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La parábola de la Eurocopa
Alfa y Omega, letras griegas que simbolizan el principio y el fin, el primero y el último, sirven como encabezamiento de esta metáfora litúrgica que ha sido la reciente Eurocopa de fútbol de Portugal. Un campeonato cuya primera y última victoria ha sido ejecutada por el mismo equipo y sobre el mismo rival.
La desbordante alegría con que los jugadores helenos celebraron un mero empate ante la selección española ya confirmaba que este equipo era uno de los pequeñitos del torneo. Nadie contaba con un conjunto en el que un semidesconocido Angelos Charisteas se levantó como héroe de los antihéroes. El nombre del futbolistalíder de los griegos sonaba como un rintintín de lo que su equipo parecía representar, pero esta vez no fue ángel, y mucho menos el de la caridad.
Los analistas deportivos han sido bastante contundentes calificando el éxito conseguido por un equipo que, antes de comenzar el campeonato, viajaba a Portugal con el objetivo de “conseguir la primera victoria en una Eurocopa”, según palabras de su entrenador, Otto Rehhagel. “Grecia, campeón del aburrimiento” (El Mundo), "Increíble pero griego" (L´Equipe), “Asombrosa Grecia” (El País), “Fútbol cansino y ausencia de estrellas” (Abc), “la medalla de oro de la sorpresa” (As)… eran algunos de los titulares deportivos de la prensa. Cierto es que no eran lo mejores, pero no menos cierto resulta que sólo ellos habían sabido sacar partido de la exhortación cristiana que nos insta a usar los talentos con sabiduría. Y es que en eso de la sabiduría, los griegos ya tienen historia. ¿Por qué iba a jugar al fútbol espectáculo un equipo que no tiene recursos humanos para ello?
Bien por Grecia, quien se ha asomado como abanderada de los débiles y como metáfora recordatoria de lo que Dios ha hecho en la historia. El salmista David, el gran rey de los escogidos, el gran símbolo humano de Israel fue también aquel en quien nadie pensaba, aquel pastorcillo y último de su estirpe que distaba mucho de ser el prototipo de elegido. En aquella ocasión, los vistosos y admirados hermanos de David quedaron sorprendentemente eclipsados ante los inescrutables designios del Creador, casi igual de estupefactos que en este campeonato se quedaran los Zidane, Beckam, Henry y compañía. O como el venerado jugador italiano Totti, que como romano que es, parecía imitar a sus ancestros castigadores del siglo primero escupiendo en la cara de un contrario y llevándose tres partidos de sanción, unas jornadas de ostracismo que ni siquiera se cumplieron y que impidió al jugador de la Roma cualquier esperanza de levantarse al tercer día. El caso es que Totti era otra falsa esperanza de éxito.
Como bien se deduce de los análisis periodísticos, a los jugadores de Grecia nunca se les vio como dioses del Olimpo. Eran los últimos y nada sospechosos de gloria. El jugador que marcó el gol en la final fue acusado injustamente en el pasado de pertenecer a una banda armada, y como rompiendo con la injusticia de la infamia, Charistea marcó el gol del título haciendo comparecer a las tinieblas en el estadio lisboeta de La Luz. El velo de quienes no se fijaron en los blancos y celestes fue desgajado también en ese momento. Allí, en la capital del Imperio que en su día gobernó medio mundo, se hicieron visibles aquellos humildes luchadores de la bandera de la cruz y de los colores del cielo.
La gloria de los ignorados y de los que mejor han sabido aprovechar sus dones ha suscitado las envidias y el rechazo de los mal llamados grandes. La elección de los pequeñitos para la exaltación nos ha recordado los usos del Dios de la Biblia; aquellos momentos donde torpes personajes como el mencionado David, el tartaja Moisés, o el asesino fundamentalista Saulo fueron levantados de la nada por un Dios de perdón que no mira con los ojos de soberbia de este mundo. No es casualidad que el mismo Ungido viniese como hijo de refugiados políticos que huyen a Egipto, como tampoco resulta extraño que la madre del Mesías fuese falsamente acusada de inmoralidad sexual. Y que decir de la pantomima del juicio a este Jesús y de tantas y tantas circunstancias que revistieron al Cristo de un halo de divina humanidad inconcebible para muchos. Así es nuestro Dios; cotidiano, sorprendente y receptor de rechazos a causa de sus buenas obras, tal y como nos insinúa la metáfora de una Grecia que esta vez, ni fue clásica ni vivió su tragedia. Que disfruten la gracia.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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