| ¿Y si yo no fuese creyente?
Habíamos conducido muchos kilómetros para llegar a aquella localidad y ahora que estábamos allí no encontrábamos el sitio de la reunión, así que mi mujer se fue por una acera de la calle y yo por la otra, revisando cada edificio.
Hacía calor y no paseaba mucha gente; algo raro noté en dos cincuentones que iban unos metros detrás de mi mujer y, al fijarme más, me puse furioso porque descubrí que le estaban pasando revista con la mirada de arriba abajo y de abajo arriba y, por sus gestos evidentes, noté que sus comentarios iban algo más allá de la pura contemplación.
Crucé la calle, me puse ostensiblemente entre ellos y ella y la cogí por el hombro mirándoles retadoramente; algo les incomodó, no mucho, pero pronto intentaron dar una salida airosa a la situación; se me acercaron con toda amabilidad, uno de ellos sacó un papel del bolsillo y me lo ofreció cortesmente: “lea esto”. Y me quedé de piedra: ¡era un folleto evangélico! Fue la única vez que no me alegró conocer a unos hermanos. Pero inmediatamente pensé: “¿y si yo fuese alguien no creyente? ¿habría leído siquiera aquel folleto?”
Recuerdo otra ocasión cuando entré en una iglesia evangélica en la que no me conocían; había una nutrida asistencia y el sermón fue bueno. Terminó el culto y nadie me saludó; decidí entonces hacer una prueba: atravesé todo el pasillo hasta el púlpito entre la gente; ni una sola persona me saludó. Pensé también entonces: “¿y si yo fuese alguien no creyente? ¿cómo me habría sentido?” Un hermano me reconoció y me estropeó el experimento, me dio un abrazo y entonces sí, entonces fueron varios los que vinieron a conversar conmigo.
No, hermanos, mi reflexión no es pesimista: aprendí mucho con estas experiencias; nuestro mensaje tiene autoridad por sí mismo, pero lo transmitiremos con más credibilidad si nos creemos de verdad lo que decimos. Desde entonces, procuro saludar con aprecio a cada desconocido que entra en mi iglesia y cada vez que veo a una moza de buen ver, me aseguro de poder ofrecerle después un folleto sin morirme de vergüenza. 1Pe 2.12.
X. Manuel Suárez es médico, escritor y Consejero de Medios de Comunicación del Consello Evanxélico Galego
© X. M. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2004) |