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Número 45 - 23 de julio, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Venus, diosa del desencanto

“De la mañana a la tarde son destruidos,
y se pierden para siempre, sin haber quien repare en ello.
Su hermosura, ¿no se pierde con ellos mismos?
Y mueren sin haber adquirido sabiduría”
Job 4, 20-21

..

Lo sublime siempre viene de arriba, de lo divino. Y quizás por este motivo se le dio al más deslumbrante destello de la bóveda celeste (después del Sol, obviamente) el nombre de la diosa de la belleza. ¡Mira que estrella! decimos al contemplar este astro bailando insinuante sobre la infinita línea de un horizonte desplegado como merecido escenario.

Nos dejamos conquistar ante el más centelleante de los flirteos estelares, pero una vez más, la belleza despojada de espiritualidad se convierte en hermana traicionera evocadora de espejismos. Venus, como diosa pagana que es, no es luz sino sombra vacía. La Estrella de la Mañana ni siquiera es estrella, sino un vulgar punto negro de acné que, como vimos hace semanas a través de los telescopios, se convierte en grano oscuro al pasar delante del Sol. Aquel día del mini eclipse vimos como la diosa se revelaba como irrisoria verruga al someterse al insondable juicio de la luz solar.

Cuando las sondas espaciales nos descubrieron la superficie de este planeta supimos definitivamente que su belleza no podía ser más frígida. A finales del siglo XX y como signo de los tiempos de la cirugía estética, nos enteramos de que la reina del amor y la hermosura era en verdad un vil bufón caído. Venus no es más que un infierno de más de 400 grados centígrados, sin más vida que la muerte de supropia materia.

En ese momento de desencanto intuimos que Venus nos quería decir algo. Creo que nos avisaba de que la blancura es a veces podredumbre cuando nos atrevemos a atravesar su epidermis.

Como queriéndonos consolar por este desengaño estético, un viejo profeta nos hablaba hace milenios de una poderosa belleza que se volvería hombre y fealdad hasta el punto de que llegaríamos a decir que “no hay en él parecer ni hermosura que atraiga las miradas ni belleza que agrade” (Isaías 53, 2). Fue como si Isaías hubiera querido adelantar una respuesta a Dostoievski cuando en la obra El Idiota, el novelista ruso se preguntaba angustiado: “¿Qué belleza salvará el mundo?”. Cuando los griegos amantes de lo sublime se acercaron a Jesús, el salvador anunciado por Isaías les dice que deben morir a sí mismos, a su ego y a sus preocupaciones superficiales si realmente quieren abrazar lo sublime.

En la pasión que llevaría a Cristo al Gólgota, nuestras vanidades se desfiguraban al mismo tiempo que lo hacía su propio rostro. El diablo, disfrazado de vanagloria y acompañado de pajes como Anorexia o Bulimia, no daba crédito a lo que veía: el propio creador de la hermosura era quien había destronado la superficialidad para poner lo auténtico como rey legítimo.

Desde el día en que la belleza se ofreció como salvadora del mundo, muchos de los seguidores de ese Jesús han visto el arte como una expresión del Logos donde el encanto sin alabanza no es nada. Bach, Mozart, Van Dyck, Miguel Ángel o Dostoievski –entre miles- se inspiran en el creador de creadores y creación. Ya desde el primer libro de la Biblia se nos avisaba de que los astros, llamémosles actores, músicos, deportistas, políticos o planetas… son sólo creaciones con principio y final. Mientras veneramos lo vacío y renegamos de lo real nos seguimos creyendo que detrás de los destellos de Venus hay vida en lugar de infierno, armonía en lugar de caos, pero sólo la fuente primigenia de lo majestuoso podrá completar nuestra necesidad de amor, estética y frescura.

Sólo el creador de los astros tuvo autoridad para deformar su rostro y así evitar que el nuestro no se pudriese bajo el fuego destructor de la engañosa prostituta que es Venus. Pero, ¡que gran paradoja!, un mundo hastiado de falsedad sigue en la perenne autoflagelación de vivir sin reconciliarse con su salvador y temiendo encontrase con aquella belleza de la que habló Isaías. Y ahora, ¿qué belleza les salvará?

Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
   
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