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Número 39 - 8 de junio, 2004
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JUan simarro

Pastoral del desarrollo

Se necesita en el mundo un nuevo estilo de relación del hombre con la tierra y del hombre con el hombre. Un nuevo concepto del trabajo y de la producción que haga a ambos más humanos. Se necesita frenar el alto consumo y uso de recursos sin límite, como si todos los recursos del planeta fueran renovables. Se necesita una nueva concepción de la economía en donde la solidaridad y la justicia con los despojados de la tierra se haga una realidad. Se necesita tomar conciencia de que la sociedad de consumo, al ritmo que lleva en los países enriquecidos, no puede sostenerse. Se necesita también que la redistribución de bienes y recursos del planeta sea más igualitaria, más equitativa y más justa. Se necesita, en última instancia, la introducción de nuevos valores morales y éticos que dimanen del concepto de justicia y projimidad que tiene la Biblia... Se necesita estar atentos al Jesús histórico, a sus prioridades y estilos de vida. Se necesita la vivencia de un cristianismo práctico que acoja con más rigor el concepto del Reino de Dios y sus valores, aunque fuera menos eclesial.

Muchas veces se dice que necesitamos un concepto más humanista del desarrollo. Un concepto más humanista en el sentido que el desarrollo debería tener como meta última el servicio al hombre, pero no al hombre del primer mundo, sino al hombre que se distribuye a lo largo y lo ancho de todo el planeta tierra. No un desarrollo que dé beneficios a los ya anclados en el capital, ni a una parte determinada del mundo que ya usa su influencia y su poder para enriquecerse más aún, sino beneficios equitativos para todos los habitantes del planeta.

Yo sé que esto puede sonar un tanto utópico, pero si los cristianos no somos utópicos, siguiendo la utopía de un Reino que ya está entre nosotros, y sabiendo que acercamos el Reino de Dios allí donde se hace justicia, se comparte y se dignifica a personas, es que no hemos comprendido bien el mensaje del Reino.

Cualquier desarrollo que se quiera llamar sostenible, debería replantearse no solamente exigencias materiales y económicas, sino también humanas en el amplio sentido de la palabra, exigencias psicológicas, intelectuales, de dignidad de la persona, éticas, morales y religiosas. Y con toda seguridad, la plataforma más adecuada para luchar por un desarrollo sostenible es el cristianismo y la fundamentación de la vivencia de una fe cristiana se encuentra en la propia Biblia con sus exigencias por la justicia social y por esa inclinación de Jesús de ir rehabilitando a los que más bajo están en la estratificación social, estratificación o jerarquización social que no debiera existir y que está en contracultura con los valores bíblicos.

Lo que sí va a suceder es que, el cristianismo, en la búsqueda de un desarrollo sostenible y en su lucha por la liberación y dignificación de las personas, se va a encontrar siempre con una tensión entre dos polos: a) la tensión por conseguir un desarrollo sostenible basado en los valores del Reino y en la dignificación y equiparación de todas las personas, un desarrollo que no comprometa la vida de nuestros hijos y las generaciones futuras, un desarrollo que tienda a satisfacer las necesidades alimenticias, de uso de servicios e infraestructuras igualitarias para toda la humanidad, pensando también en el futuro de los pueblos y de las próximas generaciones, y b) la tensión opuesta que es la representada por las estructuras sociales injustas, las estructuras de pecado de las cuales también, por falta de compromiso, pasamos a formar parte muchos de los llamados cristianos. Son estructuras de pecado egoístas e insolidarias que se montan sobre la opresión de tantos hombres. No sólo en la opresión de los trabajadores mal pagados o subempleados sin los justos derechos civiles y sociales, sino en la de tantos excluidos que no tienen ni siquiera acceso a ningún tipo de trabajo, ni siquiera en la indignidad, ni a un salario para mantener a los suyos. Son las estructuras de pecado de las que nadie confiesa formar parte, pero que no tienen en cuenta que los recursos del planeta no son todos renovables, ni tienen en cuenta al otro, al que se queda tirado al lado del camino, al proscrito, al marginado, al pobre y al débil... y muchas veces los cristianos nos enrolamos en estas estructuras como los que no tienen esperanza.

Todos los cristianos deberíamos hacernos una reflexión que, desde los valores cristianos, pasáramos revista a todos los aspectos de un desarrollo humano y sostenible. Un desarrollo que no tuviera solamente en cuenta los factores económicos, aunque habría que tener en cuenta que en lo económico hay un patrimonio común a todos los habitantes de la tierra que no se respeta y que se ha despojado de él a más de media humanidad, sino también lo que se podría llamar la sostenibilidad ambiental, respetando los ecosistemas y todo el medio ambiente.

Así, lo económico, lo social, lo ambiental, lo espiritual, lo ético y todo lo que desarrolle lo humano, debería estudiarse con vistas a un desarrollo sostenible en el planeta. Y yo creo que los cristianos, al igual que podemos desarrollar una pastoral del sufrimiento o de la enfermedad, deberíamos desarrollar también una pastoral de la pobreza, una pastoral del desarrollo sostenible. No sea que algún día el Señor, en el Juicio de las Naciones nos tenga que decir: Apartaos de mí, malditos de mi Padre, porque tuve hambre y no me disteis de comer. Y nos avergoncemos de haber tenido, de forma insolidaria, nuestros estómagos llenos, usando todo tipo de bienes y servicios, mientras que nuestro hermano prójimo, clamaba por justicia sin encontrar respuesta.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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