Número 41 - 22 de junio, 2004
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Editorial

¿Nos atrevemos?

En Ginebra han dejado en el paro a varios pastores protestantes por falta de fondos. En España la Conferencia Episcopal católica pelea por mantener la cantidad de dinero que le da el Estado. En un lado dependen de Dios, en el otro del César.

Sólo nos puede doler ver el declive del cristianismo en Europa, y lo sucedido en Ginebra es una muestra evidente. Sin embargo, es mejor que la realidad se imponga a mantener artificialmente, con el dinero del Estado, una situación irreal.

En el Antiguo Testamento los levitas y sacerdotes del templo debían vivir de las ofrendas y diezmos que el pueblo entregaba. Hoy en día algunos templos pueden subsistir con ayudas del Estado aunque no haya pueblo, o si el pueblo que hay es más espectador costumbrista que creyente auténtico. Es mucho mejor, ante esta situación, que un grupo religioso se hunda si Dios no lo sostiene a mantenerse a flote de tal forma que, aunque Dios haya retirado su apoyo, todo siga adelante como si nada pasase.

En la película “The body”, un cardenal le dice al sacerdote que representa Antonio Banderas que aunque el Espíritu Santo no existiese “la Iglesia” (por la católica) seguiría adelante. El dinero preciso (mucho o poco) Dios lo dará si dependemos de Él. Y si El no está, de nada nos vale nadar en la abundancia.

Mientras tanto, la selección española de fútbol, que se encomendó a bombo y platillo a la efigie del supuesto Apóstol Santiago, ha recibido un varapalo memorable (o a olvidar, según se quiera ver). Nadie se para a pensar en el "fallo" de “Santiago”, como tampoco que en la única victoria (ante Rusia) el solitario gol lo marcó el furbolista que no quiso –por su fe protestante- abrazar a la estatua de Compostela.

No creo que a Dios le preocupe demasiado el fútbol, pero si sé (porque lo dice la Biblia) que abomina la adoración o advocación a cualquier imagen de lo que está en el cielo, en la tierra o debajo de las aguas. Y en cualquier caso, no se puede sustituir la fe genuina en Dios por la magia supersticiosa de unas frases leidas ante un trozo de madera pintada y barnizada, por muy folclórica que sea la escena.

Necesitamos volver al espíritu del Lutero de la película que tan fielmente le refleja y que se acaba de estrenar en Madrid. Débil y humano pero firme en los principios de la Palabra de Dios. Un luchador por la libertad de conciencia, con una fe personal y genuina en Jesús, y a la vez contrario a cualquier superstición, corrupción y chantaje anímico, espiritual o económico.

Necesitamos depender en lo esencial más de Dios y menos, mucho menos, del Estado, de las instituciones humanas –incluyendo las religiosas- y de los intereses transitorios de este mundo. Erich Fromm llamó a esta situación el “miedo a la libertad”, pero dijo Jesús que a quien el Hijo libertare sería verdaderamente libre. ¿Nos atrevemos?

 
EDITORIAL
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JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
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Juan A. Monroy

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