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Número 41 - 25 de junio, 2004
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CÉsar vidal manzanares
Livingstone: penúltimo regreso a África (V)


De todos los honores que recibió en aquella época en que la opinión pública británica le contemplaba con el arrobo con que sólo se mira a los héroes hubo uno que tendría una importancia especial, el de cónsul británico en la costa oriental de África, un nombramiento que incluía no sólo la recepción de un salario estatal sino también la posibilidad de contar con un buen equipo y con fondos suficientes para continuar con sus exploraciones. Una vez que su salud mejoró, Livingstone emprendió el regreso a África, esta vez acompañado por su mujer y su hijo menor, en el mes de marzo de 1858. En apariencia, las perspectivas no podían resultar más halagüeñas.

Los problemas comenzaron a hacer acto de presencia nada más llegar a Ciudad del Cabo. La salud de la esposa de Livingstone no era buena y todo aconsejó que se dirigiera al hogar de sus padres en Kuruman a intentar recuperarse. Sin duda, se trataba de una contrariedad pero ni con mucho iba a ser la mayor. Livingstone permitió que a la nueva expedición se sumaran otros hombres blancos, entre ellos un hermano suyo. De todos, sólo uno llamado John Kirk iba a demostrar que estaba a la altura de las circunstancias. Por si fuera poco, el doctor no tardó en percatarse de que su barco, el Ma Roberts , no era precisamente la nave más adecuada para surcar el Zambezi. No sólo se trataba de que su lentitud obligaba a compararla negativamente con cualquier canoa de los nativos sino además de que gastaba tanto combustible que se perdía un tiempo considerable cortando leña.

Finalmente, el 8 de septiembre de 1858, Livingstone y los suyos llegaron a Tete donde el doctor pudo reunirse con sus queridos makololos. A partir de entonces, la labor de exploración fue intensa y fecunda pero plagada de riesgos y dificultades. El 18 de septiembre de 1859, la expedición descubrió el lago Nyasa. Entre los hallazgos se encontraron también el río Shire y el lago Shirwa que iba a dar asimismo al Zambezi.

Se trataba, desde luego, de logros notables si se tiene en cuenta que los expedicionarios tan sólo podían contar consigo mismos y que su contacto con el mundo que habían dejado atrás era prácticamente nulo. Baste decir que el 4 de noviembre de 1859 Livingstone recibió una carta en la que se le informaba del nacimiento de una hija en Kuruman. El hecho en cuestión había tenido lugar el 16 de noviembre de 1858, es decir, prácticamente un año antes.

El año 1860 lo pasó Livingstone en buena parte con sus amigos los makololos y esperando una nave que pudiera reemplazar a la que de tan poca ayuda les había sido en los tiempos anteriores. Finalmente, a inicios de 1861, llegó hasta ellos una nueva embarcación, el Pioneer , a bordo de la cual viajaban algunos misioneros bajo la dirección del obispo Charles Mackenzie. La misión de este grupo de evangelizadores era servir las necesidades espirituales de las personas que vivían en las cercanías del lago Nyasa.

La llegada de aquellos misioneros tuvo entre otras consecuencias la de que Livingstone pudiera ver cumplido su sueño de ver establecida una misión en el interior. Entusiasmado, el escocés exploró el río Rovuma y ayudó a fundar la misión a orillas del río Shire. Su alegría, sin embargo, iba a durar poco. La salud del obispo Mackenzie se quebrantó con facilidad en aquellas condiciones climáticas y el 31 de enero de 1862 falleció. Su muerte fue seguida por la de varios de sus colaboradores.

MUERTE DE SU ESPOSA Y VUELTA A ESCOCIA

Aquel mismo mes de 1862, la esposa de Livingstone consiguió encontrarle reuniéndose con él. Durante los cuatro años que llevaban separados, había regresado a Escocia dejando allí a su hijo pequeño y a la niña recién nacida. Lamentablemente, las circunstancias que habían acabado con la vida de Mackenzie y sus acompañantes fueron también letales para la señora Livingstone. Su salud comenzó a resentirse de manera creciente y el 27 de abril de 1862 falleció. Se le dio sepultura bajo un baobab cercano a Shupange, en la orilla del bajo Zambezi. Totalmente entregada a la misión emprendida por su marido casi dos décadas atrás, poco puede discutirse que le había servido con una abnegación admirable. Habían estado casados casi dieciocho años pero más de la mitad de ese tiempo habían tenido que vivir separados.

El final de la expedición, sin embargo, no iba a derivar de aquella terrible pérdida sino de razones dramáticamente prosaicas. Durante los años anteriores, en Livingstone se había ido agudizando la aversión que sentía por una institución como la esclavitud. Sus denuncias públicas habían obligado incluso al rey de Portugal a prometer que cooperaría con Livingstone para acabar con aquella lacra. Sin embargo, una cosa eran las promesas realizadas para quedar bien ante la opinión pública y otra muy distinta la política práctica llevada a cabo en África. Desde luego, los funcionarios portugueses no dieron el menor paso para evitar el comercio de esclavos e incluso llegaron al extremo de presentarse en los poblados indígenas como hijos de Livingstone para facilitar el incremento del tráfico. No contenta con estas acciones, la administración portuguesa comenzó a presionar a la británica para que obligara al escocés a abandonar África. Su presencia quizá no fuera muy eficaz pero, al menos, servía para dar testimonio de la duplicidad lusa. Gran Bretaña, desde luego, no estaba dispuesta a que una alianza de siglos se viera oscurecida por la labor humanitaria de Livingstone y acabó ordenándole que regresara a la metrópoli. La excusa para esta orden fue que el gasto ocasionado por la expedición no se compensaba en absoluto con los logros obtenidos.

Livingstone no tenía más remedio que obedecer pero procuró que su marcha no revirtiera más de lo debido en beneficio de los portugueses. En lugar de desprenderse de su barco en territorio controlado por los lusos - que lo habrían empleado en el tráfico de esclavos sin ningún género de dudas - decidió dirigirse a Bombay, en la India, y venderlo en este enclave. Se trataba, sin duda, de una decisión arriesgada ya que jamás había navegado en el océano con un barco dirigido por él pero, como en tantas otras ocasiones, las consideraciones éticas primaron sobre cualquier otra. El 30 de abril de 1864 abandonó África. Llegó a Bombay el 16 de junio del mismo año.

CONTINUARÁ

Toda la serie SOBRE Livingstone, de CÉsar Vidal:

Livingstone (I) : Livingstone, el explorador evangélico

Livingstone (II) : Livingstone, primer viaje a Africa

Livingstone (III) : Livingstone, llega al lago Ngami

Livingstone (IV) : Livingstone, del fracaso al éxito

Livingstone (V) : Livingstone, penúltimo viaje a Africa

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).

 
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