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Número 41 - 22 de junio, 2004
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JUan simarro

Los jóvenes y las iglesias

Hace un par de semanas escribí un artículo, a través de este medio, como respuesta a una carta que recibí de un joven. Yo quería mostrarle que, aunque no sea una prioridad clara en el campo evangélico el compromiso social, sí ha hay una obra social evangélica, sí hay preocupación por temas como el Prestige o la Guerra de Irak... que no todo es espiritualismo vacío y disputas denominacionales. Animaba a los jóvenes a que se informaran, pues sí hay obra social y compromiso evangélico con la sociedad que nos rodea. Pero ¡ay!, he recibido otra carta de una joven que sintoniza en la línea del joven al que yo respondía. No ven compromiso social en la Iglesia, no ven una acción de mano tendida a los pobres, marginados y proscritos del mundo. Sólo ven un evangelio desencarnado, que es el que se pone de relieve en la vivencia cristiana dentro del seno de las iglesias. Ven que no se vive el Reino de Dios con sus valores dignificadores... y yo, viendo a los jóvenes expresarse en esta línea, sólo puedo hacerme una pregunta: ¿Será que sus iglesias, o que muchas de nuestras iglesias no son iglesias del Reino, con todos sus valores dignificadores y liberadores de los pobres y de los oprimidos?

Porque si no son iglesias del Reino y viven una espiritualidad vacía del compromiso que nos enseñó Jesús, podrían convertirse en lo contrario: iglesias del antirreino. Espero que esto no sea así y le pido al Señor que nos dé visión para que seamos realmente Iglesias del Reino. Así, con mayúscula.

Nadie que con honestidad se acerque a la Biblia, podrá dejar de darse cuenta de la amplia dimensión que da el mensaje a la acción social y a la preocupación por los más pobres. El ritual se queda vacío y los ayunos son despreciados por Dios cuando no preexiste la solidaridad con el prójimo. Se podrían ver muchos textos proféticos en esta línea. No puede existir auténtico culto a Dios ajeno a la solidaridad con el hombre. El culto insolidario molesta a los oídos de Dios. Así, vemos también a un Jesús que entronca con la línea profética. Viendo los mensajes, las acciones de Jesús, sus estilos de vida y prioridades, podemos ver que Dios, es prioritaria o necesariamente, el Dios de los pobres, sin que esto excluya a ningún otro colectivo.

Desde la esclavitud de los hebreos en Egipto y el libro del Éxodo, se ve a un Dios atento al gemido de los oprimidos. Desde el texto del Éxodo en que Dios habla con Moisés en medio de la zarza: “He visto la aflicción de mi pueblo... y he oído su clamor... pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos...” , hasta el centramiento que tuvo Jesús en la projimidad, especialmente con el prójimo débil y en marginación, hasta sus expresiones de rechazo de rituales y sacrificios en pro de la misericordia para con los más débiles : “misericordia quiero y no sacrificios”, uno de los puntos clave de la vivencia cristiana es la ayuda al prójimo en necesidad. No puede haber auténtica espiritualidad ni auténtico culto fuera de esto. ¿Cómo es que la Iglesia no ha recogido esta fuerte llamada a la projimidad y a la ayuda a los más débiles, los oprimidos y los que sufren, como parte central de su ministerio?

Por otra parte, si nos fijamos en el gran proyecto de Jesús, el Reino de Dios o el Reinado de Dios, y vemos cuales son las parábolas de Reino y sus valores dignificadores de las personas, liberadores y transportadores de los últimos a los primeros planos: “los últimos serán los primeros” , si vemos como en el banquete de bodas muchos de los que se creían aptos y con derechos a sentarse a la mesa del Reino son excluidos y, en su lugar, entran en la mesa del Reino los pobres de los caminos, los proscritos y los rechazados y oprimidos, si nos fijamos en el cántico de María presagiando ya cuál sería el programa de Jesús: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos” , cuesta trabajo creer que las iglesias sean insolidarias con el dolor de los hombres y vivan en la pasividad de un cristianismo insolidario y descomprometido.

Si miramos el “a mí lo hicisteis” de Mateo 25, y cómo Dios rechaza a los que han dejado, de manera inmisericorde a los que tienen hambre, a los que tienen sed, a los presos... Si miramos a esta especie de identificación de Jesús con los pobres de la tierra, es realmente curioso el contemplar la insolidaridad de la Iglesia. Es por eso que yo siempre quiero resaltar los rasgos solidarios de las iglesias y de los creyentes... Y lo hice en la carta de respuesta al joven que he publicado hace dos semanas en esta página.

Pero la juventud sigue insistiendo en la otra carta recibida de una joven. Y si ellos captan esta situación, creo que hay que escucharles. Hay que rectificar y dar paso al compromiso de la iglesia, a que esta pueda vivir en plenitud lo que sería su misión diacónica. Ojalá que a través de ellos, la iglesia se pueda ir aproximando a los pobres de la tierra, no como objetos de ayuda, sino para integrarlos como sujetos partícipes de la vida de la Iglesia. Que los jóvenes consigan una iglesia solidaria, que comparta, que ayude y que sepa levantar su voz contra las estructuras socioeconómicas que marginan y que oprimen. Ellos, los jóvenes solidarios, pueden ser la esperanza de la iglesia del Siglo XXI y posteriores... Apuesto por ello.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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