E s p e c i a l e s
Número 44 - 16 de julio, 2004
  E D I T O R I A L

NOTICIAS

Internacional
España
Sociedad
Ciudades
España @l día

NEWS
From Spain
International
  HEMEROTECA
Especiales
Recortes de prensa
Números atrasados
Buscar

DOCUMENTOS
Históricos
Legales
Comunicados

INTERACTIV@
Tu opinión
Cartas
Libro de visitas
Chat
Foros

Recomendar

Agregar a favoritos
Página de inicio
¿Quiénes somos?
Patrocinada por:
Alianza
Evangélica
Española
miembro de:
European
Evangelical
Alliance
World
Evangelical
Alliance
Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY

El odio inexistente

..

“No confundáis el odio con la abierta exposición de las ideas”, escribió el gran novelista francés Emilio Zola. Es una pena que esta máxima, tan auténtica, no se tenga en cuenta al juzgar las intenciones de quienes tenemos el oficio de escribir.

Hace poco comenté aquí el libro de un autor hebreo que pretende judaizar a San Pablo y todo el contenido del Cristianismo primitivo; días después, su autor manda a este medio desde Argentina, donde reside, una carta de protesta en la que me pregunta por qué odio al pueblo hebreo.

Escribí sobre el libro de Cesar Vidal, colaborador de esta revista, titulado ESPAÑA FRENTE AL ISLAM, y en mi contestador telefónico me dejan un mensaje de queja. Un buen amigo mío musulmán, imán en una mezquita de Madrid, con quien trabajé unido cuando negociábamos los Acuerdos del Estado español con las tres religiones minoritarias –Judaísmo, Islam y Cristianismo- me pregunta entre bromas y seriedades si le tengo odio al Islam.

Quienes más me acusan de odiar son los católicos. Católicos de a pie y alguna jerarquía. Durante veinte años he dirigido la revista RESTAURACIÓN. Otros diez años he estado al frente de ALTERNATIVA 2000. En ambas publicaciones aparecían con frecuencia artículos en torno a la Iglesia católica, escritos por mí. Más de una vez y más de cincuenta se me ha acusado de odiar a la Iglesia católica. Aún anda por ahí archivada la carta de un sacerdote español, capellán en Alemania, en la que me decía: “Sus artículos revelan el odio que tiene a la Iglesia católica”.

¿Odiar yo? Ni al ratón que descubrí hace poco en un rincón de mi biblioteca. Soy absolutamente incapaz de odiar. Ni al más encarnizado de los enemigos que pueda tener. El odio deprime más al que lo concibe que a aquél a quien va dirigido. Es la cólera de los débiles. Ni odio ni envidio. Estoy conforme con lo que tengo y me acepto como soy. Yo no bebo de ese licor ponzoñoso que es el odio.

¿No será que hay personas e instituciones acomplejadas con la idea de que son objeto de odio? Cuando el Gobierno central hacía alguna observación al ex presidente Jordi Pujol, éste gritaba que Madrid odiaba a Cataluña. Cuando Pujol ponía en evidencia, con razón muchas veces, al presidente Rodríguez Ibarra, el aludido decía a la prensa que Cataluña odiaba a Extremadura. Si en Asturias dicen que no gusta el Real Madrid, es que los asturianos odian a los madrileños. Su uno prefiere el Sevilla, es que odia a los del Betis.

Pero ¡bueno!, ¿cómo se puede utilizar a la ligera una palabra que contiene tal carga de miseria?

Es cierto, ahí están para confirmarlo los once gruesos tomos que hasta ahora se han publicado de mis Obras Completas. A lo largo de años he escrito muchos artículos referidos a la Iglesia católica, parte de ellos recopilados en los tres tomos sobre catolicismo español. Pero en muy raras ocasiones he tocado el dogma, que respeto aunque no lo comparta, y jamás he entrado en el sagrado terreno de las personas. He escrito, y espero seguir haciéndolo, de la Iglesia católica como institución fuertemente implantada en la sociedad española. Las leyes dicen que en nuestro país la única institución intocable es la monarquía. No lo entiendo ni estoy de acuerdo, pero así es. La Iglesia católica puede ser enjuiciada siempre que no se denigre a sus miembros ni se ataquen sus creencias. Debe merecer el respeto obligado a todas las religiones.

Como institución, la Iglesia católica está siempre en un primer plano. Más ahora, con un Gobierno que no es totalmente de su agrado. Mantiene un protagonismo permanente en la sociedad. Se pronuncia sobre todo cuanto incide en la vida del país. Muy cercana a la economía y a la política, sus pronunciamientos carecen muchas veces de razón.

Si uno escribe dando su opinión sobre tales comportamientos, ¿es que odia a la Iglesia católica? ¡Por favor! Lo que se pretende con esas acusaciones de odio es coartar la libertad de expresión, silenciar el derecho a expresar las opiniones propias. Es otra forma de intolerancia, más sutil, cala más hondo cuando se presenta como víctima de un odio que no existe, y lo sabe. Andar por la vida en plan mártir debe dar sus resultados.

El miércoles 23 de junio leí en el diario EL PAÍS que una organización católica se ha querellado judicialmente contra Iñigo Ramírez de Haro, como autor de una obra teatral irreverente, cuyo titulo no quiero repetir. Se acusa al escritor de odio a la Iglesia católica. ¿Pero de qué odio se habla? A ese señor le trae sin cuidado la Iglesia católica. Todo lo que pretende es que se habla de él y ganar dinero. A mi también me ofenden algunos textos de la obra. Pero no se me ocurre decir que Ramírez de Haro odia a los protestantes.

Vamos a dejarnos de niñerías y sepamos encajar las críticas que no nos gustan. No veamos en todos los que discrepan intenciones de odio. No los acorralemos hasta querer anularlos. Si Cristo respondió a las amenazas de Herodes diciendo que caminaría hacia Jerusalén hoy, mañana y pasado mañana, desde mi insignificancia digo que seguiré escribiendo sobre la Iglesia católica cuando me de motivos para hacerlo. Lo hago sin odio, de verdad, a corazón abierto.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional

© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)

 
   
EDITORIAL
mARTEs
JOSÉ DE SEGOVIA
De par en par
JUAN SIMARRO
Orbayu
MANUEL LEÓN
Letra pequeña
MANUEL LÓPEZ
dLirios
Luis Marián
La voz
CESAR VIDAL
Claves
WENCESLAO CALVO
Íntimo
YOLANDA TAMAYO

Enfoque
Juan A. Monroy

. PUBLICIDAD


© 2004 Protestante Digital, España.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección.
Colabora: