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Número 55 - 02 de noviembre 2004
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JUan simarro

La justicia y la limosna
 

Yo nunca he criticado el asistencialismo, la limosna, la ayuda puntual a las personas en desventaja social. De hecho, todas las obras sociales están haciendo asistencialismo, porque el hombre despojado, marginado, necesita ayuda puntual e inmediata. Pero nunca se debe usar el asistencialismo, las que podríamos llamar obras de misericordia, como un subterfugio para eludir otra faceta más dura, más incómoda y más comprometida: la búsqueda de la justicia, la crítica a las estructuras de pecado que marginan a tantos hombres, y la lucha por una mejor redistribución de los bienes, denunciando a los acumuladores de este mundo.

Así, cuando el que está llenando sus graneros desmedidamente, cuando está engordando sin límites las cifras de sus cuentas corrientes, es decir, cuando se es injusto, dar una limosna no es solamente una paradoja, sino la puesta en escena de dar algo para acallar la conciencia , aunque ésta puede gritarnos por otro lado y decirnos que simplemente estamos dando algo que proviene de nuestra acumulación injusta, de nuestro lucrarnos injustamente. Muchas veces no es solamente dar de lo que nos sobra, como criticó Jesús de los ricos que donaban en el arca de las ofrendas, sino donar de lo que no nos pertenece, de lo injustamente ganado... aunque hayamos pagado todos los impuestos del mundo. Porque el que acumula tanto, lo hace necesariamente a costa de los despojados del mundo, desequilibrando la redistribución de bienes del planeta.

Este tipo de compartir, de dar desde la riqueza absoluta, o desde la riqueza injusta, no puede entrar dentro de los parámetros del compartir del que hablaba Jesús. No son las obras de misericordia del Buen Samaritano de la parábola Bíblica. Compartir algo desde la injusticia de la acumulación, puede ayudar asistencialmente a algunos, pero no puede ser lo auténticamente válido. Es un asistencialismo basado en la injusticia y no válido ante los ojos del Creador. Así, aunque el asistencialismo de un despojador, pueda ayudar puntualmente a la víctima y ser válido, ante los ojos de Dios mismo debe ser simplemente un escándalo . De ahí que, aunque los cristianos puedan apoyar y practicar el asistencialismo como un mandamiento bíblico, en última instancia los ojos de los seguidores de Jesús deben estar puestos en la búsqueda de la justicia y en la devolución de la dignidad robada a los pobres del mundo.

Por tanto, desde las iglesias y desde las obras sociales evangélicas, debemos tener cuidado de no hacer un asistencialismo que retrase, elimine o frene la búsqueda de la justicia. Debemos simultanear ambas cosas. Si bien es cierto que a una persona que tiene hambre no puedo decirle que espere hasta solucionar las estructuras sociales injustas, tampoco podemos decir a la justicia que espere, porque ya estamos entretenidos en el asistencialismo. Esto es una trampa diabólica que favorece a los despojadores del mundo. Así, el asistencialismo y la búsqueda de la justicia deben caminar juntos y bien agarrados de la mano. La separación de la obra social asistencial de la búsqueda de la justicia es incluso lo que les conviene a los poderes políticos y económicos de este mundo , como si el hecho de estar ocupados en el asistencialismo fuera un calmante de la llamada de nuestra conciencia en busca de la justicia.

Por eso los evangélicos tenemos que seguir creando un tejido social que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que consuele y cure las heridas tanto espirituales como psicológicas o sociales, pero nunca hemos de olvidar la búsqueda de la justicia, de la justicia del Reino de Dios que debe ser acercado con sus valores a aquellos despojados del mundo. Despojados tanto de su dignidad como de sus posibilidades materiales de vida. Excluidos del concepto de vida digna. Por eso, desde la Iglesia y desde nuestras obras sociales, debe lucharse por la justicia, a la vez que vamos curando, ayudando y alimentando a las víctimas de la injusticia, cuidando a los que se quedan tirados al lado del camino.

Así, la ayuda asistencial, la limosna, el dar de comer, vestir y consolar, son componentes irrenunciables del deber de projimidad, del amor al prójimo, pero en la misma línea y de forma inevitable, debemos clamar por justicia. Pero no dejemos de hacer asistencialismo, de secar lágrimas, de dar un vaso de agua al sediento. Porque la vida de cualquier hombre, incluida la de las víctimas de la injusticia, es irrepetible. Y si necesitan de nuestra mano tendida en un momento puntual, no hay que negársela. Pero al tender esta mano nos concienciaremos cada vez más de las problemáticas estructurales, de las estructuras sociales injustas... de la injusticia del mundo.

 

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.

© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
 
 
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