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Número 37 - 28 de mayo, 2004
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Tragedias olvidadas

‘‘Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro de muerte. Porque si dijeres: Ciertamente no lo supimos, ¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras.’ (Proverbios 24:11-12)

Un reciente informe de la ONU ha alertado sobre la dramática situación que se vive en Sudán, calificándola como ‘la peor crisis humanitaria a que se enfrenta el mundo' debido a la cruenta guerra que se vive en esa nación entre el norte (musulmán, de lengua árabe y piel morena) y el sur (animista y cristiano, de lenguas bantúes y nilo-saharianas y piel negra) y entre diversas facciones del sur enfrentadas entre sí. Desgraciadamente las guerras en África, una vez que las potencias coloniales abandonaron ese continente, no le interesan a casi nadie y solamente cuando alcanzan envergaduras que claman al cielo llegan al conocimiento general. Entonces, cuando vemos las atrocidades captadas por alguna cámara, nos damos cuenta de lo que por allí está sucediendo, nos echamos las manos a la cabeza y fletamos algunos aviones de ayuda humanitaria.

Ayuda humanitaria que, en buena proporción, nunca llegará a los más necesitados porque como muy bien ha escrito Ryszard Kapuscinski ‘Los señores de la guerra (warlords) se llevan de cada transporte tantos sacos de grano y tantos litros de aceite como necesitan. Y es que aquí rige una ley que dice: el que tiene un arma es el primero en comer. Los hambrientos sólo pueden llevarse lo que quede. He ahí un problema para las organizaciones internacionales: si no entregan su parte a los facinerosos, éstos no dejarán pasar ningún transporte con ayuda y los hambrientos morirán. De modo que se les entrega a los jefecillos lo que quieren, con la esperanza de que algún resto acabe llegando a las víctimas de las hambrunas.' 1 En consecuencia la ayuda humanitaria acaba por engordar, aún más, a los muchos warlords que proliferan prodigiosamente por esas latitudes y que son una de las causas por las que tantos países africanos están sumidos en un perpetuo estado de guerra y miseria. Todo un dilema de dos alternativas de profundo calado: o alimentar a estos voraces depredadores con la esperanza de que de las migajas que ellos desechen les llegue algo a sus víctimas o bien negarles la carnada pero condenando a los infelices que gimen bajo sus garras.

Esta es la tragedia de Sudán, una tragedia olvidada porque aquí no hay demasiados intereses estratégicos ni económicos en juego para las grandes potencias o las naciones ricas, aunque, y esto es lo terrible, la guerra del Sudán dura ya 20 años. No que comenzara hace 20 años, sino que en su hasta ahora último episodio comenzó hace 20 años. Pero la contienda viene de muy atrás, de un pasado en el que los comerciantes del norte invadían el sur en busca de esclavos negros con los que hacer negocio. Por eso cuando los británicos salieron del Sudán, convirtiéndose así esta nación en la primera de África en obtener la independencia, las semillas del conflicto ya estaban sembradas. Los del norte querían un sur sometido y los del sur no querían nada en común con los antiguos comerciantes de esclavos. El polvorín estalló, con consecuencias hasta el día de hoy, cuando el régimen de Jartum en 1983 pretendió implantar la sharia en todo el país. Pero como este polvorín no afecta a los mercados bursátiles ni al precio del petróleo, como sí ocurre con Iraq, Israel o Arabia Saudí, nadie se entera de lo que allí ocurre, pudiendo los señores de la guerra seguir campando a sus anchas sin que haya nadie que levante un dedo contra ellos.

Y sin embargo, África no es el único lugar del planeta donde existen tragedias olvidadas. Por ejemplo ¿Quién ha oído hablar de los karen? Es uno de los grupos lingüísticos minoritarios en el sudeste asiático que está siendo masacrado por el brutal régimen militar birmano de Myanmar. Una buena proporción de los karen son cristianos, resultado de las labores misioneras que en la primera mitad del siglo XIX llevara a cabo Adoniram Judson en Birmania, y para muchos de ellos la existencia no ha consistido en otra cosa que vivir en un campo de refugiados en la frontera de Tailandia con Myanmar. Se sienten olvidados del mundo, se consideran abandonados de todos. Todavía están esperando que la promesa que el Gobierno Británico les hiciera tras la Segunda Guerra Mundial, en el sentido de no abandonarlos a su suerte, sea cumplida. Mientras tanto el régimen birmano, uno de los más crueles del mundo, busca su exterminio.

Pero la tragedia de los karen tiene otro lado. Aunque la Unión Europea, a instancias de la Premio Nobel de la Paz birmana Aung San Suu Kyi, apoyó en 1997 las sanciones contra el régimen birmano y congeló los créditos en el 2000, sin embargo las importaciones desde Birmania hacia la UE han aumentado cinco veces desde 1996 a 2001, encontrándose España a la cabeza de los miembros de la UE en cuanto a la proporción del incremento del valor de las importaciones: si en 1996 importamos por valor de dos millones de euros, en 2001 importamos por valor de treinta millones, o sea un setecientos cincuenta por ciento de incremento. Un dinero que va a parar al régimen militar que aplasta a los karen. ¿Qué es lo que compra la UE de Birmania o Myanmar? Madera de teca. Una madera que se utiliza para hacer bonitos y duraderos muebles para nuestras casas. Una madera que procede de los bosques de esa nación y que llega a la UE a través de terceros países, burlando así las sanciones comerciales que prohíben el comercio directo con Birmania. Y claro, cuando se trata de hacer negocios ¿quién va a preguntar por el origen auténtico de esa madera?. Después de todo el dinero nunca tuvo demasiados escrúpulos morales. De modo que si el destino de los nuer o los dinka en el Sudán nos trae sin cuidado ¡cuánto más el de los karen en el sudeste asiático!.

Pero el texto bíblico arriba citado habla de sentenciados a muerte, por los cuales es preciso levantar la voz y hacer lo que esté de nuestra parte para su protección. Alegar ignorancia es, tantas veces, esconderse tras la comodidad cobarde de no querer comprometerse, de no complicarse la vida. Pero esa excusa no tiene peso delante del Hacedor de esas personas, quien un día nos pedirá cuentas por nuestra omisión al deber. El futuro de los karen no nos es ajeno y si lo es es el nuestro el que está en peligro.

1 Ébano

 

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.

 
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