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Número 43 - 9 de julio, 2004
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wenceslao calvo

Homosexualidad y matrimonio

‘No te echarás con varón como con mujer; es abominación.’ (Levítico 18:22)

‘¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones,ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.’ (1 Corintios 6:9-10)

En la noche del pasado 14 de marzo, cuando el resultado de las urnas en España dio un vuelco inesperado al producirse la derrota del hasta entonces Partido en el Gobierno y la victoria del hasta entonces Partido en la oposición, tuve tres sentimientos: el primero de admiración, al comprobar la grandeza del sistema democrático que sin necesidad de pronunciamientos ni golpes de Estado es capaz de cambiar el mapa político de una nación; solamente por esto ya merece consideración, pues significa la conformidad pública a normas razonables y civilizadas y no a imposiciones arbitrarias y abusivas. El segundo sentimiento fue de alegría, al constatarse la caída de una figura que en los últimos años había sido el prototipo de la confrontación y el enfrentamiento y prueba de ello es que los nacionalismos democráticos y pacíficos del Estado ya estaban siendo criminalizados e inculpados de todos los males en la última etapa de su mandato; es decir, su discurso comenzaba a tener peligrosas resonancias de épocas felizmente superadas. El tercer sentimiento que tuve fue de tristeza, al verificarse el triunfo de un Partido en cuya ideología y programa hay puntos fundamentales repudiables para un cristiano, aunque las personas que los sustenten exhiban amplias y agradables sonrisas.

Estos sentimientos encontrados son los que me asaltan cada vez que llegan unas elecciones: Uno de lealtad e identificación con la democracia y otro de escepticismo ante las dos principales opciones políticas presentadas. De ahí puede deducir el lector cuál es el sentido de mi voto.

Pero volviendo a mi tristeza de la noche del 14 de marzo por las repercusiones que tal victoria tendría en aspectos sociales y morales de la Nación, ahora puedo certificar, pasados ya varios meses, que mis temores no eran infundados. Ya hay personas nombradas ocupando cargos de importancia para promover activamente políticas que atentan contra algunos principios de la fe cristiana, siendo uno de ellos el de la homosexualidad. Cuando se nos explica que entre dos personas del mismo sexo se pueden dar los mismos afectos que entre dos personas de distinto sexo, con valores de similar profundidad, como la fidelidad, el respeto, el amor, el cariño, etc., presentándonoslo como una opción tan respetable y honorable como pueda ser el matrimonio y a continuación salen las imágenes de la marcha del Día del Orgullo Gay, Lésbico, Transexual y Bisexual, uno no puede evitar peguntarse si no nos están tomando el pelo. Porque ¿cómo es posible difundir un discurso en el que se pretende equiparar en cuanto a seriedad matrimonio y homosexualidad y, al mismo tiempo, emitir unas imágenes donde la moderación, el pudor y el orden están ausentes porque su lugar lo ha ocupado el desvarío, el desenfreno y el delirio? ¿Dónde estaban ese Día la fidelidad, el respeto, el cariño o el amor? ¿Dónde la seriedad y la honorabilidad? A lo mejor es que en ese Día, y sólo en él, se han visto obligadas a huir pero en los restantes 364 días del año están presentes en esos ambientes.

La nota característica que siempre pone en evidencia a lo erróneo es que, sin dejar de ser lo que es, pretende, no obstante, disfrutar de los mismos réditos que lo verdadero. Lo verdadero tiene beneficios intrínsecos, lo erróneo en cambio, desprovisto de ellos, los reclama como suyos. Creo que el Día del Orgullo Gay se explica muy bien a sí mismo y deja perfectamente definida cuál es la naturaleza de ese movimiento; no hace falta andar devanándose los sesos para encontrarle sus puntos débiles: ese Día, por sí solo, se descalifica a sí mismo. Entonces, por favor, sean coherentes con lo que son, no tratando luego de vendernos un discurso de respetabilidad y moderación. A cada cual lo suyo: al matrimonio el honor y la seriedad que le son innatos (aunque haya quien los pisotee); a la homosexualidad y al lesbianismo el lugar que les corresponde, como deja patente su Día.

Con todo, lo que el actual Gobierno promueve en España no es comparable, dada su inspiración ideológica, con lo que otros quieren hacer: Nada más y nada menos que declarar la santidad de las uniones homosexuales, tal como han expresado una parte de los obispos episcopales de Estados Unidos y Canadá. Que gobernantes laicos se muevan al viento de los vaivenes de moda tras los cuales hay una jugosa rentabilidad en las urnas es entendible, pero que pastores sancionen como santo lo que la Biblia denomina de otra manera ya entra en otra esfera de gravedad. No sé qué Biblia leyeron para llegar a esa conclusión pero la mía lo deja bien claro, aunque haya algunos que pretendan que la Biblia es neutral tocante al tema de la homosexualidad.

Es fácilmente discernible que hay dos tipos de homosexualidad contemplados en la Biblia: uno violento y agresivo, como es el caso de los hombres de Sodoma (Génesis 19:5) o de Gabaa (Jueces 19:22), que es repudiable por cualquiera que tenga dos dedos de frente; otro consentido y voluntario por ambas partes y que la Biblia condena también sin paliativos, tal como vemos en los dos textos bíblicos arriba citados, uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento. Para declarar santas las uniones entre personas del mismo sexo haría falta escribir otra Biblia, donde viéramos en el libro del Génesis a la primera pareja, la pareja arquetipo, formada por dos hombres o por dos mujeres. La lástima es que ahí terminaría todo, pues ya no habría proyección generacional más allá de ellos.

Menos mal que en la Biblia tenemos otro modelo, el de un hombre con una mujer, y por eso estamos hoy nosotros aquí. Menos mal que en el arca de Noé entraron cuatro matrimonios heterosexuales, de lo contrario nosotros no estaríamos aquí. Sí, el pretendido matrimonio homosexual además de una contradicción semántica (la palabra matrimonio procede del latín mater, madre, y para que haya madre ha de haber padre), es también una contradicción lógica, porque se extingue en sí mismo.

No tiene fundamento, se cae por su propio peso, aunque lo quieran homologar con todas las leyes del mundo; todo lo contrario del matrimonio, cuyo valor no depende del que las leyes le quieran otorgar porque lo tiene en sí mismo. Esa es la diferencia.

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España

 
   
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