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Inversiones y valores
No estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale,
porque es un buen siervo y un mal amo
Alejandro Dumas
En España tenemos una curiosa modalidad de escalada libre basada en la elevación exponencial del precio de viviendas y locales, un deporte que hace que la subida del coste del suelo en nuestro país no tenga parangón con ningún otro. Es evidente que se trata de un asunto que nos afecta a todos; a unos muy, pero que muy positivamente, y a otros… pues no tanto. Como fruto de esta locura del inmueble, numerosas congregaciones evangélicas se topan con serios problemas desde el momento en que deciden emprenderse en la abrahamica aventura de poseer o alquilar un sitio. Los evangélicos, a diferencia de otras ramas del cristianismo que son apoyadas con nuestros impuestos, pagamos íntegramente de nuestro bolsillo los locales de reunión, motivo por el que muchos de éstos suelen ser pequeños rinconcillos donde nos arrechuchamos con amor y respeto.
En ocasiones, las instituciones públicas dictaminan la existencia de locales de culto evangélico que no pueden permanecer en los bajos de los edificios a causa de falta de licencias u otras cuestiones legales, siendo poco habitual que las administraciones ofrezcan suelo o alternativas a cambio. Como consecuencia de esta presión económica, las iglesias protestantes, y por ende, mucha de su contrastada acción social, salen de los barrios entregando su sitio a quien sabe que cosa; quizás a un bar, un prostíbulo, o una sala de juego. Vaya usted a saber.
La canalización de grandísima parte de las ofrendas para el sustento de locales de reunión provoca que muchas congregaciones, asociaciones de obra social, y de otros ámbitos protestantes, desarrollemos con lentitud y a duras penas nuestros proyectos. Visiones extraordinarias son movidas como si se llevasen piedras preciosas en carromatos del cretáceo. ¡Si dispusiésemos de al menos el 10% de los recursos que el Estado destina a otras instituciones religiosas!, pues resulta obligado que mientras exista una casilla para la Iglesia Católica en la recaudación del IRPF, las demás instituciones religiosas reconocidas por el Estado también deben disponer de esta opción, pues serán los propios fieles y simpatizantes los que apoyarán con sus impuestos estas necesarias labores de bien social y espiritual.
La pobreza es una maldición y no hay que buscarla, pero por otro lado, debemos vigilar que la falta de recursos no nos desanime ni distraiga más de lo necesario. El Reino de los cielos no necesita de recalificaciones de suelo porque no tiene límites ni se aposenta en cimientos de hormigón. Aquellos que no vivimos en el umbral de la pobreza tenemos menos motivos aún para maldecir la economía de nuestras iglesias, organizaciones y proyectos, pues hablar de problemas financieros cuando disponemos de ropa, alimento y techo no deja de ser un asunto menor para la vivencia auténtica de una fe liberadora en estado puro. A pesar de los pesares, la iglesia de occidente, y en concreto la de España, puede y debe ser aún más generosa, y por lo que a mí respecta, me anoto en ese debe de números rojos azufrados, en el de los tacaños, en el de aquellos argumentos de carnaval en los que disfrazamos al materialismo de mi necesidad y mi derecho.
Algunos debemos reconocer que somos unos débiles consumistas que en ocasiones olvidamos que Jesús nos regala la vida real, aquella que no ofrece alternativa al futuro de la iglesia y que en sí misma se presenta como el único recurso que financiará un avivamiento interno y en derredor.
Como Woody Allen, nadie duda de que el dinero es mejor que la pobreza aunque sólo sea por cuestiones económicas, pero del mismo modo, el factor financiero nunca se levantará como imperativo para ejecutar la voluntad de Dios. La vida que ofrece el Cristo no se sustenta en préstamos ni en intereses, sino precisamente en lo opuesto: entrega y gratuidad, en lo genuino que no está en venta ni de rebajas, porque ser ricos en Él es un estilo de vida sujeto a decisiones libres basadas en la confianza… en la fe. Lo demás, fuera de las necesidades básicas, ya vendrá si es que tiene que venir, porque de momento nos basta con saber que “mayor beneficio es dar que recibir” (Hechos 20, 35), pues eso es lo que realmente nos interesa: ser felices con lo que tenemos mientras perseguimos lo que soñamos.
“El deseo de los justos es solamente el bien; Mas la esperanza de los impíos es el enojo. Hay quienes reparten, y les es añadido más; Y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza. El alma generosa será prosperada; Y el que saciare, él también será saciado.” Proverbios 11, 23-25.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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