| Fuera de control
“Soy miembro de la Iglesia de quienes están fuera de control, antes estaba enganchado al control, pero ahora soy un discípulo fuera de control. Le he dado mi control a Dios.
Confío y obedezco a su Espíritu, me he bajado de la verja, he cruzado la línea y he dicho basta. No miraré atrás ni alrededor, tampoco disminuiré la velocidad, ni me apartaré, ni tiraré la toalla, ni me callaré.
Es la vida contra corriente, la que se produce fuera de la caja, al otro lado del muro, es el devenir de una vida que se juega sin más límites que uno: "hágase tu voluntad.
Pues no estoy aquí para satisfacer a la cultura dominante”
Leonard I Sweet
Diario del lunes 24 de mayo. A las 15.00 horas me encuentro parado en la carretera que une Toledo con Madrid. No estoy solo, pues el socavón que ha hundido dos de los tres carriles provoca varias horas de atasco. La lentitud del tránsito se recrea con una hora extra en la que permanezco quieto con el contacto del coche quitado, situación que obliga al ayuno y que provoca la desesperación de más de uno y de dos. Más tarde, y con la alegría de la reincorporación circulatoria en el cuerpo, me veo dando un brusco volantazo a causa del temerario rebasamiento de un ceda el paso por parte de una señorita que embiste contra mí. Me libro por milímetros.
Tres horas más tarde, y con bastante prisa, me dirijo a la Iglesia Catedral de la IERE para tratar unos asuntos relativos a la Biblioteca Protestante del CEM (Consejo Evangélico de Madrid). Llego a la parada de Metro en Tribunal para salir -sin paraguas- y correr bajo una espectacular tormenta que calaría mi ropa, concretamente un traje de esos que si se mojan se estropean bastante. Me lo esperaba, pues minutos antes, al realizar el intercambio de línea en Gregorio Marañón, me tocó pasar por un pasillo de cuyas paredes brotaban espectaculares riadas.
Tras la reunión en Tribunal regreso al suburbano con destino a la estación de Antonio Machado, resultando que me dirigía a una de las paradas de Metro que acababan de cortar. Como consecuencia del inconveniente me toca parar y salir del Metro tan sólo unos instantes después de que el tren que se disponía a entrar en Antonio Machado comenzara a recibir un torrente de agua sobre su techo. Durante unos momentos la megafonía de los vagones daba instrucciones para que los viajeros guardasen la calma y no abriesen las puertas, pero cuando los pasajeros empezaron a ver chispas por aquí y por allá, el pánico ya era el rey. Y allí, mientras el griterío se hacía eco de sí mismo, el agua seguía penetrando por cada rincón cubriendo por completo los raíles y sobrepasando en medio metro el nivel del andén.
Como sarcasmo publicitario, los carteles del Metro madrileño estaban ese día inundados de enormes anuncios del estreno de un film apocalíptico cuyo reclamo visual era un Nueva York sepultado por las aguas del océano. Aunque gracias a Dios, los macabros paralelismos entre estas dos ciudades tenían esta vez algo de ficción. Y que siga.
Continuando con la realidad, y como en las películas catastrofistas del tipo a la anunciada, el desarrollo de este viaje subterráneo prosigue en su caos con un repentino apagón de luces del que no se escapan ni las de emergencia. Con la ayuda de la tenue iluminación de los teléfonos móviles algunos pasajeros pudieron alcanzar la salida, unas bocas situadas junto a calles y plazas donde el agua tapaba vehículos por completo.
Tuvieron que ser los autobuses los que nos llevaran por la travesía de la mutilada línea 7. Como era de esperar, el complejo de sardina enlatada fue la tónica de un trayecto en el que no faltaron aspavientos de indignación. Sobre las 22.30 horas me bajo del autobús para comprobar como un batallón de luces de policía y bomberos se apoderaban del paisaje urbano al que me dirigía. Más incidentes a causa del agua.
Tras contemplar durante un rato las labores de los cuerpos de seguridad avanzo hacia el lugar de destino para comprobar que el vecindario se había quedado completamente a oscuras a causa de un apagón. Horas más tarde, y ya en casa, me aborda la sensación de no haber vivido un mal día. Me veía con el privilegio de poder dormir sano bajo un techo seco en un lunes en el que prácticamente todo había quedando fuera de mi control, un día curioso en el que conviví con gentes que iban reaccionando de forma desigual ante esta pérdida de dominio.
Son situaciones que se presentan como fábula de una idiosincrasia propia de la verdadera vida cristiana, un viaje sometido a lo inesperado y a la ausencia de un control que es entregado al Espíritu de Dios. Un estilo que nada tiene que ver con la comodidad ni con la tentación de estar secos y tranquilitos en casa. Nada más lejano al sentido del discípulo que vivir queriendo tenerlo todo atado, como resguardándonos con chubasqueros teológicos que no hacen sino cobijarnos del miedo al fluir de lo alto… como si la vida fuera nuestra. Pero desde el momento en que el Espíritu de Dios se derramó por primera vez –y ya ha llovido desde entonces- ningún ser humano ha podido alcanzar jamás una genuina libertad sin permanecer fuera de control, pues desde antiguo supimos que para dar fruto siempre hay que mojarse.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |