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Para morirse
En estos últimos días, los medios de comunicación de todo el mundo nos ofrecían noticias de un grupo integrista irakí que amenazaba con la decapitación del surcoreano Kim Sun-il, un joven evangélico que trabajaba en Irak como intérprete de idiomas. Los terroristas anunciaban tajantemente que sólo le perdonarían la vida si las tropas extranjeras abandonaban las tierras de lo que en su tiempo fue el maravilloso Edén bíblico -desde lo de Caín hasta ahora, poca mejoría-. Y como era de esperar, el traductor cristiano fue ejecutado.
Muchos creyentes se preguntan por qué Dios permite que sus hijos mueran, y por qué en Irak, al igual que en el reciente atentado de Madrid, en el Nueva York o en cualquier calle del mundo mueren creyentes de forma injusta.
Lo cierto es que no vivimos en aquel paraíso del Eufrates sino en un mundo maldito. Como cristianos olvidamos que se nos ha prometido una indeseada relación con el sufrimiento, pues del mismo modo en que Cristo fue perseguido, sus hijos también lo seríamos. Por lo tanto, junto a las causas comunes de muerte de cualquier humano, a los cristianos se nos añade la posibilidad extra de un encuentro prematuro con el fin de la vida corpórea a causa de nuestra fe. Toma ya.
Es posible que las corrientes de la teología de la prosperidad hayan introducido en iglesias –incluso lejanas doctrinalmente a este movimiento- una especie de deseada inmortalidad carnal a modo de dioses griegos. El hecho de que la muerte sea un tabú en la actualidad, también golpea nuestra doctrina y nos contagia de ese miedo que no deja de ser natural. El directo de cine Pedro Almodovar hablaba sobre este asunto desde un prisma que puede señalarse como generalizado en nuestra cultura: “ La muerte es algo que no he acabado de asimilar mentalmente. Evidentemente, sé que existe; es decir, ha pasado a mi lado y la he visto. Aún así no puedo aceptarla. Es el único aspecto de mi vida en el que siento que no he madurado absolutamente nada. Veo mi postura como infantil, pero no puedo evitarla ”. Típica reflexión de nuestro tiempo que provoca el uso de eufemismos como desaparecido s cuando antiguamente nos atrevíamos a hablar de muertos .
Una joven cristiana me narraba una situación en la que se encontraba ante un familiar de edad avanzada y enfermo de cáncer terminal. Puesto que ella era la única persona cristiana de la familia y los demás miembros lo sabían, le pidieron expresamente a la chica que no se le ocurriese hacer comentarios sobre la muerte ni sobre Dios a un enfermo que, como era de esperar, pocos días después moriría. Hoy día, hablar, debatir o reflexionar sobre la muerte entra dentro de la categoría de lo incomodo por obsceno y soez. La sociedad contemporánea esconde la muerte y la enfermedad hasta llevar esta actitud a los límites del ridículo y lo antinatural.
A los que descansamos en las promesas de Dios no se nos ha prometido ser librados de la injusta, pero sí se nos asegura que seremos consolados: “ bienaventurados los que sufren injusticias porque de ellos es el Reino de los Cielos ” (Mateo 5, 10). Ahí es nada. Y es que la muerte es violenta, un mal que nadie desea y del que todos huimos. Pero esta inquietud no debiera permitir que nuestro enfoque como cristianos deje de fundamentarse en las promesas de Dios en pos de adoptar camaleonicamente el mismo y desconsolado dramatismo con el que esta sociedad se enfrenta a este tabú.
No deberíamos definir como macabro o de falta de aprecio por la vida las palabras del apóstol Pablo cuando les cuenta a los filipenses de sus tremendas apetencias de encontrarse de inmediato con Cristo, lo cual pasaba por su deseo de morir pronto: “ conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger .” (Filipenses 1, 20-22). El trauma del fin de la carne no era obstáculo para que Pablo deseara ver cuanto antes a su maestro ¿Alguien se identifica con el apóstol? Yo no mucho, pues prefiero vivir todavía un poquito más antes de dar el paso.
Hoy vemos que, a diferencia de Pablo, existen creyentes que quieren vivir durante mucho tiempo, pero no tanto para enfocarse en desarrollar el beneficio de hacer la obra encomendada por Dios, sino para ver la tele, ahorrar para un chalet, ir a la playa o esperar que la selección española de fútbol gane un Mundial o una Eurocopa (esperan sentados, naturalmente).
La confianza en la Palabra de Dios nos quita las guadañas, el negro vestir y las calaveras de la muerte para mostrarnos que detrás de este violento momento se esconde el fin de toda violencia y el comienzo de la justicia que no vemos en este mundo. “ Porque él pagará al hombre según su obra, y le retribuirá conforme a su camino. Sí, por cierto, Dios no hará injusticia, y el Omnipotente no pervertirá el derecho ¿Quién visitó por él la tierra? ¿Y quién puso en orden todo el mundo?” (Job 34, 11-13). Me alegro entonces de que el joven surcoreano asesinado a los treinta y tres años por religiosos fuese de la grey comprada por Jesús, porque lo triste sería que este hombre hubiese abandonado nuestro mundo sin conocer el perdón de Cristo. Eso sí que es la muerte.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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