril de 2001

Mauel López Rodríguez, es periodista, director de la revista FOTO ,
y profesor de Ciencias de la Información en Madrid.

 
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