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Número 43 - 6 de julio, 2004
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De par en par
JUan simarro

Jesús y los extranjeros

Yo creo que hoy en España sería bueno ver la actitud de Jesús para con los de otras razas o etnias, para con los extranjeros. Y vamos a seguir la pista de la relación de Jesús con los samaritanos. En la narración del milagro de los diez leprosos que son limpiados, se está intentando la puesta de manifiesto de que los samaritanos deben ser rehabilitados, reintegrados en la sociedad. Al ser despreciados por los judíos, Jesús resalta la actitud agradecida del samaritano en contraste con la mala actitud de los otros nueve judíos que fueron desagradecidos. Jesús enaltece al samaritano poniendo de relieve su situación de extranjero, reconoce la gloria que se tributa a Dios a través de su acto de agradecimiento y le comunica que su fe le ha salvado: “¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

Así en otros muchos relatos se pone como ejemplo la figura del samaritano, una etnia diferente y despreciada, pero elegida por Jesús como ejemplo de agradecimiento, de projimidad y de acogida. Y es que Jesús, ante la imagen degradada de estos samaritanos por parte de los judíos que los rechazaban y despreciaban, responde reestructurando la imagen de estos despreciados, abundando en los aspectos positivos y en los rasgos solidarios de estos extranjeros. Jesús se fija en ellos y, aunque deberían tener defectos como todos los hombres en el mundo, se fija en los elementos positivos de estos hombres, los realza e intenta dignificarlos. Todo responde a la idea de dar acogida a aquellos que de alguna manera son maltratados, despreciados o considerados como diferentes. Nos está enseñando a considerar al otro como un tú personal al que yo no debo despreciar ni perjudicar en su imagen. Así, para reconstruir la imagen perjudicada, destaca todos los elementos positivos de estos hombres de etnia diferente.

Si nosotros siguiéramos estas líneas con los extranjeros inmigrantes que tenemos dentro de nuestras puertas, quizás deberíamos comenzar por resaltar los aspectos positivos de estas personas siguiendo la línea de Jesús. Quizás deberíamos comenzar por resaltar su imagen de nuevos ciudadanos españoles, pues están cooperando para sacar adelante la economía española. El concepto inmigrante quizás debería ser sustituido por el de nuevos ciudadanos o nuevos españoles. Y, a partir de ahí, reconocer al otro en su identidad y diferencia, pero resaltando siempre lo más positivo de todo el esfuerzo que están dejando en España. No resaltar lo malo y huir de resaltar los aspectos negativos que afectan a todos los hombres, y ver en ellos unos colaboradores en solidaridad con los españoles. Quizás sería hacer una discriminación positiva, resaltando mucho más los valores positivos que los defectos, las cualidades buenas que aquellas que nos pueden inquietar o desanimar, hasta reconstruir la figura del otro, en su alteridad y diferencia, de manera que su imagen resulte aceptada por todos de forma que favorezca la integración.

En la parábola del Buen Samaritano, se puede ver la misma idea. Los judíos tenían a los samaritanos como impuros y como extranjeros. Jesús, siendo judío, rompe estas barreras poniéndose, como era habitual en él, del lado de los despreciados. Es cierto que esto debería causar escándalo entre los que escuchaban a Jesús, pero Jesús ponía como ejemplo de solidaridad y de projimidad a este extranjero. Sin duda que tendría muchas más opciones, pero era algo intencionado. La projimidad cristiana no distingue de razas, ni de etnias, ni de naciones. Y, en esta discriminación positiva, destaca la solidaridad del samaritano y la insolidaridad del sacerdote y del levita. Un contraste que reestructuraba la imagen del despreciado por diferente.

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana es otro ejemplo de acercamiento al diferente, acercamiento que asombra a la misma mujer samaritana, que no solamente le responde aceptándole como Mesías, sino que desarrolla una labor misionera asombrosa. A continuación Jesús destruye el hecho de que los nacionales y extranjeros hablen de adorar a Dios en diferentes lugares. Todos deben adorar juntos, pues todos son hijos del mismo Padre. Cuando se adora a Dios en espíritu y en verdad, no caben diferencias por razones culturales, ni sociales, ni económicas, ni de tradiciones, ni de historias, ni geográficas. Entre los que adoran a Dios en espíritu y en verdad las diferencias geográficas o de etnias se vienen abajo y la discriminación positiva en una sociedad insolidaria es reestructuradora de la imagen que la sociedad injusta ha degradado.

Y nosotros, los cristianos, deberíamos aprender del estilo de vida de Jesús en relación con los diferentes, con los nuevos ciudadanos que llegan a España allende los mares. Debemos ser elementos integradores y rehabilitadores. Debemos ser agentes de liberación y de dignificación de las personas. No devaluar a nadie, sino al contrario, revalorizarlos incluso exagerando los valores positivos que en ellos hay. Una discriminación positiva que da vida, integra, acoge, dignifica y libera.

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Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
   
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