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Número 45 - 23 de julio, 2004
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JUAN ANTONIO MONROY

El sida, desafío para la iglesia

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Los últimos datos ofrecidos por la Organización de las Naciones Unidas a los medios de comunicación sobre el aumento del sida en el mundo, han hecho saltar las alarmas este caluroso mes de julio. Según el prestigioso organismo internacional, el virus del sida infectó a unos cinco millones de personas en 2003. De ellos, 600.000 niños. El sida mató el año pasado a 2.400.000 adultos y a medio millón de niños, de acuerdo con el último ajuste de datos de la Organización.

Entre los adultos, el 50 por 100 son mujeres. Este porcentaje se eleva al 57 por 100 en África, donde por cada diez hombres infectados de sida hay trece mujeres. Entre los jóvenes de 10 a 25 años el desequilibrio es aun mayor: veinte mujeres por cada diez varones en Sudáfrica y 45 chicas por cada 10 muchachos en Kenia y Mali.

Asía es el continente que presenta la expansión más rápida de la pandemia. En India son ya cinco millones de afectados, el segundo país del mundo después de Sudáfrica. El sida se está extendiendo imparable por países como China, Tailandia, Vietnam, Camboya, Laos y otros. Europa oriental y Asia central están multiplicando el número de personas infectadas por el virus VIH, causante del sida. Rusia, Ukrania, Letonia, Lituania y Estonia han sufrido un aumento de enfermos de sida hasta en un 80 por 100 en un año.

El África subsahariana, cuya población representa el 10 por 100 del total de la población mundial, acoge al 70 por 100 de todas las personas contagiadas por el virus del sida: alrededor de 25 millones.

En América Latina y en el Caribe el sida empieza a hacer estragos. En esa parte del continente viven 1.600.000 infectados. Brasil figura a la cabeza, seguido de otras grandes naciones como México, Colombia, Argentina y Venezuela. Las naciones del caribe tienen una población de 430.000 enfermos de sida.

Los países ricos son prácticamente los únicos que disponen de medicamentos para todos los afectados por el virus del sida. Con todo, la ONU advierte de que “no hay motivo para un exceso de confianza”. En algunos de estos países se está dando alas al mito de que el sida ha sido vencido, y no es cierto. Estados Unidos de Norteamérica cuenta con un millón de personas infectadas, y en los países de Europa occidental se cuentan 580.000.

En España se diagnosticaron el año pasado 2.126 nuevos casos de sida. Los datos oficiales sobre el número de personas infectadas con el virus del sida en España oscilan entre 100.000 y 120.000. Parece que se está produciendo una estabilización en la cifra de quienes desarrollan la enfermedad.

El sida, una enfermedad mortal que afecta por igual a niños y a adultos, a ricos y a pobres, a negros y a blancos, a homosexuales y a heterosexuales, al Norte y al Sur de la geografía global, es relativamente nueva. Después de una prehistoria de duración desconocida, de la que existen evidencias parciales, entra en la Historia a mediados del siglo XX. Es entonces cuando se inicia una página nueva en la historia de las enfermedades infecciosas, en la historia de la medicina y en la historia de la humanidad.

Las primeras alarmas se producen en África central en 1959. Durante los años 60 y 70 la enfermedad se desarrolla en países de la zona. En 1979, el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos comunica los primeros casos de una, aparentemente, nueva enfermedad en el área de Los Ángeles y Nueva York.Dos años más tarde las autoridades sanitarias del país norteamericano informan que se han detectado 256 casos de sida. En 1982 se conocen los primeros casos de enfermos de sida en España.

En medio del caos y de la alarma, el científico francés Luc Montaigner y el también científico, norteamericano, Robert Gallo, logran la identificación del virus en 1983. A partir de entonces, laboratorios especializados emprenden una carrera febril para determinar su origen y hallar los medicamentos necesarios para combatir la enfermedad.

El resultado está a la vista: cero. Hoy, cuarenta y cinco años después de los primeros casos en Estados Unidos, la Organización de las Naciones Unidas reconoce cuarenta millones de personas que viven con el virus del sida.

Esta revista digital, encabezada con el nombre protestante, está obligada a plantearse las grandes preguntas: ¿Qué están haciendo las iglesias evangélicas para contribuir a paliar la enfermedad? ¿Qué actitud adoptan las congregaciones ante los enfermos del sida? Lo que hacen no está claro; lo que no deben hacer es encerrarse en la táctica del avestruz, esconder la cabeza y cerrar los ojos para no ver el problema.

Un primer paso sería romper el miedo. Cuando creíamos estar libres de todos los miedos históricos surge el miedo, pavor, al sida y a sus portadores. El “no temáis” de Cristo a los cristianos debe valer en este caso.

La Iglesia del Cordero no puede aceptar todo lo que el hombre hace. Pero está aquí, como peregrina en la tierra, para encarnarse en sus miserias, sublimarlas y transformarlas en rayos de esperanza.

En vida, Cristo se identificó plenamente con las enfermedades y con los enfermos. Si anduvo curando leprosos, enfermedad infecciosa y contagiosa, también acudiría en ayuda de enfermos de sida si El viviera en estos tiempos.

Jesús pidió a los discípulos que recorrieran calles y plazas y llevaran a su presencia a cojos, mancos, ciegos, leprosos, y todo tipo de enfermos. Hoy nos mandaría a hacer otro tanto con enfermos de sida.

Las iglesias evangélicas deben aceptar el reto. Distinguir claramente entre enfermedad y enfermos. La enfermedad puede ser detestable, pero el enfermo es persona hecha a imagen y semejanza de Dios, poseedora de un alma inmortal, a la que hay que purificar y limpiar de toda clase de virus para que pueda tener acceso al paraíso del cielo.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional

© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)

 
   
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