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Inmigrantes e inseguridad ciudadana
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No deja de llamarme la atención el que algunas personas hablen, de forma prioritaria e insistente, de la emigración como conflicto en el ámbito de la seguridad ciudadana, la emigración como un peligro para nuestra seguridad, como un simple plus en el aumento de la delincuencia en las sociedades ricas del llamado NORTE en contraposición con el SUR empobrecido. No se dan cuenta que esto es algo secundario ante la magnitud de la problemática mundial que refleja la inmigración o el fenómeno de las migraciones internacionales. La problemática del hambre y la mala redistribución de las riquezas es tan grande, la acumulación desmedida de riquezas es tan enorme y la injusticia social tan escandalosa, que la inmigración es como la punta de un iceberg de enormes magnitudes que amenaza la estabilidad del mundo, incluida la del NORTE rico.
Ese iceberg se está sujetando, pero podría explotar en nuestras manos. Así, aunque sólo fuera por egoísmo propio, deberíamos acostumbrarnos a ver en la inmigración de nuestras ciudades algo más que el aumento de la pequeña delincuencia. Esto es un efecto secundario al que no se le debería dar más vueltas. Es más una "invasión" por necesidad, un ansia desesperada por participar de algo que les pertenece: Los bienes del planeta tierra que, en estricta justicia, nos pertenece a todos. También a los países empobrecidos del SUR, sin distinción de raza, lengua o religión. No importa que sean musulmanes, cristianos o ateos. Es un asunto de justicia en el mundo. Vienen simplemente a por lo que, en justicia, les pertenece, pues el alto consumo y bienestar del NORTE rico, está montado sobre la escasez de tantos despojados.
Lo que está claro es que ningún país desarrollado y rico podrá sustraerse a las consecuencias de las migraciones internacionales , a pesar de que la globalización haya sido solamente para los mercados y no haya abierto la libre circulación de los trabajadores, por lo cual muchos de ellos tienen que romper esas fronteras y entrar ilegalmente. Por otra parte, está la hipocresía social de querer rechazar a quienes necesitamos y están siendo un factor esencial para nuestro continuo desarrollo económico . Demográficamente somos países envejecidos que necesitamos a esos jóvenes inmigrantes que llaman a nuestras puertas. Nuestro retroceso demográfico está siendo una llamada a la inmigración. Si a esto se unen las desigualdades tan fuertes y el empobrecimiento de tantos, no hay que darle más vueltas a la imposibilidad de frenar el proceso. Si además, nos damos cuenta del fuerte proteccionismo que marcan nuestras políticas frente a la posible colocación de los productos de los países pobres en nuestros mercados, la presión migratoria está servida. Si también añadimos los conflictos internacionales, las guerras que dan lugar a tantos refugiados y huidos, veremos que el poner un stop a los flujos migratorios es imposible en el mundo hoy.
Si pudiéramos poner en uno de los platillos de una balanza los sufrimientos por inseguridad ciudadana o por pequeñas delincuencias y en el otro platillo los sufrimientos de los inmigrantes o de los pobres del mundo, veríamos que no hay punto de comparación : el hambre, la falta de derechos humanos, la opresión, la explotación sexual de las mujeres, el trabajo de los niños, la ilegalidad y el sufrimiento que ésta produce en los "sin papeles", los que mueren en las pateras... todo es consecuencia de la injusticia social y de la mala redistribución de las riquezas.
Por todo esto, los cristianos, más que protestar por el empeoramiento de la seguridad ciudadana, deberíamos clamar por justicia social , por que no se trate a estas personas como mercancías de usar y tirar, como una mera fuerza de trabajo a la cual se le puede explotar, y se debe luchar por la dignificación del inmigrante en todas las áreas. Los cristianos y la iglesia deberían asumir como parte imprescindible de su vivencia cristiana la lucha por la búsqueda de garantías internacionales para proteger los derechos de los inmigrantes, así como unir a la búsqueda de la justicia y de los derechos humanos, una labor asistencial lo más amplia posible: ayudas asistenciales en las propias iglesias, información sobre todos los asuntos jurídicos que les puedan servir, crear redes de servicios asistenciales, ayudar a despertar la solidaridad de todos los creyentes. Esa son competencias de la Iglesia y de los creyentes, por encima de la preocupación de la posible inseguridad ciudadana que, en la mayoría de los casos, no supera en mucho a la propia delincuencia de los propios españoles.
Así, los cristianos, desde este contexto histórico, deben aprender a ver el rostro de Jesús, que también tuvo que sufrir en carne propia todo el fenómeno de la huida y la emigración a consecuencia de la persecución de Herodes, en los mil rostros de los inmigrantes de todo el mundo en nuestras ciudades. Así, pues, los cristianos estamos llamados a la práctica de la solidaridad con el inmigrante, al reconocimiento y respeto de su diversidad, al respeto a la identidad del otro. Estamos llamados a practicar la cultura de la projimidad. Tendremos que promover el encuentro entre las diferentes culturas y también, como no, el diálogo interreligioso que la sociedad pone como posible delante de nosotros cada día. Porque el cristianismo es, sin lugar a duda, comunicación interpersonal. Más aún: comunión entre las personas.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España. |
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