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Número 46 - 27 de julio, 2004
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JUan simarro

Hacia una ética universal

Hoy, en un momento de la historia en que realmente el mundo es una aldea global y todo está más interconexionado que nunca, es cuando se puede comenzar a hablar de una auténtica historia universal. Los problemas que se dan en el continente americano repercuten en Europa y viceversa, pero es igual con todos los continentes y países del mundo. Hemos visto como los acontecimientos del 11S en Estado Unidos y del 11M en España, han tenido repercusiones que traspasan las fronteras. Así, hoy, los acontecimientos importantes, sean buenos o malos tienen repercusión mundial. Los problemas alcanzan niveles planetarios.

Las comunicaciones hacen que hoy todos estemos más unidos que en ningún otro momento de la historia de la humanidad. Vivimos como nunca la historia de manera universal. Y si en esta historia nuestra, esta historia universal hay crisis económicas, crisis políticas, crisis sociales, insolidaridades que dejan tirados a más de media humanidad, es porque no se ha puesto en marcha, simultáneamente a una historia universal, una ética también universal.

Es más: las crisis y las problemáticas se dan porque hay otras crisis que no se atajan. Son las crisis de la ética, las crisis de los valores, las crisis de las auténticas prioridades. No se eliminarán las crisis políticas, ni económicas, ni culturales, ni de civilizaciones, mientras no se afronten las crisis de los valores, la crisis de la ética. A problemas planetarios se tienen que buscar también soluciones planetarias, y las soluciones planetarias no llegarán hasta que realmente no sea capaz de poner en marcha de una forma efectiva una ética mundial, universal, aceptada por todos.

A todo esto tiene mucho que aportar el cristianismo que, en muchos casos se queda en los niveles doctrinales, dogmáticos y rituales, sin que llegue a entrar en un nivel imprescindible para la auténtica vivencia cristiana: el nivel ético. Porque el cristianismo es una religión ético-profética. Si siguiéramos el ejemplo de los profetas de Israel con quienes se alcanza la cumbre de la ética, el cenit de los valores de compromiso con el otro, con el prójimo, el mundo sería diferente, ya que el número de llamados cristianos en el mundo es ingente.

Los niveles éticos de denuncia de los profetas de Israel abarcan todos los órdenes de injusticia: desde la injusticia que se puede dar en el orden religioso, como a la injusticia que se ancla en las estructuras injustas de poder, o sea, la denuncia del orden injusto, de la injusticia social y la defensa de los débiles. Jesús entronca con esta línea profética y así, la lucha por una ética universal se convierte en un referente de la religión que consiste en la irrupción del Reino de Dios entre los hombres con la figura de Jesús. Y hoy no se puede dar una auténtica democracia si no se alcanzan unos mínimos niveles éticos a escala mundial, a escala planetaria.

Los cristianos deberíamos darnos cuenta que ni el Antiguo Testamento ni los Evangelios son libros de lectura piadosos para la contemplación o la mística, sino libros que nos van mostrando una praxis liberadora que convierte a los cristianos en agentes de liberación siguiendo los pasos del Maestro. Y los problemas a nivel planetario son tan grandes que sólo una ética universal que incorpore los valores cristianos podrá hacer frente a estas problemáticas. Los desafíos actuales pueden encontrar un eco de solución desde el cristianismo, desde una ética universal que siga las pautas de compromiso de Jesús y de los profetas del Antiguo Testamento. Sólo una ética universal de este corte podrá incidir en la restauración, integración e inserción social en dignidad de los oprimidos del mundo. Sólo descendiendo a estos niveles y comenzando por los últimos será posible una ética universal para una historia que ya es universal pero llena de muchos crucificados de esta historia, crucificados conocidos por todos, excluidos por la injusticia y el egoísmo humano.

Si no se universaliza la ética en esta historia universal, estaremos en la universal historia de la opresión y el despojo, la historia universal de la insolidaridad humana. Se necesita una ética que comience por abajo, por los excluidos y marginados del mundo. Que no olvide a tantos excluidos del mundo que han muerto a causa de la injusticia. Una ética que tenga memoria de tantos vencidos por los intereses de los poderosos, que recuerde a tantos niños muertos por el hambre y a tantos sacrificados por una historia alejada de la ética, de los valores morales que se muestran como únicos para atajar las crisis planetarias. Así, el creyente tiene que ser el agente liberador que impulsa la utopía: la puesta en archa de una ética universal que cruce e impregne toda esta historia universal que hoy se da más que nunca en nuestra aldea global, aún consciente de que la fe no se queda ni se agota en la ética. Tenemos que hacernos presentes en la política al estilo profético. Independientemente de que militemos o no enlos partidos políticos de turno.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
   
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