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Número 42 - 2 de julio, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Conversiones, conmociones y convicciones

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Hace un tiempo escuché al representante de un seminario teológico afirmar desde un púlpito que sólo unas ochenta mil personas serían salvadas de los ardores del infierno en España. Parece ser que se trataba de una hipótesis soteriológica basada en sus particulares datos de membresía de las iglesias evangélicas españolas. Tiempo más tarde escuché -también en un sermón- a otro representante de seminario que afirmaba que su campaña evangelística de verano había dado un fruto de cincuenta y dos convertidos a la fe cristiana. A menudo vemos que el mero hecho de que un inconverso repita la frase: “creo en Jesucristo como mi Señor y Salvador ” es motivo suficiente para que los creyentes de alrededor afirmemos que esta persona acaba de experimentar una conversión a la fe de Jesucristo.

Levantar la mano en medio de una apoteósica reunión evangelística para decir “sí” al desafío del ponente no es siempre sinónimo de lo que la Biblia llama nuevo nacimiento ¿Cuántas de las personas que repiten la oración de fe promulgada por el predicador no prosiguen adelante semanas, días o incluso minutos después? Esto me recuerda una situación en la que charlaba con una sospechosa de varios delitos a la que la policía vigilaba ese día –yo lo desconocía- a quince metros de distancia. El caso es que tiempo después, esta persona fue detenida enterándonos de que la susodicha cometió uno de sus atracos… minutos después de salir al estrado de una iglesia para entregar sus miserias a Dios en una emotiva reunión.

En el asunto de cuantificar la conversión cristiana, como en otros tantos, jugamos con formas y tradiciones ausentes de rigurosidad bíblica, pues a menudo podemos encontrarnos ante situaciones emocionales o psicológicas que nada tienen que ver con una asimilación real de la redención y del nuevo caminar con Jesucristo. En ocasiones la fervorosidad colectiva del acontecimiento en cuestión produce un fuerte impulso en ciertas personas que desean unirse al grupo sin que por parte de quien se apunta al llamado exista una asimilación de la persona y enseñanza de Jesús de Nazaret. Muchos no saben realmente lo que hacen.

El caso es que podemos usar la palabra conversión y estar hablando de algo distinto del nacer de nuevo del que Cristo le hablaba a Nicodemo, y pasado el calentón, no todos querrán asumir su hipotética nueva condición de cristiano. Es más, hasta hay quien se sorprende cuando se le pone de manifiesto que el arrepentimiento de los pecados abarca un cambio radical de valores, compromisos y estilo de vida que el nuevo converso –o lo que sea- no siempre está dispuesto a asumir.

Vivimos en un contexto capitalista de datos y estadísticas para el consumo que nos vicia la mente y nos lleva a cuantificar y poner en números hechos que sólo pueden ser analizados desde dimensiones espirituales. No podemos crear una lista con quienes realmente han nacido de nuevo y quienes no, y menos aún en un primer momento. Sólo Dios lo sabe.

Como Iglesia, parece que con la emotiva decisión de seguir a Jesús por parte de un -hasta entonces- incrédulo se ha conseguido lo más difícil. Y no es así. Es precisamente entonces cuando de nuestro menester como pueblo urge el velar para que los que acaban de realizar una confesión pública de fe sean conscientes de lo que significa de verdad seguir a Cristo, dejando claro que a la decisión emocional se le añade de inmediato la vertiente intelectual, social y puede que hasta la espiritual. Aquí es donde debe comenzar un genuino, honesto y contextualizado discipulado que arrope con el amor y el apoyo de una congregación que distingue las personas de los números.

Los retos de la iglesia se intensifican cuando alguien levanta el brazo para repetir una frase desde su silla, pues el Espíritu Santo sigue siendo hoy la fuerza transformadora más radical del universo, el poder de donde emana el concepto de trascendencia y el torrente donde no hay lugar para transformaciones de mentirijilla ni de las que duran quince días como en las dietas milagrosas. Aquí el milagro es optativo, eterno y profundo. Es de verdad y nos exige vigilar la autenticidad… como en todo lo de Dios.

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
   
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