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Número 39 - 11 de junio, 2004
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Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY

Hablar y comunicar

El lector de esta página no ha notado mi ausencia porque antes de salir de Madrid entregué al director de Protestante Digital mis tres artículos semanales, doce en total, anticipando tres semanas de absentismo. No quiero que los frecuentes viajes a países de la América hispana interrumpan mi cita con los visitantes de esta página.

He estado 17 días en Perú. Diez en Lima y siete en Cusco. Un profesor de ingeniería de la Universidad de Cusco, Carlos Malpartida, me organizó cinco conferencias en una sala de cultura de la ciudad. Hablé a un público mayoritariamente joven sobre marxismo, ateísmo y cristianismo. La asistencia estuvo entre 200 y 250 personas cada día. En Lima enseñé un seminario para líderes cristianos llegados de diferentes puntos del país y durante cinco noches desarrollé temas evangelísticos en el espacioso edificio de una iglesia que se reúne en la Panamérica Norte.

En Cusco ya he estado en otras tres ocasiones. La ciudad, situada a 3.399 metros de altura, corta la respiración. Según la Historia, Cusco fue la más grandiosa y rica de las ciudades americanas precolombianas, capital del Perú inca y del Perú de la primera conquista. La parte alta conserva edificios arquitectónicos de siglos.

En 1912 el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham descubrió a 130 kilómetros al norte de Cusco la imponente ciudad-fortaleza incaica Machu Picchu, que constituye una de las grandes maravillas del mundo moderno. Se calcula que el 80 por ciento de los turistas que llegan anualmente a Perú acuden con la intención de contemplar el Machu Picchu.

Fiel a mi hábito de patear calles y plazas de día y de noche –mejor de noche, cuando las ciudades, como las mujeres, son más hermosas- ahondé en la vida del pueblo.

En dos días fui testigo de tres manifestaciones populares. En una se pedían maestros de escuela para un pueblo de 8.000 habitantes que sólo contaba –me dijeron- con tres maestros. En otra portaban pancartas con reclamos como este: “El Machu Picchu es de todos. También nosotros tenemos derecho a venderlo”. Pregunté y me informaron: Eran guías turísticos y organizadores particulares de excursiones, que protestaban porque las agencias de viajes no les permitían tratar directamente con los clientes y acaparaban el mercado.

En la tercera manifestación calculé unas trescientas personas, apostadas frente al edificio del Ayuntamiento, en la amplia plaza que lo adorna. Me detuve y charlé con la gente. Eran trabajadores del transporte urbano que reclamaban, entre otras cosas, mejores condiciones salariales. Los manifestantes estaban dirigidos por un cargo sindical. En un momento dado se abrieron las puertas del edificio oficial y todos entraron al amplio patio interior. Allí los esperaba el alcalde. Me colé y me instalé a su espalda, tan cerca de él, que habría podido tocarlo. Junto a mi, otros. El alcalde habló durante unos veinte minutos. Cuando dio por terminado el discurso, un indio bajito, rostro arrugado, delgado, unos 60 años, ojos pequeños, me mira y me pregunta: “¿Usted sabe lo que ha dicho?”. “Sí”, le contesté. “Pues yo no me he enterado de nada”, concluyó.

No me sorprendió. El alcalde político, habló en tono político a gente ignorante de la política y que sólo reclamaba mejores condiciones de vida.

Aquella conclusión me llevó a otra: La utilización del lenguaje en los púlpitos cristianos.

El cristianismo es la única religión que utiliza la palabra para comunicar la fe. La Palabra viva de su fundador. “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

Nuestros púlpitos han caído en la rutina, en la repetición, en el cansancio, porque quienes los ocupan hablan, pero no comunican. Se expresan con un vocabulario obsoleto que nada dice al hombre de hoy. De ahí que el culto dominical que se practica dedique tanto tiempo a la alabanza y tan poco a la predicación de altura. Porque el predicador de turno no se prepara, no estudia la Biblia, no conoce la sociedad del momento.

En la gestión de la crisis que vive el mundo ahora el predicador cristiano debería responder con una contribución positiva, con propuestas cristianas alternativas que ofrezcan soluciones reales a las crisis. Esto no podremos hacerlo si seguimos aferrados a fórmulas que no transmiten el auténtico mensaje, que no comunican la esencia del Evangelio redentor.

Las palabras no valen por sí mismas, sino por la estructura total de la que forman parte.

Los predicadores cristianos se suponen dotados de un poder espiritual sobre el mundo, distinto a los poderes del militar, del político o del financiero. Es el poder del Espíritu Santo. “Recibiréis poder…. Y me seréis testigos” (Hechos 1:8).

En esta era de la globalización, ante un mundo triste y angustiado, el predicador cristiano debe hacerse preguntas como estas: ¿Qué mensaje he de comunicar? ¿Cómo llegar al corazón de la gente? ¿Qué imágenes he de utilizar? ¿Cómo alcanzar al ser humano de hoy, dominado por la técnica, la informática, saturado de comunicación? ¿Qué lenguaje utilizar para hablar de Dios?

Tengamos en cuenta al hombre de traje y corbata, pero también al indio de rostro arrugado al que ignoró el alcalde de Cusco.

Hablemos, pero más que hablar, comuniquemos.

 

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional

© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)

 
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