El corazón de Irlanda
"Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros;
y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu,
y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos,
y los pongáis por obra."
(
Ezequiel 36:26-27
)
Por primera vez en mi vida he tenido la oportunidad de visitar Irlanda, concretamente la del Norte y su capital, aunque también pude hacer una escapada a la capital de la República de Irlanda. Dos ciudades, Belfast y Dublín, con muchos antagonismos que incluso en una efímera visita salen a la luz: la primera reservada e introvertida, la segunda abierta y bulliciosa. Caminando por las calles de ambas puedes captar casi inmediatamente la diferencia de dos países, de dos mentalidades. Creo que para un español Dublín, con su gentío volcado en la calle donde a duras penas andas sin dar un empellón involuntario al que está a tu lado a fuerza de abrirte paso entre la muchedumbre, con sus cafés y cervecerías repletas de una abigarrada muchedumbre, es algo más cercano a nuestra forma de entender la vida, hecha buena parte de ella en el exterior. Todo lo contrario a Belfast donde a la caída de la tarde, pues apenas se puede hablar de puesta de sol, ausente casi siempre tras las omnipresentes nubes grises, todo queda semidesierto sumiendo a la ciudad en una especie de lugar solitario y desprovisto casi totalmente de presencia humana. Supongo que Belfast representa el alma anglosajona y Dublín la celta mezclada con algo de latina. Dos ciudades, dos países, en una isla cuya superficie no llega a la quinta parte de España.
En Dublín visité la catedral de San Patricio construida en el siglo XIII en el mismo lugar donde se dice que Patricio bautizó a algunos paganos en sus trabajos para difundir el evangelio en esa región. San Patricio (c.390-c.461) es uno de esos personajes de la historia de la iglesia antigua con el que los protestantes pueden perfectamente sentirse identificados. Hay varias elementos que ayudan a ello: en primer lugar su conversión al cristianismo, aunque era nacido en una familia cristiana, durante su etapa juvenil; en segundo lugar su llamamiento y labores de evangelización en la tierra en la que en su juventud fuera su lugar de cautiverio; en tercer lugar su doctrina, trinitaria y cristológica, como lo indica el hecho de que se sirviera del trébol para tratar de explicarle a los paganos el misterio de la Trinidad y como se aprecia en el siguiente fragmento de su Lorica , o Coraza :
'Cristo conmigo
Cristo delante de mí
Cristo detrás de mí
Cristo dentro de mí
Cristo debajo de mí
Cristo encima de mí
Cristo a mi derecha
Cristo a mi izquierda
Cristo cuando me levanto
Cristo cuando me siento...'
Pero mientras visitaba la catedral algo me llamó poderosamente la atención: Además de su sobriedad, que contrasta con las catedrales españolas recargadas de tallas y retablos, pude ver en el lugar desde donde se lee el Evangelio esta inscripción (naturalmente en inglés):
'Es desde el púlpito que la Palabra de Dios, tal como está registrada en la Escritura, es leída a la congregación. A veces descuidada en la Edad Media, la Palabra de Dios halló un renovado énfasis con la Reforma del siglo XVI.'
Al leer esto no pude por menos que preguntarme dónde me encontraba. ¿Era esto un templo católico o uno protestante? Porque ¿Dónde, en mi patria, puede alguien encontrar en una catedral semejante declaración de tributo, no sólo a la Palabra de Dios sino a la Reforma protestante también? ¿Dónde, en el país en el que he nacido, se puede hallar una confesión pública tal de la propia negligencia al reconocer el descuido de la Biblia? Si la catedral de San Patricio es para Irlanda el equivalente de la catedral de Toledo para España en cuanto a significación religiosa ¿Se podría alguien imaginar un letrero colocado en lugar bien visible dentro de la catedral de la ciudad que otrora fuera capital del Imperio español en el que se hablara de tal modo de la Biblia y de la Reforma protestante? Yo no lo puedo imaginar. ¡Qué diferente habría sido la Historia de España si la Iglesia católica española tuviera el talante (ahora que está tan de moda esta palabra) de la Iglesia católica irlandesa!.
Pero he aquí la diferencia entre la una y la otra: mientras que la primera es más papista que el Papa, la segunda es lo suficientemente objetiva para ver los propios errores y apreciar los logros ajenos. Salí de la catedral asombrado porque la ciudad y la nación en la que está edificada ha sido escenario de graves conflictos religiosos y, sin embargo, éstos no han sido capaces de ofuscar el sentido de ponderación de esa iglesia.
En Belfast pasé por algunos de los barrios más conflictivos de la ciudad, donde las comisarías son verdaderas fortalezas blindadas y selladas; en un lado de las calles se pueden ver gigantescos murales multicolores pintados en honor a la causa lealista, en el lado opuesto otros, pero dedicados a la causa republicana; hay altos muros construidos para separar unos barrios de otros y unas enormes puertas que por la noche se cierran y evitan que los de un barrio pasen al otro y se produzcan altercados. Es decir, aunque hay un proceso de paz abierto Belfast sigue siendo una ciudad dividida.
Pero en medio de la confrontación tipificada en esos murales me fijé en uno cuyo mensaje era totalmente diferente a los demás y que decía lo siguiente: 'Hazte donante de órganos. Da tu corazón a Jesús.' Aquí estaba la diferencia: En una ciudad martirizada por el sufrimiento originado por la mezcla venenosa de política, religión y nacionalismo aparecía un mensaje distinto, centrado no en opciones ideológicas sino en la persona de Jesús. Aunque a decir verdad el mensaje de este cartel, con todas sus buenas intenciones, erraba en un punto: Se podría pensar que es Jesús el que necesita nuestro corazón cuando en realidad somos nosotros los que necesitamos un corazón nuevo tal y como el texto bíblico arriba citado nos enseña. Allí se habla de:
Un receptor , el pecador, en situación de urgente necesidad de trasplante.
Un cirujano competente , Dios, para llevar a cabo tan delicada operación.
Un donante , también Dios, que provee un corazón sano y nuevo que sustituirá al viejo y enfermo.
Un principio de vida , el Espíritu Santo, que será la base de sustentación del nuevo corazón.
Esto es lo que los habitantes de Belfast necesitan, pero también los de Bagdad, los de Jerusalén, los de Madrid, los de Dublín... los de cada ciudad de este mundo. Corazones nuevos, espíritus nuevos, que sólo el evangelio de Jesucristo puede crear.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, ProtestanteDigital.com, Madrid, España |