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Más cerca de Dios
Sé que estás en todas partes, que es imposible
encerrarte en un determinado lugar y hacerte pequeño.
Pero hoy, me he sentido más cerca de ti, más alejada del resto.
Como si en realidad, al estar ceñida por tu creación,
irremediablemente me aproximara a ti de una forma nueva, diferente.
Hace meses que el verano dejó de alborotar. Acabó su cometido y atusándose los luminosos cabellos decidió ceder su puesto de honor a la nostálgica estación otoñal. Es ella la que con serenidad nos ofrece un calmado cántico. La música del otoño hace que la vida se torne un tanto más parda, envolviéndonos con esa presencia casi etérea de pausas y olores caseros.
Agradezco poder tomar mis vacaciones en esta época, pues estos días me permiten gozar de una actividad imposible de realizar bajo el agobiante calor veraniego. He disfrutado, durante una semana, del contacto directo con la naturaleza, un cercano roce de todo aquello creado por Dios, abrazada por un enclave natural que pese a sufrir los azotes del hombre, aún conserva la vigorosa impronta de su autor.
Rutas y senderos se han abierto ante mi, desplegando una carga de hermosos parajes, donde, casi de forma infantil, he sentido como la vida es parecida a un juego, un divertido juego donde sólo tienes que ser osado y dejarte adentrar en él.
Los colores del otoño tiñen las copas de los chopos enmoheciéndolos, mientras las caducas hojas de los quejigos y los fresnos extienden una mullida alfombra ante mis pies. He recorrido senderos diversos: La senda del espino, el camino de los pescadores, la ruta del molino. y al transitar por ellos he percibido la pequeñez de mi ser ante la grandeza de espacios tan llenos de vida.
Las prisas, los problemas, las dudas, todo queda desatendido ante un entorno tan sosegado, tan lleno de calma.
Escribo desde casa, cuando la nostalgia comienza a traerme retazos de los momentos vividos y aún tan recientes. Los saboreo y acuno con agrado, pues sé que recurriré a ellos cuando los días no me sean tan propicios, cuando las brumas de la vida me turben sin consideración. Entonces apelaré a estos fragmentos de aventuras, para oír en el silencio de mi mente el chapoteo del río, los trinos del herrerillo y el mirlo, azotada por el aroma del tomillo y el espliego.
Hoy el otoño me arropa con su cálida manta de serenidad, y en ella encuentro el sabor dulce de la presencia del grandioso Dios, creador de paraísos tan cercanos.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo,ProtestanteDigital.com, 2004, España |