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Las paradojas de Ronald Reagan
Acaba de morir Ronald Reagan. Siguió la saga de aquellos políticos americanos que muestran públicamente su profesión de fe, pero eso no le granjeó la simpatía de sus hermanos españoles que lo juzgaron principalmente no por esto, sino por su praxis política.
En los años de su mandato, decir algo bueno de él en algunos medios evangélicos era asegurarse ser tildado de mundano.
Recuerdo las excomuniones en efigie que muchos de estos hermanos lanzaron contra él a raíz de sus sonoras proclamas (“la Unión Soviética es el imperio del mal") y sus contundentes pautas de actuación (la "guerra de las galaxias”).
Pero no hay duda de que los juicios políticos tienen un valor relativo y transitorio, y es el paso de los años el que nos permite ver con mejor criterio lo certero de nuestros juicios.
Y es el paso de los años el que nos ha mostrado por fin que aquella estrategia tan firme de Reagan fue clave en la desintegración de uno de los Imperios más opresivos de pueblos y persona "el soviético”, y nadie puede negar hoy que esta postura de Reagan y la presión de los nacionalismos del Este acabaron por desguazar aquel bloque y terminar con décadas de guerra fría.
Aunque a muchos nos sorprendiese la estrategia de Reagan que nos parecía tan belicista, acabó con la amenaza nuclear real, que hoy es mucho menor que entonces -en buena parte gracias a él-.
Todos los cristianos sin excepción amamos la paz; con Reagan aprendimos algo que nos costó entender, pero que no podemos pasar por alto: en un mundo caído -que no es aún el Reino de Dios en su plena manifestación- no siempre el pacifismo es la mejor forma de defender la paz.
No es sabio encerrarse en lo que nos parecía indiscutible: hay que aprender de la realidad como uno de los medíos que Dios usa para enriquecer nuestro criterio. Y no nos queda más remedio que volver sobre Ro. 13 para hacer más realista nuestra apuesta por la paz aquí y ahora.
Por mi parte, sigo enganchado en la perseverante y apasionada postura de evaluar a mis hermanos primero por la fe que compartimos, y muy secundariamente por su posicionamiento político. Éste será siempre opinable y relativo, susceptible siempre de errar -su posicionamiento y el mío-, necesitado con frecuencia de rectificación.
La fe que compartimos: eso es lo que queda.
X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego
© X.M. Suárez, ProtestanteDigital.com, España, 2004 |