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Número 40 - 18 de junio, 2004
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Perfumes

‘Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?.’ (2 Corintios 2:14-16)

El 24 de abril de 2004 moría a la avanzada edad de 97 años en su domicilio de Nueva York una de las mujeres más reconocidas del siglo XX: Estée Lauder. De un pequeño negocio familiar llegó a crear un gigantesco imperio de cosmética, siendo amiga de grandes personajes como Nancy Reagan, Gracia de Mónaco o la Duquesa de Windsor, amén de ser la favorecedora de millones de mujeres anónimas en todo el mundo que, en su lucha contra los años y el envejecimiento, tuvieron en la señora Lauder a una aliada, pues como ella mismo escribió en una ocasión ‘El tiempo no está de tu lado, pero yo sí lo estoy.' Además de crear toda una gama de productos cosméticos para la belleza y el cuidado del cuerpo, también se ocupó de crear su propia marca de perfumes, uniendo así su nombre a uno de los productos enseña de nuestra época como son las fragancias.

Pero la señora Lauder no fue la única en dar su nombre a una marca de colonia: infinidad de estilistas y modistos (Armani, Calvin Klein, Chanel, Dior, Dolce & Gabbana, Elizabeth Arden, Jean Paul Gaultier, Valentino, Versace, Saint Laurent) han hecho lo mismo, tal como podemos apreciar cuando llegan determinadas fechas del año y la mitad de los anuncios de televisión son uniformemente repetitivos. San Valentín, día del padre, día de la madre o Navidad, son algunos momentos estelares en los que esos frascos de formas sinuosas, combinados con cuerpos perfectos, se nos presenten como el reclamo idóneo en el terreno de las conquistas sentimentales. Ante tal avalancha de publicidad aromática es de suponer que el mundo de los perfumes se ha convertido en toda una industria que debe proporcionar ingentes ganancias de dinero.

Hasta tal punto llega la influencia del reino de las fragancias que se habla de la aromaterapia, es decir, la eficacia sanadora de determinadas sustancias al ser aspiradas o asimiladas mediante baños o masajes. Aunque, a decir verdad, en esta moda de las terapias ya no sabemos adonde vamos a llegar pues las hay para todos los gustos y de todos los colores: están, además de la ya mencionada aromaterapia, la musicoterapia, la ozonoterapia, la fototerapia, la fitoterapia, la magnetoterapia, la talasoterapia, la electroterapia, la aeroterapia, la risoterapia, la metaloterapia y una inacabable lista más de terapias. Se ve que los humanos estamos llenos de achaques pero que, al mismo tiempo, tenemos muchas fuentes a las que recurrir para recuperar la salud.

Pero volviendo al mundo de los aromas es evidente que existe una relación directa entre aroma y naturaleza; es decir, de acuerdo al estado de una sustancia así es su olor. Normalmente lo sucio huele mal, lo podrido o corrupto huele mal y lo muerto huele mal, al contrario de lo que está limpio, sano y vivo, de manera que hay una relación directa entre olor y estado, pudiendo deducirse fácilmente por el primero el segundo.

El mundo de los olores es, pues, un lenguaje que transmite toda una serie de sensaciones y emociones, habiendo olores que atraen, olores que repelen, olores que avisan, olores que informan, olores que evocan, olores que personifican. Por lo tanto, el olor transmite un inequívoco mensaje sobre el portador del mismo: su condición, su personalidad, sus peculiaridades. El olor tiene, también, otra cualidad intrínseca y es su capacidad de propagación, de manera que por la cercanía o el contacto con la fuente productora es posible impregnarse del mismo. Tal vez hemos tenido la experiencia de entrar en un lugar cargado de humos y salir del mismo oliendo como si fuéramos empedernidos fumadores.

Pero lo que es válido para el mundo de los sentidos físicos también lo es para la esfera espiritual, de manera que existe una relación directa entre el estado del corazón de una persona y el aroma que desprende esa persona. La diferencia es que aquí no se trata de algo perceptible por los sentidos físicos que sólo disciernen lo exterior, pudiendo darse el caso de alguien con atrayente olor corporal y nauseabundo olor personal.

El texto bíblico arriba citado hace referencia al mundo de los olores en la esfera espiritual y del mismo podemos sacar provechosas lecciones:

•  Cristo tiene un olor peculiar. Ese olor es la expresión de su carácter, un carácter en el que lo santo, lo justo, lo verdadero, lo bueno, lo humilde, lo manso y lo compasivo saturan toda su personalidad. De ahí que el olor que su Persona, que sus palabras y que sus obras desprenden sea un olor grato a Dios. En su vida y en su muerte, en su infancia, juventud y madurez, por activa y por pasiva, todo en él exhalaba un aroma agradable a su Padre. Es lo contrario del olor que desprende lo injusto, lo falso, lo soberbio, lo malo, lo violento y lo impuro, cuya pestilencia Dios aborrece.

•  Los que son de Cristo tienen el olor de Cristo. Y esa es la piedra de toque para saber si alguien es suyo o no. ¿Cómo se obtiene ese olor? Por la unión con él, unión que se realiza por medio de la fe y que el Espíritu Santo hace efectiva. Así como por la cercanía y el contacto somos impregnados de los olores físicos, así por la cercanía con él somos impregnados de su olor y lo conservamos. De ahí la importancia suprema de pasar tiempo en su presencia.

•  Los que son de Cristo difunden el olor de Cristo. De forma que el conocimiento de Cristo se esparce por medio del testimonio de los que tienen su olor, testimonio que es triple: de palabra, de vida (coherente con la palabra) y de obras.

•  Agrado-desagrado de los hombres hacia ese olor. El olor limpio y sano de Cristo pone en evidencia nuestro mal olor congénito que el pecado produce. De ahí que haya dos, y sólo dos reacciones, ante la exposición de nuestro mal olor: una de negación y rechazo, otra de admisión y reconocimiento.

No te obsesiones con colonias y perfumes externos porque, a fin de cuentas, no son esos los olores determinantes. Asegúrate, más bien, de acercarte a la fuente del aroma cuya permanencia no se evapora con el paso del tiempo.

 

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.

 
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