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Número 40 - 18 de junio, 2004
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Livingstone, del fracaso al éxito (IV)

 

Durante la primavera de 1850, Livingstone se entregó nuevamente a la tarea de comenzar una misión. Temiendo que su esposa e hijos pudieran ser víctimas de un ataque de los boers, los llevó consigo al lago Ngami. Como él mismo dejaría escrito llevar a la mujer y a los hijos a un país invadido por la fiebre africana era un riesgo pero, añadía, “¿quién que crea en Jesús rehúsa aventurarse con semejante Capitán?”. No se trataba de palabras retóricas. La travesía del desierto de Kalahari estuvo a punto de concluir con la muerte por sed de los niños y si, ciertamente, el escocés pudo salvar a su familia de los belicosos surafricanos, no estaba en su mano protegerla de la malaria. Cuando el grupo se vio atacado por la enfermedad, el doctor dio la orden de regresar a Kologeng. No se trató de un regreso fácil fundamentalmente porque Mary se hallaba en avanzado estado de gestación y las condiciones del viaje eran bastante menos que cómodas.

Al poco de entrar nuevamente en Kologeng, la familia Livingstone se vio aumentada por el nacimiento de una niña. Desgraciadamente, la criatura empezó a padecer fiebre y murió al poco tiempo. El doctor decidió entonces marchar a Kuruman donde, a buen seguro, podrían encontrar una tranquilidad de la que habían carecido en los últimos tiempos. Allí permaneció con su familia hasta la primavera de 1851.

Cuando llegó el mes de abril, Livingstone tenía la intención de no regresar a Kologeng sino de buscar un enclave en el que las condiciones de salubridad fueran mejores, a ser posibles en una región elevada donde el aire fuera más limpio y resultara más difícil el contagio de enfermedades. En esta ocasión, el grupo, al que acompañaba el mencionado Oswell, fue más afortunado que en intentos anteriores. De hecho, logró encontrarse con el jefe Sebituané a orillas del río Chobe. Sin embargo, a esas alturas, Livingstone ya se había percatado de que lograr un lugar saludable en el que la población no fuera hostil se acercaba considerablemente a lo quimérico.

SEPARACIÓN FAMILIAR

Las experiencias de los meses anteriores habían mostrado a Livingstone que si, realmente, deseaba conservar la vida de su esposa e hijos, lo más sensato era sacarlos de aquel continente. Abrumado por aquella realidad, Livingstone tomó la decisión de enviar a su familia de regreso a Gran Bretaña. Por supuesto, el doctor esperaba que, finalmente, encontraría un lugar donde podrían reunirse todos y que se trataría de una solución temporal.

Con el corazón transido de pesar, la familia se dirigió hacia Ciudad del Cabo. Livingstone, que hacía más de una década que no entraba en una ciudad de estilo occidental, se despidió de los suyos asegurándoles que no tardarían más de dos años en volver a estar juntos. El 23 de abril de 1852, Mary y los niños zarpaban hacia Gran Bretaña.

Durante los últimos años, todos los intentos de Livingstone por hallar un enclave saludable y tranquilo en el que establecer la misión habían fracasado. Ahora ese objetivo se vio sustituido por el de hallar un camino que condujera hasta el mar. El mes de noviembre de 1853 dio inicio al que sería su famoso viaje hacia la costa occidental de África. Le acompañaban veintisiete makololos que había puesto a su disposición un jefe llamado Sekeletu del que había intentado infructuosamente que se convirtiera al cristianismo.

Livingstone había manifestado que abriría una senda hacia el interior o perecería. A punto estuvo de que el viaje concluyera de la segunda manera. A lo largo de los seis meses siguientes, el misionero se enfrentó con el hambre, las enfermedades y las tribus hostiles. El 31 de mayo de 1854, tras recorrer más de dos mil kilómetros de territorio selvático, Livingstone llegó a Luanda. Su estado de salud era ciertamente penoso y no resulta extraño que algunos capitanes se ofrecieran a llevarle en barco hasta Gran Bretaña. De haberse tratado de una decisión que le hubiera afectado únicamente a él, es posible que Livingstone hubiera aceptado aquel ofrecimiento. Sin embargo, no podía pasar por alto la suerte de los hombres que le habían acompañado en aquel viaje que se había extendido durante medio año. Obligarles a regresar sin su compañía le parecía absolutamente inaceptable de manera que rehusó la posibilidad de regresar a su patria y emprendió con sus acompañantes el camino de vuelta. No iba a resultar un trayecto fácil.

Mientras se dirigían rumbo a Sesheke las dificultades cayeron sobre el grupo una tras otra. En primer lugar, estuvo el tiempo lluvioso que les obligaba a caminar durante horas y horas bajo el agua sin disponer de ningún refugio seco en el que cobijarse de manera que pudieran descansar siquiera por unas horas. Luego, la condición física de Livingstone empeoró ostensiblemente a consecuencia de recibir un golpe de una rama en un ojo. Se trató únicamente del triste preludio para una fiebre reumática que lo dejó casi sordo. A todo lo anterior, se sumaron las fieras y los nativos hostiles. No debe sorprender que cuando, finalmente, llegó a su destino su supervivencia fuera considerado punto menos que un milagro, una circunstancia que motivó a Livingstone a planear el regreso a Gran Bretaña.

LAS CATARATAS VICTORIA

Como en tantas ocasiones en la vida del explorador, su propósito iba a verse radicalmente cambiado por el peso de las circunstancias. Livingstone ya había escogido incluso el barco en el que iba a efectuar el viaje de vuelta cuando la nave se hundió y con ella fueron a parar al fondo del mar las cartas, los mapas y los diarios del misionero. Aquella desgracia iba a estar, sin embargo, preñada de consecuencias. Fue precisamente entonces cuando Livingstone decidió encontrar un camino que condujera hasta la costa oriental de África.

El jefe Sekeletu proporcionó a Livingstone ciento veinte porteadores para su propósito de descender el río Zambezi. Comenzó su viaje durante el mes de noviembre de 1855. Había recorrido unos setenta kilómetros cuando descubrió unas impresionantes cataratas a las que dio el nombre de Victoria en honor de la reina de Inglaterra.

En mayo de 1856, llegó a Quilimane, un enclave en la costa, donde los portugueses le acogieron cortésmente hasta que encontró un barco que pudiera llevarlo a Gran Bretaña. Fue un paso que dio sólo después de tener la seguridad que los makololos que le acompañaban eran bien recibidos en Tete.

DEL FRACASO AL RECONOCIMIENTO

Livingstone no lo sabía pero estaba a punto de ser objeto de una avalancha de reconocimientos por parte de sus compatriotas. A decir verdad, antes de abandonar el continente africano todo parecía indicar que la recepción no sería buena. No sólo había fracasado en los propósitos que se había marcado al abandonar Gran Bretaña sino que además había recibido una misiva de la Sociedad misionera de Londres en la que se le daba a conocer el disgusto que les había causado el que abandonara las tareas misioneras para dedicarse a la exploración.

La carta ocasionó un profundo pesar a Livingstone que, en ningún momento, había pensado que estuviera descuidando sus obligaciones como evangelizador pero, tras dieciséis años de relación con la mencionada junta misionera, tuvo que rendirse a la evidencia de que había llegado al final. A esta noticia se sumó, ya en camino, la de la muerte de su padre ahondando más en el dolor un estado de ánimo apesadumbrado.

Sin embargo, la Sociedad misionera de Londres distaba mucho de representar el punto de vista mayoritario de los británicos. De entrada, la London Royal Geographical Society confirió a Livingstone su medalla de oro, un honor - el mayor concedido por la mencionada entidad - que estaba más que justificado por el hecho de que el doctor había cruzado el continente africano de occidente a oriente. En el curso de los meses siguientes, Livingstone se vio invitado a dar docenas de conferencias - una tarea que le desagradaba porque no se consideraba buen orador - mientras que las universidades de Cambridge, Oxford y Glasgow le concedían títulos honorarios.

CONTINUARÁ

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).

 
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