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Una iglesia cantante
Aunque la temperatura en la sala estaba a unos 25 grados, la sangre me hirvió en las venas y una sacudida turbó mi interior cuando escuché la propuesta. No éramos muchos, unos 14 dirigentes reunidos para aportar ideas en torno a un posible congreso evangélico en la comunidad de Madrid. Una de las tres mujeres que formaban parte del grupo propuso que se tuviera en cuenta a los adolescentes y se pensara en programar una actividad especial para ellos. Aquél pastor, cuyo nombre y apellidos conozco, pero silencio, sugirió muy serio, totalmente convencido de la oferta: “Podríamos organizarles un concierto de rap”.
Fue entonces cuando salté. ¿Qué queda del atractivo del Cristianismo si para lograr el interés de los adolescentes por una causa a la que deberían rendirse hay que ofrecerles un concierto de rap? ¿Hay que organizar un congreso evangélico para esto? Bastaría con comprar y regalarles entradas para el próximo espectáculo en las Ventas o en el Palacio de Congresos de Madrid.
Por lo que respecta a España, fue en la década de los años sesenta cuando la música empezó a formar parte de las campañas de evangelización y de las concentraciones, encuentros y reuniones organizadas para jóvenes. Al principio fueron las guitarras y poco más. Luego llegaron las orquestas, los grupos, los solistas, los dúos, todos amenizados con instrumentos musicales. Ahora la música lo ha desbordado todo. Las orquestas han desplazado a la Palabra inspirada. No se convoca una sola actividad para jóvenes que no se les ofrezca música y canciones. Dicen que de otra forma no se mueven. ¡Qué error! Se está traicionando a la juventud evangélica. Se la está educando en la mentalidad consensual, frívola y vacía que impera en la sociedad contemporánea. Cito un solo ejemplo y, por favor, que nadie se de por aludido. No personalizo en individuo alguno. ¿Tengo que jurarlo? Es nada más que eso, un ejemplo.
Hace poco tuvo lugar en Madrid una reunión para exaltar los valores y la importancia de la Biblia. El amplio auditiorio de Carabanchel, recientemente construido, acogió a unas mil personas. Se esperaban intervenciones de oradores preparados que destacaran el origen de la Biblia, su contenido, su influencia en la Historia, su importancia en el mundo de hoy. Nada de nada. En lugar de esto se ofreció a los asistentes las interpretaciones musicales de cuatro coros distintos –digo cuatro- eso sí, de prestigio en el campo evangélico español. Y después de los cuatro coros, dos dúos. El hombre que tenía a su cargo la exposición del tema sobre la Biblia sólo dispuso de veinte minutos. ¡Lástima! Porque se trata de un teólogo sudamericano afincado en España que tiene mucho que decir, profundo en el conocimiento de la Escritura.
Si preguntas por qué, te dicen que la gente no aguanta una exposición de 45 minutos. ¿Y aguantan dos horas contemplando un partido de fútbol? ¿Y aguantan horas ante el televisor? ¿Y aguantan cinco horas de concierto en una plaza de toros? Que no lo aguanten ellos, los que llamamos inconversos, es comprensible. Pero ¿qué no lo aguanten los nuestros, los redimidos por Cristo, los miembros de nuestras iglesias? ¿Por qué caminos se les está llevando?
Se afirma que las ofertas musicales tienen una mayor capacidad de convocatoria entre el elemento juvenil. Y se dan dos razones: una, que las predicaciones les cansan; dos, que con la música se sienten protagonistas. ¡Y tanto! Se mueven, corean, aplauden; y no se diga que es el efecto del derramamiento del Espíritu Santo, porque igual lo hacen los miles que se congregan en cualquier lugar para escuchar a Alejandro Sanz, quien en varias ocasiones se ha declarado agnóstico.
Hay que recordar la comisión dada por Cristo y no desvirtuarla: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El Evangelio, no la música. El poder del Evangelio, el mensaje de redención, la hermosura de Cristo.
Hoy tenemos una Iglesia cantante, hasta danzante, pero no una Iglesia pensante, no una Iglesia que traduce al mundo el misterio de Cristo. Se me podrá replicar – y tal vez alguien lo haga- que estoy desfasado, que no entiendo a la juventud de hoy, que estos son otros tiempos. Pero ¡cuidado! En este caso hay que descalificar al Nuevo Testamento, que tiene unos pocos años más que yo.
J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A.
Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España) |
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