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El camino hacia la intrascendencia de la iglesia: la cultura
La mayoría de cristianos conectan bien con su cultura: viven en ella. Se despiertan por la mañana, escuchan la radio, leen los periódicos, van al trabajo, reciben órdenes, se forman, se sienten motivados, participan en la sociedad de consumo, les gusta el fútbol, miran la televisión... La iglesia está en el mundo un día sí y otro también.
Y es aquí donde observamos algo curioso: ¿por qué la mayoría de las cosas que hacemos en la iglesia resultan extrañas, irrelevantes e incluso anacrónicas a nuestros amigos y familiares no creyentes cuando nos visitan si durante toda la semana parecemos tener tantas cosas en común con ellos?
Quizá el motivo sea que hemos creado una comunidad en la que el modo de hacer las cosas no refleja la cultura de la mayoría de los miembros de nuestras iglesias. No encontramos formas de expresarnos. Por lo general, no cantamos himnos con una música que guste a la mayoría. No usamos el lenguaje que usa la mayoría. No abordamos los temas que interesan a las personas que nos rodean. No damos oportunidad para que nos formulen aquellas preguntas que les preocupan. No creamos formas de relacionarnos y de aprender que encajen con el estilo propio de la nuestra cultura contemporánea.
Sin embargo el principal problema con nuestra cultura eclesial no es sólo que resulte poco atractiva para las personas que no conocen a Jesús. El verdadero problema es que a menudo no es una auténtica expresión de la cultura de los miembros de la iglesia, ni tan siquiera es "nuestra' cultura . En muchas ocasiones es una cultura eclesial heredada de otras épocas, con, otras costumbres litúrgicas y con otras preocupaciones.
Por supuesto, la cultura cristiana debería ser, de raíz, una contracultura. La cultura cristiana no tiene que imitar la cultura de ninguna sociedad concreta. Debe haber cosas en nuestra cultura eclesial que a los no creyentes les parezcan extrañas.
Pero esos elementos distintivos, deberían ser aquellas cuestiones que hunden sus raíces en la persona y en la obra de Jesucristo, no en la falsa creencia de que en los siglos XVIII y' XIX las melodías y las formas de expresión estuvieran, necesariamente, más cercanas a la santidad.
Esto no significa que no podamos cantar los himnos antiguos, que no puedan usarse formas litúrgicas de épocas anteriores. Tales himnos y formas pueden expresar el deseo del creyente por mantener la continuidad, eterna del mensaje, o fomentar un sentido de lo trascendente en nuestros cultos.
Sin embargo, cada generación no sólo necesita transmitir lo mejor del pasado, sino también conectar con el presente y permitir que existan nuevos cánticos, nuevas formas de aprender, nuevas maneras de relacionarse y de tomar decisiones. Además, nuestra cultura eclesial en ocasiones ha presentado una visión muy limitada de lo que significa "ser" humano, y a menudo se ve a la iglesia como una institución carente de espontaneidad, de libertad para expresarnos, de alegría y que percibe el disfrute del mundo material como algo negativo, dando la impresión de que Dios es un "aguafiestas".
Sin embargo, Cristo vino a darnos vida "en abundancia", y el llamamiento de cada cristiano radica en explorar, y ayudar a otros a explorar, las imaginativas posibilidades de esa vida abundante en Cristo. Como dice José Grau: `En la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo -no en la deformación que nosotros hemos llevado a cabo de su carácter y de su mensaje- da a conocer su preocupación por la felicidad del ser humano en todas las esferas de la existencia" (Goza de la vida, pág. 9).
El Espíritu transformador de Cristo no sólo debe afectar a todo lo que hacemos, sino a todo nuestro ser: mente, cuerpo, emociones, voluntad, espíritu... como la levadura afecta a toda la masa. El cristianismo integral se regocija en los sentidos: en la fragancia de una rosa, en el deporte y el baile, en la expresión humana por medio del arte.
El cristianismo integral, que afecta a toda la vida, es honesto, abierto, vulnerable. No censura la agonía de las relaciones rotas, la angustia por las preguntas no respondidas, los esfuerzos del trabajo, el drama de la muerte, el impacto del mal sobre nosotros y sobre quienes nos rodean. En resumen, el cristianismo integral y vital abarca las maravillas y los dolores de la humanidad en toda su plenitud, en un mundo que es de Dios.
Tal y como lo expresa Brian Draper, del London Institute for Contemporary Christianiry: "Necesitamos ser más cristianos en el mundo y más humanos en la iglesia'.
Con demasiada frecuencia la cultura de la iglesia intenta negar la vida, no afirmarla. Nuestra generación necesita escuchar el mensaje de Cristo, ver el poder de Cristo manifestándose en la autenticidad de las vidas de las personas. Si creamos una cultura eclesial que sea relevante y enriquecedora para los creyentes, crearemos también una cultura que será mucho más importante para muchas personas que todavía no conocen a Cristo. Además, daremos al pueblo cristiano el gozo y la certeza de que Cristo marca realmente la diferencia en todos los ámbitos de la existencia .
*) Este artículo forma parte del documento "Imagina", realizado por la Alianza Evangélica Española, que pueden leer completo en www.AEEsp.net (junto a una encuesta que servirá para establecer unas conclusiones y sugerencias para el futuro).
Puedes escuchar una entrevista a Jaume Llenas sobre el proyecto "Imagina" (3'50 MB) pulsando AQUÍ.
(c)
Alianza Evangélica Española, "Imagina", número especial de la revista Idea nº 5, 2004 (análisis de la realidad de la iglesia en España por parte de la AEE) |
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