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Número 38 - 3 de junio, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

El show: ¿debe continuar?

“El primer mandamiento de Dios es este: […] amarás a Dios con toda tu mente”
Lucas 12, 29-30

El adulto medio no es una persona que antes de votar ha leído el programa de los principales partidos políticos, ni siquiera de uno de ellos. Tampoco es alguien a quien le obsesione la verdad ni que dedique gran parte de su tiempo a tratar de penetrar en la dialéctica de quienes mandan, entendiendo como los que mandan a multitud de empresarios, políticos, actores, músicos, periodistas…etc. Hablamos de las mayorías como si de La Verdad se tratase cuando todos sabemos que el votante medio es una persona que apenas lee y que dedica más de media docena de horas a la semana en ver programas televisivos de cotilleos, denigraciones o entretenimiento en general.

Al individuo medio no le obsesiona la verdad, ni lo auténtico, ni siquiera la razón. Las empresas anunciantes nadan en un mar de tormentosa competitividad que les obliga a medir cada céntimo de su inversión, por lo que alguien que viniese de otro planeta y que por vez primera entendiese este prisma comercial pensaría que en un anuncio de televisión de veinte segundos la empresa anunciadora lo dedicará a exponer las principales características ventajosas del producto. Pero no, no es así señor extraterrestre. Al igual que en los programas rosas o de morbo fácil, lo que la empresa anunciadora pretende es disipar nuestras miserias lo más lejos posible a cambio de una anestesia de felicidades tan emocionantes como inexistentes.

Puesto que no nos esforzamos por rascar en la sustancia última de las cosas, comprobamos que para vender un coche hay que mostrar extraterrestres bailando, para incitarnos al consumo de una marca de helados: una chica con actitudes sensuales, y para que contratemos un tipo concreto de telefonía: unos enanos pegando botes de un lado para otro… ¿Tan estúpidos somos?

En una reciente reunión de oración, varias personas expresaban con pesar la dificultad intelectual para responder a las inquietudes espirituales de quienes les rodean. En aquel contexto, una muchacha afirmó con razón que: “ se nos dice mucho sobre lo que creer o no creer, pero en las iglesias se deberían desarrollar más los porqués de nuestra fe. ” (sobre este tema ya escribí en el reciente artículo: “ Sexo y porqués ”).

Pero esta realidad tiene otra cara no menos preocupante: Tras aquella reunión de intercesión nos fuimos juntos a cenar varios de los allí presentes. Aunque los acompañantes eran personas de una entrega espiritual contrastada, lo cierto es que la conversación de aquella noche giró entorno a los contenidos de multitud de entretenidos pero insustanciales programas de televisión que denotaban la inversión de un importante número de horas a la semana por parte de los allí presentes. ¿Y si la mitad de ese tiempo lo dedicásemos a examinar la Escrituras y a alimentarnos con argumentos que nos equipen ante el próximo encuentro con la duda propia y/o ajena? Si esto fuese así, el impacto de la Iglesia en España sería otro, y el del evangelio en nosotros mismos también.

En el libro Divertirse hasta morir de Neil Postan se esgrime una exagerada aunque interesante tesis sobre la sociedad de la televisión en la que vivimos. El autor compara el mundo vaticinado en el Big Brother de Orwell con el Mundo feliz de Aldous Huxley para afirmar que es este último autor quien mejor describe la sociedad actual: “ Orwell temía que nos fuera ocultada la verdad, mientras que Huxley temía que la verdad fuera anegada por un mar de irrelevancia ”. Huxley añadía que mientras en 1984 (la obra de George Orwell) la gente es controlada infringiéndoles dolor, en Un mundo feliz la gente es controlada a través del placer.

¿Vive la Iglesia en Un mundo feliz ?, ¿estamos preparados para abrazar las necesidades espirituales de quienes se hacen planteamientos intelectuales honestos?, ¿y nosotros; barremos las dudas debajo de la alfombra o las encaramos?, ¿se toma el rigor en nuestras iglesias como algo espiritual?, ¿pedimos a Dios que haga lo que él nos ha demandado?, ¿nos hemos conformado a los rudimentos de este siglo?, ¿quién quiere cumplir el mandamiento (que además es el primero) de amar a Dios con toda nuestra mente?, ¿quién irá en pos de la verdad…?

Hoy vemos la burla de aquella estrella del rock parodiando a un evangelista al grito de: “ ¡tengo una visión! ¡tengo una visión! ¡tengo una tele…visión!” como la sombra de una lúgubre profecía que se sienta con nosotros en el sofá para compartir otra sesión de tele, pues de momento, y según dicen las malas lenguas, el show debe continuar.

“Espacios vacíos, ¿para qué vivimos?
Lugares abandonados, ya sabemos de que va.
Una y otra vez, ¿alguien sabe qué estamos buscando?
Otro héroe, otro crimen descabellado.
Tras la cortina, en la pantomima.
Mantén la fila… ¿quién quiere seguir aceptándolo?”

Show must go on, del grupo Queen

 

 

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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