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Número 37 - 28 de mayo, 2004
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Livingstone, el explorador evangélico (I)

A varias décadas del proceso de descolonización, sería extremadamente difícil encontrar a una sola persona que no coincidiera en afirmar que África continua siendo un receptáculo de terribles problemas cuya solución parece, desde luego, bien remota o incluso imposible. A una descolonización apresurada y no pocas veces sangrienta sucedió en no escasos países un régimen socialista y anti-occidental que aniquiló rápidamente la economía nacional precipitando procesos de hambruna, guerra civil o sucesivos golpes de estado. No son pocos los que se han valido de estas circunstancias para analizar la situación desde una perspectiva desesperada que parece condenar al continente a su permanencia ininterrumpida en las tinieblas externas del avance económico, social y político convencidos de que no existe ninguna receta para sacarlo del marasmo en que se halla sumido. A mediados del siglo XIX, en el período de apogeo del imperio victoriano, un misionero, viajero y aventurero escocés se enfrentaba con un problema no inferior en la medida en que África constituía, entre otras cosas, el coto privilegiado de los cazadores de esclavos. Para él, aquel continente que los antiguos describieron como desprovisto de frío sí tenía una sólida esperanza de progreso y avance a desprecio de quien pudiera poblarlo y por encima de los antecedentes culturales y raciales del mismo. Esa esperanza, sin embargo, estaría configurada por las denominadas tres Ces, a saber, cristianismo, civilización y cultura. África sólo podría verse salvada si las recibía y a la tarea de expandirlas en el continente dedicó su vida aquel hombre. Su nombre era David Livingstone

Livingstone vio la primera luz el 19 de marzo de 1813 en una población escocesa llamada Blantyre. Era el segundo hijo de una familia de piadosos protestantes llamados Neil y Agnes. La familia fue aumentando con el paso de los años hasta que creció a dos varones y una hembra más. Los siete se apiñaban en un par de pequeñas habitaciones pero esa circunstancia así como otras estrecheces no parece que impulsaran a ninguno de los Livingstone hacia el resentimiento social. Por el contrario, todo indica que su fe les proporcionó una sólida estructura espiritual no sólo para enfrentarse a las dificultades de la vida sino también para intentar progresar en medio de las mayores dificultades. Si Neil Livingstone aprovechaba la entrega de pedidos de té en que trabajaba habitualmente para vender también libros de contenido religioso, David se colocó a trabajar a los diez años en una fábrica de algodón por la sencilla razón de que la familia necesitaba complementar unos ingresos acentuadamente magros. La jornada de trabajo de David comenzaba a las seis de la mañana y, por regla general, se extendía por un período de doce o hasta catorce horas.

Un régimen de trabajo tan duro para un niño de esa edad podría haber quebrado fácilmente cualquier naturaleza. Una vez más, fue la fe la que evitó lo peor. Livingstone no sólo no encontró en el trabajo una especie de castigo bíblico que había que eludir sino que, desde el principio, supo que la salida de aquella situación pasaba por el estudio. Con el escaso dinero que le quedaba de su reducido salario, compró un libro de gramática latina titulado Rudiments of Latin con la intención de poder estudiar en la escuela nocturna. Ésta duraba tan sólo dos horas - de ocho a diez de la noche - pero implicaba un gran esfuerzo si tenemos en cuenta que, a esas alturas del día, David debía estar físicamente agotado y que, cuando terminaban las clases, apenas le quedaban seis horas para cenar y descansar hasta el inicio del siguiente día de trabajo.

Poco puede dudarse de que se trataba de un régimen de vida considerablemente duro y más si osamos compararlo con el de los niños y adolescentes occidentales de la actualidad. Sin embargo, el resultado fue sustancialmente la forja de un carácter extraordinario. Cuando llegó a los diecisiete años de edad, la paga de David había crecido lo suficiente y el joven pudo permitirse ingresar en la escuela de medicina de Glasgow. Tres años después, David experimentó lo que, con toda seguridad, fue el acontecimiento crucial de su existencia. Nos referimos a su conversión. Conmovido por la enseñanza de las Escrituras, David Livingstone reconoció no sólo su condición de pecador sino también que sus propios méritos y buenas obras no podían procurarle la salvación. Ésta no podía ser ganada sino sólo recibida, un proceso que tiene lugar cuando se acepta por la fe el sacrificio de Cristo en la cruz, una muerte que tuvo lugar en pago por los pecados del género humano.

Esta comprensión de la necesidad de la obra de Cristo para poder salvarse y la aceptación de la misma por fe se produjo en Livingstone cuando tenía veinte años de edad. A partir de entonces su vida recibiría un nuevo impulso que, de momento, se concretó en un cambio de denominación pasando de la Iglesia de Escocia de carácter calvinista a una congregación evangélica independiente de signo más estricto. Dos años después, el joven David se hallaba estudiando griego, teología y medicina en el Anderson´s College y en la universidad de Glasgow.

CONTINUARÁ

 

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).

 
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