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Número 41 - 25 de junio, 2004
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yolanda tamayo

La verdadera amistad

Aquí en la frontera, caen las hojas.
Aunque mis vecinos son todos bárbaros, y tú estás a miles de leguas,
siempre hay dos tazas en mi mesa. (DINASTÍA T´ANG)

..

Surge sin previo aviso, aparece en el umbral de tu vida y sin darte cuenta inunda la soledad con palabras plagadas de sentido. La amistad es un regalo otorgado por Dios, el mas fiel de todos los amigos, es ese refugio al que recurrir cuando la tormenta nos asalta en el camino y deseamos más que nunca sentir un calor cercano.

Amo a mis amigos, los amo de la única forma que sé, una manera a veces egoísta pero siempre rebosante de un inefable cariño. Me son necesarios para vivir, y no asimilo una existencia sin ellos.

Yo, que durante años creí poder prescindir de una formal y auténtica amistad humana, entendí al conocerla a ella., una gran mujer, que realmente estaba muy equivocada. Llegó a mi vida en un momento decisivo, un año en el que las cosas no marchaban bien. Se presentó con la simpatía y el agrado que siempre la han precedido, con ese desgarbado aspecto que la hace ser diferente, única. Nunca barajé la posibilidad de que alguien con quien aparentemente poco tenía en común pudiera convertirse en un aliado perfecto.

Fue ella quien con su constancia y paciencia me fue ayudó a abrir mi corazón sin tener miedo a que lo pudiesen romper. Su complicidad y apoyo me llevó a conocer a muchos de los que hoy forman ese pequeño grupo de seres especiales, personas por las que soy capaz de casi todo.

He aprendido que la amistad te hace ser algo más libre, te enseña pautas para amar que antes desconocías, aprendes a gozar de un gran regalo y a darle el valor que realmente tiene.

Mis amigos son razones por las que luchar, eslabones de una cadena que observo con inmensa gratitud. Me sobrecojo ante la idea de verme falto de ellos, carente de esa melodía que difunden y con la cual me siento plácidamente a gusto. Son ellos quienes me hacen saber quien soy, dan valor a mi vida. Cuando compruebo ese desinteresado afecto, sus sinceros halagos, el derroche de cariño, comprendo lo mucho que valgo, lo grande que soy.

Desearía poder expresarles con la elocuencia que se merecen lo mucho que significan para mi. Pero conozco mis limitaciones y sé que dicha tarea no es fácil de ejecutar. Así que me limito a quererlos de la única forma que sé, con el hombro dispuesto a recibir cabezas cansadas, rostros afligidos, siempre intentando que los silencios sigan siendo espacios de tiempo carentes de sonido, pero plagados de reflexiones, nunca resultan incómodos cuando se comparten con un amigo.

Hace casi 13 años que conocí a una de mis mejores amigas, y cada día, al hablar de ella, doy gracias a Dios por haber permitido que llegara hasta mi ataviada de aromas que nunca me canso de elogiar.

Gracias Nieves.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España
  

 
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