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Autoestima y culpa
En anteriores ediciones de la presente serie de artículos sobre la mente cristiana, se plantearon brevemente algunos aspectos básicos de autoestima, con su definición y concepto, así como su base bíblica. En este tercer y último artículo de la serie, se aborda un importante aspecto de la autoestima para su correcto desarrollo y mejora: la distinción entre culpa sana e insana.
Desde un punto de vista fenomenológico , podemos definir el sentimiento de culpa (SC) como una compleja respuesta emocional ante la propia conducta que la persona considera perjudicial o dañina para sí mismo o para otros. Esta compleja respuesta emocional incluye:
Hondo pesar por el daño ocasionado a uno mismo o a otra persona.
Enojo contra uno mismo por la propia conducta que ha dado lugar al daño y que la persona con SC define como una conducta incorrecta, inepta, necia, pecaminosa y/o malvada.
Temor a ser descubierto y perder la aprobación de los demás y la buena reputación (la persona con SC se siente con frecuencia avergonzada de sí misma).
Desde un punto de vista existencial , el SC surge como un conflicto entre nuestros valores morales y la realidad de nuestra vida. En este sentido, el SC es la sensación subjetiva de tensión emocional que surge por el choque de motivos contradictorios, por el choque entre nuestras aspiraciones más profundas y la realidad de nuestra conducta cotidiana. Numerosos autores han enfatizado la distinción entre diferentes formas de culpa : culpa sana y culpa dañina; culpa normal y culpa patológica; culpa neurótica y culpa existencial. Con independencia de la terminología que usemos, lo cierto es que hay dos vivencias de culpa muy diferentes en su origen, manifestación y efectos sobre el psiquismo del ser humano. Esta distinción, es vital con objeto de alcanzar y mantener un saludable equilibrio emocional.
Siguiendo la clasificación de SC neurótico y existencial, la culpa existencial es universal, común a todos los seres humanos. Somos seres limitados en lo biológico, psicológico y social, formando parte de nuestra condición caída desde el punto de vista espiritual. Sin embargo, nuestras aspiraciones son ideales, tenemos por objetivo vital alcanzar el máximo de eficacia, de realizarnos. Así pues, entre la finitud y el objetivo vital de realización, la culpa neurótica aparece como un obstáculo en forma de disgusto por la vida, de dificultad para aceptarnos a nosotros mismos, con desazón y desaliento que impide alcanzar nuestras metas, siendo frecuente la aparición de síntomas depresivos. La meta terapéutica de mejora personal es convertir la culpa neurótica en existencial, aprendiendo a aceptar nuestras limitaciones como seres humanos.
Hay un origen remoto , que podemos llamar edénico, por la caida del hombre en el huerto del Edén. Por la desobediencia del hombre a la ley divina entró el pecado en el mundo. Dios declaró juicio y el hombre sufrió la paga del pecado: hambre, desnudez, enfermedad, soledad y muerte. La tierra también fue maldita y el hombre tuvo que empezar a luchar por su supervivencia, escaseando los recursos naturales. De esta forma el hombre pasó de ser imagen bondadosa de Dios, no distorsionada por el pecado, a ser un siervo de su propia necesidad. En medio de un entorno hostil, el hombre se convirtió en un ser ego-ísta naciendo también la hostilidad hacia otros seres humanos. El hombre comenzó a sufrir enfermedades y conflictos, muerto espiritualmente, alejado de Su creador. De esta forma, el temor ocupó el lugar de la confianza y el castigo el lugar de la justicia, naciendo así el SC existencial como parte inherente de nuestra condición.
Pero también hay un origen próximo y que se localiza en los primeros años de desarrollo infantil, en el tiempo en que se dan los primeros pasos en la formación del carácter de la persona. Ya hemos mencionado como el ser humano, al tener una naturaleza bondadosa en su creación primigenia pero caída en su desobediencia edénica, manifiesta en sus primeros años comportamientos que los padres han de saber equilibrar mediante métodos de corrección educativa adecuados, aplicados con autoridad y amor. Cuando ello no se da, nos encontramos con un origen próximo de SC en forma de educación infantil punitiva, llamada así por el uso excesivo que se hace del castigo ante la mínima desviación de conducta del niño.
Esta forma de educación, aceptada y practicada con cierta frecuencia como parte de nuestra cultura, se caracteriza por ser una educación hipercrítica y exigente sin prestar a un tiempo el necesario apoyo emocional al niño. El niño se siente de esta forma amado condicionalmente. Los padres le dan cariño y afecto en función de su “buen” comportamiento y logros personales, conductuales y académicos, según un listón exigente y estricto. La educación punitiva se caracteriza así por el siguiente modelo de distribución de la atención paterna hacia el niño: ignorancia del comportamiento normal, premiando el excepcional y castigando la más pequeña desviación de conducta. De esta forma se fomenta en el niño inseguridad afectiva, inestabilidad emocional y baja autoestima, sembrando el SC neurótico.
Por tanto, al ignorar la educación punitiva el comportamiento normal y sólo premiar el excepcional, el niño aprende a valorarse a sí mismo de forma exigente e irracional, con normas de conducta perfeccionistas basadas en expectativas no realistas acerca de nosotros mismos como seres humanos, encontrando dificultad para darse por satisfecho ante los logros conseguidos o para perdonarse por las acciones erróneas cometidas. Esta historia de aprendizaje familiar puede interactuar con un temperamento especialmente sensible ante las críticas de los otros significativos, como es el tipo melancólico, constituyéndose de este modo una predisposición más acentuada en el individuo a desarrollar problemas emocionales en el futuro ante situaciones conflictivas en su medio familiar, social y laboral. Entre estos problemas emocionales destaca, por tanto, un sentimiento de culpa latente muy acusado y que siempre va a estar dispuesto a actualizarse ante cualquier situación crítica, por pequeña que ésta sea.
La forma de superar estos problemas psicológicos de sentimiento de culpa neurótico pasa por separar nuestra persona de nuestra conducta, esto es, aceptar sobre las bases bíblicas de autoestima que como humanos somos falibles, que cometemos errores, por lo que la culpa debe centrarse en las consecuencias del error más que en el error en sí. Cometer un error es una prueba de que somos humanos, pero no perversos o inútiles. De esta forma, la culpa neurótica se convierte en culpa existencial, con la que podemos convivir sin que nos destruya.
La culpa existencial nos ayuda a ver el error como una oportunidad de aprendizaje abierto a la experiencia, como una oportunidad de mejorar, reparando las consecuencias del error o daño causado en la medida de lo posible, pero nunca denigrándonos, compadeciéndonos a nosotros mismos. También es recomendable a este fin el sustituir los pensamientos del tipo “debería” por pensamientos del tipo “decido”, sustituyendo así la culpa por la responsabilidad en la motivación de lo que hacemos, actuando en base a la sensibilidad, es decir siendo conscientes de las consecuencias de nuestra conducta y actuando así de forma responsable. De esta forma podemos aprobar los mejor actuando por empatía, huyendo de expectativas no realistas basadas en un sentido perfeccionista de la existencia.
El autor,
Francisco Gómez Moreno es psicólogo y profesor de consejería del Centro de Estudios Teológicos CET-CARISMA.
(c)
Francisco Gómez Moreno, ProtestanteDigital.com, España, 2004 |