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Número 39 - 11 de junio, 2004
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Livingstone, el explorador evangélico (III)

Para recuperarse de la herida del león que había dejado al descubierto el hueso, Livingstone se vio obligado a regresar a Kuruman. Para sorpresa suya, Mary, la hija de Moffat, se había convertido en una muchacha pletórica de atractivo. Dado que la atracción resultó mútua, no tardaron en pensar en casarse.

Una vez que el brazo de Livingstone curó, el misionero partió hacia Mabotsa con la intención de acometer la construcción del hogar conyugal. Una vez de regreso del valle, la pareja contrajo matrimonio en marzo de 1844 siendo oficiada la ceremonia por el padre de la novia. Con esos antecedentes, quizá no debería extrañar que la luna de miel fuera un viaje de más de trescientos kilómetros a bordo de una carreta tirada por bueyes.

Durante los años siguientes, los Livingstone se convirtieron en una especie de robinsones que lo mismo podía fabricar el pan que velas, jabón o mantequilla a la vez que construían y evangelizaban. A pesar de la dureza de esta forma de vida, todo parece indicar que la pareja se sentía feliz en la medida en que estaban realizando exactamente el tipo de trabajo que amaban y deseaban, una labor investida además a su juicio de un marchamo y una legitimidad divinas.

PROBLEMAS EN LA MISIÓN

Posiblemente la existencia del matrimonio hubiera podido ser considerablemente dichosa de no haber tenido cerca la presencia de otro misionero. Se trataba de un sujeto llamado Edwards que no tardó en hacerles la vida imposible. Seguramente una persona de un temple distinto al de Livingstone hubiera tirado de los hilos necesarios para librarse del molesto tercero pero el doctor prefirió optar por seguir el ejemplo del patriarca Abraham. Tal y como relata el libro bíblico del Génesis, cuando los empleados de Abraham chocaron con los de su sobrino Lot, el primero no se aferró al territorio sino que dio a elegir a su pariente la zona que deseaba conservar y, a continuación, marchó a otra distante. Lo mismo hizo Livingstone. Dejando atrás un territorio en el que había iniciado una floreciente obra misionera, se desplazó a unos setenta kilómetros de distancia, en dirección a Chounuané.

Livingstone encontró un lugar en apariencia adecuado en Kologeng y decidió establecerse en el mismo. Allí iba a permanecer entregado a las tareas de evangelización y cuidado de los enfermos durante el lustro siguiente. Durante esa rara temporada de quietud, la familia Livingstone aumentó en cuatro retoños de los que tres eran varones. La razón que provocó el final de aquel período de sosiego fue una combinación de la proximidad de habitantes hostiles con los trastornos ocasionados por la escasez de lluvia. Mientras que la sequía se prolongaba causando estragos, tanto los boers surafricanos como los matabeles constituían vecinos peligrosos que contemplaban con hostilidad la cercanía del misionero.

Livingstone andaba buscando una salida a la difícil situación cuando oyó a los nativos referencias a una catarata gigante decidió emprender un viaje para localizarla. La cercanía de una corriente de agua, pensaba él, podría constituir un lugar ideal para establecer una misión. A esa circunstancia favorable se sumaba la de la existencia de un jefe de la tribu makololo llamado Sebutuane que, en apariencia, estaría dispuesto a brindar su apoyo a Livingstone en un enclave lejano de las asechanzas de boers y matabeles.

BUSCANDO LA CATARATA GIGANTE

Por esa época aparecieron por Kolobeng dos cazadores ingleses llamados W. C. Oswell y Mungo Murray, y Livingstone consiguió convencerlos para que le acompañaran a la búsqueda del lago Ngami. La opinión de los nativos era bien diferente. De entrada, los bechuanas no podían creer que personas que cazaban por placer estuvieran en su sano juicio, un argumento que resultaba claramente disuasorio a la hora de acompañarlos. Además eran conscientes de que para alcanzar el lago había que cruzar el desierto del Kalahari, un territorio inhóspito donde sólo conseguían sobrevivir tribus nómadas como los bosquimanos y los bakalahiris que guardaban el agua en huevos de avestruz enterrados en el suelo. A pesar de todo, los tres europeos prosiguieron el viaje.

Tal y como les habían informado los nativos, se trató de una expedición extraordinariamente difícil. De entrada, los propios aborígenes, temerosos de quedarse sin agua, les orientaban equivocadamente lo que estuvo a punto de provocar que murieran de sed. Si no fue así se debió a que, mientras avanzaban por el lecho seco del río Makoko, dieron con algunos hoyos en los que no se había evaporado el agua. A pesar de todo, Livingstone y sus acompañantes, que sufrieron varios espejismos, atravesaron por varias ocasiones en las que temieron que morirían.

A pesar de todo, las noticias que había escuchado el escocés no eran falsas y así no tardó en convertirse en el primer hombre blanco que veía el lago Ngami, cuyo extremo nororiental alcanzó el 1 de agosto de 1849.

OTRA VEZ LOS PROBLEMAS

El propósito de Livingstone era proseguir el viaje unos trescientos kilómetros más en dirección norte y alcanzar el territorio regido por Sebutuane. Sin embargo, la suma de los factores naturales y humanos le impidió alcanzar la soñada meta. No sólo uno de los jefes locales se opuso al avance del misionero sino que además la mosca tsetse, transmisora de la enfermedad del sueño, comenzó a amenazar al grupo. Bien a pesar suyo, Livingstone tuvo que dar la orden de retirada hacia el punto de partida. El panorama con que se encontraron al llegar a Kologeng no podía resultar más desolador. Los boers habían aprovechado la ausencia de Livingstone para arrasar la misión.

 

CONTINUARÁ

 

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).

 
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