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Número 44 - 16 de julio, 2004
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yolanda tamayo

Humildad no es debilidad

Gracias mi Dios, por los problemas de este día, pues ellos serán la razón de mi alegría en el día de mañana..

A quienes la noche hace entenebrecer con frases de orgullo, no lograrán ver la ventana por la cual sea divisa la misericordia y el amor. Irán sorteando charcos de lágrimas ajenas, sin compadecerse de los que sufren entre espinas, porque sus ojos están puestos en un ocaso, por donde sólo se esconde un sol de injusticias.

La humildad es un valor en desuso, se ha quedado un poco anticuada y generalmente la vemos haciendo cola en las oficinas del INEM, porque con nuestra ajetreada vida hemos descatalogado un término de tan alto nivel moral, hasta hacerlo caer en el mas categórico anonimato. La humildad está pereciendo a causa del hedonismo, y cual hierba frágil, es pisoteada por botas de autosuficiencia y altivez. Ser humilde hoy, es sinónimo de persona débil, y la debilidad es algo que en este nuevo y ególatra siglo no tiene cabida.

Mas yo doy gracias por el sinfín de personas que, con el deseo de imitar a Jesús, no les importa mostrar esa parte que otros tachan de anémica porque la falta de autoridad es entendida como falta de personalidad. Me congratulo con los que hacen caso omiso a tanta palabrería y sin dejarse insuflar por el orgullo, ofrecen con agrado la otra mejilla. Y aunque les duela sentir el azote de la incomprensión, conocen la obra del Maestro, y luchan por seguir su ejemplo.

La humildad es saber que estás siendo juzgado injustamente y depositar en las manos de quien mal te trata, unos gajos de generosas respuestas, aunque nunca lleguen a ser valoradas por el juez injusto. Pero es nuestro deber considerar que no todos están capacitados para comprender las máximas de un don tan preciado como es el de la humildad. Que quienes lo desconocen, lo tratan con groseros modales, sin atribuirle más que conjunciones desentonadas y despectivas.

Ser humilde, es ser manso, benigno. Es mirar al prójimo sin altivez, sin sentimientos de prepotencia. Es ser simplemente un imitador de Jesús, quien en su andadura por la tierra, podría haber sometido a muchos bajo el poder de su fuerza, y sin embargo, se hizo pobre junto al pobre, para regalarnos una generosa valija de dones preciosos. Siendo el mayor, se hizo como uno más para, así, prepararnos el camino hacia una vida más plena.

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Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España

 
   
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