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En qué Jesús creemos
El problema dentro del cristianismo social, hoy en día, no es creer en Jesús, sino en qué Jesús creemos. Porque la misma persona y nombre tienen significados muy diferentes según con quién hablemos y de qué grupo religioso se trate.
Porque el cristianismo es Cristo, y los que son de Cristo; y no al revés, como se intenta a menudo, entendiendo o dando a entender que Cristo es propiedad de este o aquel cristianismo, iglesia o creencia.
No es nuevo este problema, ni siquiera diferente de la situación que el propio Jesús vivió en sus tres años de ministerio. Unos querían al Cristo como Rey, que venía como un político a liberarles de la opresión del Imperio Romano. Otros querían panes y peces, ignorando el mensaje que había detrás del evidente amor y preocupación por el aquí y ahora de Jesús hacia aquellos con quienes convivía. Por último, otros veían en él al moralista de la Ley de Moisés, o sólo a un maestro (un rabí) que les ofrecía enseñanzas que venían a aumentar su sabiduría, o señales milagrosas que serían la forma en la que su mensaje sería creído.
A todos ellos, en algún momento de sus enseñanzas y de su vida, Jesús los rechazó de plano, con mayor o menor radicalidad, pero siempre con la misma firmeza. De hecho, uno de los textos fundamentales a la hora de ver correctamente a Jesús es la pregunta que hizo a sus discípulos: ¿Quién decís que soy yo?, a la que Pedro le respondió; "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Sobre esta roca, le responde Jesús, se edifica la Iglesia.
El Mesías anunciado y Ungido por Dios, Dios mismo hecho carne (y nacido de una mujer virgen) es mucho más que un regidor de justicia política y social, un moralista, un maestro o un hacedor de milagros (sin negar que son todos estos componentes de los valores que como cristianos debemos creer, vivir y desarrollar).
Entender, descubrir, que este Jesús (el Cristo, el Hijo del Dios viviente) es quien murió por amor a mí, y sólo por amor a mí, es la base del resto de la vida cristiana y de la Iglesia. Asusta y preocupa ese cristianismo -se apellide como se apellide- cuyo Cristo no es el mismo que aquél al que Pedro conocía y en quien creía.
No deberíamos querer un "Jesús" que es sólo un mensaje de valores, de moral, de justicia social, o de poderes sobrenaturales; sino en el Dios todopoderoso que ama y transforma los corazones para que podamos luchar por vivir en nuestra debilidad los valores, la moral, la justicia y el poder que Dios da junto con la fe a quienes en El creen.
Ultimamente se han visto documentos de personas que se consideran cristianas que llaman a esto credulidad, simpleza y fundamentalismo. No en vano dijo Jesús que si no nos hacemos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. El amor, al fin y al cabo, es ingenuidad infantil para los resabiados y decepcionados de este siglo. Y curiosamente (dice 1ª de Corintios cap. 13) el amor es lo único que permanecerá para siempre.
(c) ProtestanteDigital.com,
2004 (España) |
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