Livingstone, el explorador evangélico (II)
Livingstone concluyó sus estudios de medicina en Londres donde se graduó con honores en 1840. Para aquel entonces, el joven escocés ya había decidido que su misión en la vida sería la de predicar el Evangelio a aquellos pueblos que no lo conocían. Así, en 1838, el año en que se cumplía el primer aniversario de Victoria como reina de Inglaterra, solicitó la admisión en la London Missionary Society siendo provisionalmente aceptado. Su intención inicial era marchar a China pero el estallido de la denominada guerra del opio frustró tal proyecto. Entonces, mientras pensaba en un futuro emplazamiento para su misión, conoció a Robert Moffat en 1839.
Moffat había sido misionero en África durante varios años y en aquellas fechas se encontraba en Gran Bretaña visitando distintas iglesias para informarles acerca de la manera en que estaba discurriendo su labor evangelizadora. La insistencia con la que Moffat hablaba acerca del “humo de un centenar de pueblos donde nunca se ha visto a un misionero” tocó profundamente el corazón de Livingstone que llegó a la conclusión de que Dios le estaba encaminando a África. Fue así asignado a Kuruman, un enclave situado en el sur del continente, donde previamente había residido Moffat.
En la primavera de 1841, el mismo año en que el conservador Robert Peel se convertía en primer ministro inglés, Livingstone llegaba a la bahía de Algoa. Kuruman, se encontraba a más de mil kilómetros de Ciudad del Cabo, de manera que se vio obligado a realizar un viaje que se prolongó durante diez semanas y que le permitió llegar a su destino el 31 de julio. Apenas pasó unos meses en Kuruman. Livingstone estaba decidido a abrir nuevas rutas al Evangelio y en compañía de otra persona volvió a realizar otro periplo de unos mil trescientos kilómetros de extensión para ganarse la confianza de los habitantes de la zona. No le resultó difícil porque a sus conocimientos de medicina sumaba una especial empatía hacia los nativos que éstos supieron apreciar.
En febrero de 1842, volvió a emprender un viaje por el interior aunque esta vez lo realizó solo. La expedición se extendió ahora hasta el mes de junio del mismo año y en el curso de la misma Livingstone surcó la franja oriental del desierto de Kalahari, el valle de Bakhatla, las colinas de basalto que llevaban hasta el territorio de los bakaa llegando incluso hasta la zona donde se asentaban los makalaka. A su regreso, permaneció en Kuruman hasta el mes de febrero de 1843 ocupado en tareas como la predicación y la atención de enfermos. Se trató de una pausa breve seguida por un nuevo viaje hacia el interior, en el curso del cual descubrió el valle de Mabotsa enclavado en el territorio de la tribu bakatia. Cuando regresó a su base durante el mes de junio, le esperaba una carta en la que se le autorizaba a establecer una nueva misión en el interior del país.
MABOTSA
Livingstone había ya decidido el lugar más adecuado para llevar a cabo esa tarea y en el mes de agosto regresó a Mabotsa donde abrió una misión. El régimen de trabajo era agotador pero esa circunstancia era algo a lo que estaba acostumbrado y que no parece haberle causado el menor pesar. Durante las horas diurnas atendía cantidades interminables de personas con dolencias médicas. Luego, cuando llegaba la noche, se sentaba al amor del fuego a escuchar las historias que narraban los nativos y aprovechaba a su vez para contarles relatos sobre la vida de Jesús.
En cierta medida, podía decirse que se trataba de una vida idílica pero no existe paraíso sin serpiente y en el caso de Mabotsa, ésta adoptaba la forma de un grupo de leones que asolaban la zona. Livingstone había oido decir que si se lograba matar a una de las fieras las otras optaban por abandonar el área y decidió librar a la población del valle de aquella amenaza con la ayuda de un maestro indígena llamado Mebalwe.
Dar con los leones y rodearlos resultó relativamente fácil. Sin embargo, de manera inesperada, una de las fieras logró romper el cerco y se lanzó sobre el misionero. Livingstone le apuntó con su arma e hizo fuego sobre él hiriéndole. En apariencia, nada podría haber sido más fácil. Sin embargo, cuando el escocés estaba cargando de nuevo su arma, la fiera herida se levantó del lugar donde había sido alcanzada y se lanzó sobre Livingstone. Con la misma facilidad con que un niño muerde un pastel, el león destrozó su brazo izquierdo de una dentellada. Seguramente, hubiera causado la muerte del misionero de no ser porque vio que un nativo llamado Mebalwe le apuntaba con su fusil y se lanzó inmediatamente sobre él mordiéndole en un muslo. Aún tendría tiempo la fiera de herir a otro hombre más antes de que la sangre perdida le hiciera caer exangüe.
Las secuelas que para Livinsgtone tuvo aquel enfrentamiento iban a durar toda la vida. El brazo izquierdo le quedaría prácticamente inútil y no podría evitar padecer agudos dolores cada vez que pretendiera levantarlo. Sin embargo, aquel accidente fatal iba a tener una consecuencia inmediata de carácter positivo.
CONTINUARÁ
César Vidal Manzanares
es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).
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