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Número 42 - 2 de julio, 2004
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Cerdos: perlas y bellotas

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.' (Mateo 7:6)

Vivimos en una época de enfrentamiento entre dos concepciones del mundo, la una residente en Occidente y la otra con epicentro en Oriente Medio. Aunque tiene apariencias de reedición de aquel choque que se dio entre los siglos XI al XIII y al que denominamos Cruzadas, sin embargo uno de los contendientes ya no es el mismo de entonces. En efecto, en aquella época, tanto por uno como por otro bando, se vivía una efervescencia religiosa inusitada: si por parte del Islam se trataba entonces, como ahora, de someter la parte del mundo infiel, denominada en el derecho musulmán dar al-harb (morada de la guerra) y convertirla en dar al-islam (morada del islam), por parte de la Cristiandad se trataba de recuperar los Lugares Santos de manos musulmanas y asegurar el acceso de los peregrinos a los mismos. Y aunque el Islam continúa fiel a sus fines y a sus métodos, el otro contendiente ha experimentado una notable transformación en el curso de los siglos.

Ya no existe una Cristiandad entendida en el sentido medieval del término cuando había una alianza entre el trono y el altar y en el que las pasiones religiosas jugaban un papel determinante en la vida pública y en la privada. La Europa de hoy ya no se galvaniza con consignas como el ‘Dios lo quiere' que Urbano II proclamara en 1099. Lo que galvaniza a la Europa de hoy lo hemos visto en este mes de junio cuando se han celebrado dos acontecimientos de muy distinto signo: las elecciones al Parlamento europeo y la Eurocopa de fútbol. Si las elecciones pasaron sin pena ni gloria, con la participación más baja que nunca se haya dado, no llegando ni al cincuenta por ciento, y dejando un hondo sentir de preocupación en los constructores de la Unión Europea que ven peligrar su proyecto ante la indiferencia de los ciudadanos, la Eurocopa, en cambio, ha sido el polo de atención nacional y supranacional. Vehemencia, entusiasmo, interés, debate, seguimiento, esperanza, júbilo, ira, alborozo... he aquí los ardores que desata el fútbol.

El lugar central que otrora estuviera ocupado por la religión, el lugar central que nuestros gobernantes europeos actuales quisieran que ocupara la participación social y política, es el lugar ocupado por el fútbol. Sí, es así de sencillo, lo que verdaderamente nos une a los europeos no es la religión, ni la política, ni la Historia, ni gaitas: es el fútbol. En otras palabras, mientras que la Eurocámara nos trae al pairo la Eurocopa nos enardece.

Una película italiana que en su día disfruté y que recomiendo sinceramente es la que se titula ‘En nombre del pueblo italiano' (1971), dirigida por Dino Rissi y protagonizada por Ugo Tognazzi quien hace el papel de un esforzado y sacrificado juez que trata de realizar su tarea bajo unas condiciones de precariedad insoportables y es que los presupuestos para la Justicia no dan más de sí. Sin embargo, la nación entera está volcada en todos los sentidos, también en el económico, en la gran pasión nacional que es el fútbol. Para eso nada se escatima, para eso todo es poco; sin embargo, para la Justicia, que es la piedra angular de todo Estado y de toda convivencia, solo quedan las migajas.

Pero ¿cómo administrar Justicia en nombre de un pueblo que la tiene abandonada y que vive por y para el fútbol? He ahí el dilema del juez que, cual moderno Quijote, quiere ir por la vida deshaciendo agravios y enderezando entuertos. La ácida película no deja en buen lugar a los italianos, pero su mensaje es exportable allende las fronteras de Italia y refleja a la perfección lo que está ocurriendo en tantos países. Por ejemplo, lo que ocurrió la tarde en la que España jugaba un partido de suma importancia en la Eurocopa y a esa misma hora en el Congreso de los Diputados se debatían ciertas cuestiones de orden político. La sesión no pudo continuar porque los Padres de la Patria habían abandonado en masa el hemiciclo para presenciar el desenlace tan vital para la Nación que en esos momentos la Selección de fútbol dirimía. ¡Un ejemplo aleccionador!

Hay un pasaje en el Quijote (capítulo XI) en el que vemos a nuestro caballero dando una disertación a unos cabreros sobre la Edad Dorada. El fragmento no tiene desperdicio pues es una joya tanto en el aspecto literario como en la descripción de la naturaleza humana, terminando de esta manera:

‘Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho asimesmo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.'

Creo que la escena es aplicable a nuestros días: frente a grandilocuentes discursos de ideas sobre la construcción europea, su unidad, sus raíces y su proyección internacional, todo lo que unos quieren es llenar la panza (como Sancho), quedándose otros sin enterarse de nada (como los cabreros). Y es que lo que nos interesa por encima de todo no son discutibles propuestas sobre ‘la común herencia de los pueblos de Europa' ni otras zarandajas parecidas sino el consumo, el bienestar, el sexo, el ocio, el dinero, el placer, el cuerpo ¡y el fútbol, claro!.

Por eso hay poca cabida en nuestra Europa para mensajes de un cierto calado. Por eso hay pocos espacios (en los medios de comunicación) y poco espacio (en el corazón de las personas) para el evangelio. De manera que ocurre lo que Jesús dice en el texto arriba citado: Que estamos echando algo sumamente precioso a los perros y a los puercos. Pero no hay que perder la esperanza porque lo maravilloso es que ese mismo evangelio tiene, por sí mismo, la eficacia de cambiar la baja naturaleza de las personas convirtiéndolas en hombres y mujeres nuevos, según la voluntad de Dios.

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.

 
   
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