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Número 42 - 2 de julio, 2004
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Livingstone: el final de una vida (VI)

La travesía fue un éxito rotundo y no resulta extraño que lo recibieran a Livingstone en Bombay como a un héroe. A pesar de todo, no logró vender el barco. Finalmente, zarpó hacia Londres a donde llegó el 10 de julio. En la metropoli le esperaba una actividad casi febril pero, sobre todo, una pésima noticia. Tiempo atrás, su hijo Robert había partido a Estados Unidos, entonces sumergido en una cruenta guerra civil, donde se había alistado en el ejército del norte para combatir contra la esclavitud. Tan heroica e idealista decisión sufrió un dramático final cuando Robert cayó luchando en la batalla de Gettysburg, un enfrentamiento en el que, paradójicamente, el sur iba a perder su última oportunidad de no ser derrotado.

Livingstone dedicó los meses siguientes a dar buen número de conferencias en contra de la esclavitud y redactó otro libro The Zambezi and Its Tributaries . Por esa época, mantuvo además una relación muy estrecha con el político liberal William Gladstone. Al tratarse también de un hombre profundamente religioso y que pretendía inyectar en la política una vena moral, Livingstone descubrió en él no escasas afinidades. Sin embargo, el antiguo misionero era más que consciente de que su estancia en Gran Bretaña era tan sólo un descanso antes de partir nuevamente hacia África. Cuando la Royal Geographical Society le propuso financiar una nueva expedición - el objetivo de este viaje debía ser el realizar nuevas averiguaciones acerca del tráfico de esclavos así como intentar localizar las fuentes del Zambezi, el Congo y el Nilo - el doctor no lo dudó.

EL ÚLTIMO VIAJE A ÁFRICA

Tras dejar a su hija Agnes en una escuela de París, Livingstone se dirigió a Bombay - donde consiguió al fín vender el barco aunque con una pérdida de dieciocho mil quinientas libras - y de donde zarpó hacia África el 3 de enero de 1866.

Llegó a Zanzíbar veintitrés días después. Esta vez había decidido que sería el único hombre blanco de la expedición para evitar alguno de los problemas que habían amargado la anterior. Escogió sesenta porteadores indios, y algún africano, y con ellos desembarcó en la desembocadura del río Rovuma durante el mes de abril de 1866.

Livingstone tenía la intención de bordear el lago Nyasa para mantenerse alejado de los portugueses que tanto habían hecho anteriormente por perjudicarle y que seguían contemplándole con resquemor por su oposición a la esclavitud. Los planes difícilmente podían haberse correspondido menos con lo sucedido. Al cabo de cinco meses, Livingstone sólo conservaba a once de los porteadores. El resto había desertado llevándose además los animales con que contaba la expedición. Resulta, desde luego, impresionante no sólo que el doctor no regresara sobre sus pasos sino que además continuara su exploración con un ánimo inquebrantable.

Durante los siguientes años, los descubrimientos iban a multiplicarse ininterrumpidamente. En 1867 dio con el extremo sur del lago Tanganyka. En 1868, descubrió los lagos Moero y Bangweolo. En 1869, alcanzó Ujiji, un enclave situado cerca del lago Tanganyka que constituía un verdadero emporio del tráfico de marfil y de esclavos. Para esa fecha, Livingstone ya estaba muy enfermo y, por desgracia para él, el equipo y el correo que le habían envíado le fue arrebatado.

Durante los dos años siguientes, Livingstone se entregó a la exploración del curso superior del río Congo. El 20 de julio de 1871, emprendió el viaje de regreso a Ujiji. Su salud se hallaba extraordinariamente resentida y, por si fuera poco, se habían multiplicado los incidentes peligrosos. En una ocasión logró esquivar una lanza arrojada contra su cabeza aunque no pudo evitar que le hiriera en el cuello. En otra, un árbol se desplomó y estuvo a punto de aplastarlo. Cuando el 22 de octubre llegó a la ciudad con tres acompañantes, Livingstone se hallaba en un pésimo estado. Llevaba los pies cubiertos de llagas y padecía disentería y fiebre. A pesar de todo, le sostenía la esperanza de encontrarse con medicinas y correo. Desgraciadamente, los comerciantes árabes se habían apoderado de ambos. Mientras que las medicinas las habían vendido, el correo lo habían destruido.

EL DR. LIVINGSTONE, SUPONGO

A los cuatro días de su llegada, Susi, uno de sus acompañantes, le anunció la llegada de “un inglés”. El recién llegado cruzó por en medio de una multitud de nativos, alcanzó al enfermo doctor y le dijo: “El Dr. Livingstone, supongo”.

El hombre en cuestión no era otro que Henry Stanley, un periodista al que el New York Herald había contratado para encontrar a Livingstone, del que se rumoreaba que se encontraba muerto hacía ya tiempo. La llegada de Stanley fue ciertamente providencial. Llevaba consigo no sólo víveres sino también correo. Los dos exploradores pasaron juntos el invierno y Stanley trató una y otra vez de que Livingstone le acompañara en su viaje de regreso a Gran Bretaña. Fue inútil. Finalmente, en marzo de 1872, ambos emprendieron de nuevo la marcha. Llegaron así hasta Unyamuembe. Allí iba a permanecer Livingstone a la espera de los hombres y suministros que Stanley le había prometido que le enviaría desde Zanzíbar. La espera se prolongó durante algunas semanas pero acabó por verse recompensada. Durante el mes de agosto, la nueva expedición partió en dirección a los lagos Tanganyika y Bangweolo.

Las dificultades con que se encontraron en esta ocasión resultaban objetivamente menores pero Livingstone era un hombre físicamente deshecho. La disentería era un tormento casi continuo para él y Susi tuvo que llevarle sobre sus hombros durante algunos tramos del viaje. Resulta casi increible el que pudiera cruzar enormes extensiones de terreno inundado - en una ocasión llegó a perderse en la zona anegada del lago Bangweolo - y no extraña que llegara un momento en que no pudo seguir caminando. Transportado en una litera, alcanzó el poblado de Chitambo.

EL PUNTO FINAL HUMANO

A las cuatro de la mañana del 1 de mayo de 1873 los amigos de Livingstone oyeron un ruido extraño. Tras encender una luz, se encaminaron hacia la cabaña que habían levantado para que el doctor descansara en ella. Lo encontraron de rodillas, como si estuviera orando pero, al acercarse, se percataron de que había muerto.

Los nativos iban a dispensarle la procesión funeral más dilatada de la Historia, tras enterrar su corazón bajo un árbol muy cerca del lugar donde había exhalado el último aliento. Primero, embalsamaron su cuerpo llenándolo de sal y dejándolo secar bajo los rayos del sol durante catorce días. A continuación, lo envolvieron en tela y, finalmente, lo depositaron en el tronco de un myonga, sobre el que cosieron una lona. El paquete fue atado a un palo para que pudiera ser llevado por dos porteadores. Así fue llevado hasta Zanzíbar en un trayecto que duraría nueve meses y que cubriría más de mil quinientos kilómetros.

Cuando llegaron en febrero de 1874, entregaron el cuerpo embalsamado a los funcionarios al servicio del cónsul británico. Hasta el 15 de abril del mismo año, los restos de Livingstone no se encontraron en Inglaterra. Las circunstancias del viaje habían sido tan excepcionales que no tardaron en formularse dudas acerca de si verdaderamente pertenecían a Livingstone. Las disipó el examen del brazo izquierdo, el que había quedado tan dañado por la mordedura del león.

El 18 de abril de 1878, el cadáver de Livingstone recibió la mayor muestra de aprecio nacional al encontrar el último descanso en la abadía de Westminster. La población de Londres se unió sinceramente compungida a aquel último adiós a uno de los hombres más grandes que Gran Bretaña había dado en aquel siglo. En el funeral estaban sus hijos, Robert Moffat y Henry Stanley. Posiblemente, fue éste el que pronunció en una sola frase el mejor tributo a lo que había sido la extraordinaria labor religiosa, humanitaria, social y aventurera de Livingstone: “Fui convertido por él, aunque él no había intentado hacerlo”.

Fin de la serie

Toda la serie SOBRE Livingstone, de CÉsar Vidal:

Livingstone (I) : Livingstone, el explorador evangélico

Livingstone (II) : Livingstone, primer viaje a Africa

Livingstone (III) : Livingstone, llega al lago Ngami

Livingstone (IV) : Livingstone, del fracaso al éxito

Livingstone (V) : Livingstone, penúltimo viaje a Africa

Livingstone (VI) : El final de una vida

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, , El Mundo, Redacción: ProtestanteDigital.com, 2004 (España).

 
   
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