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Número 61 - 19 de diciembre 2004
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DAVID CASADO 
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Paz y buena voluntad

Según Lucas (2:14), estas pocas letras constituyen el núcleo del canto entonado por los ángeles con motivo del nacimiento de Jesús, resumen y espíritu de la acción del Dios nuestro. Resumen y espíritu, por tanto, de la Navidad y también de quienes rectamente la celebran. Sin embargo, a diferencia de la actitud divina manifestada en este evento de una vez y para siempre, definitiva y no mudable, la nuestra aparece como todo lo contrario ya que, por desgracia, la paz y buena voluntad de Dios para con los hombres solemos concederla en pequeñas porciones y muy de tarde en tarde.

Criticamos con dureza que el espíritu de la Navidad se haya convertido en barullo, jolgorio y comercio, así como que los buenos sentimientos del hombre para con el hombre hayan de ir envueltos con papel de regalo y timbrados con etiquetas de motivos navideños. Pero, en buena lógica evangélica, deberíamos abstenernos de hurgar en el ojo ajeno para extraer la paja hasta no haber sacado del nuestro la viga. Y permaneceremos con ella hasta que no concedamos al deseo divino de paz y buena voluntad para con los hombres el lugar que merece. Tanto en lo que hace a nuestra teología como en lo que atañe a nuestra ideología y praxis.

¿Conceden nuestras teologías a la paz y buena voluntad de Dios para con los hombres lugar tan destacado como el otorgado por Lucas? Me parece que no. Que el lugar que debieran ocupar ha sido usurpado por un concepto humano que nada tiene que ver con él, que el don de Jesucristo lo hemos desligado del deseo pacífico y benevolente de su Padre celestial y lo hemos trocado en un asunto estrictamente jurídico. Mal que nos pese, eso es lo que ocurre cada vez que nuestra exégesis convierte el Sermón del Monte en una edición corregida y aumentada de la antigua ley. Cada vez que del relato de la mujer adúltera hacemos una mera excepción al imperio de la ley en vez de una pacífica y benevolente aproximación al ser humano sumido en la miseria. O cada vez que tras la acción de aquel padre de familia que, movido a misericordia, pagó un salario completo por períodos de trabajo diferentes hacemos una exégesis alegórica, mientras que para otros textos que nos interesan la hacemos literal. O cuando sólo acertamos a comprender a Dios bajo el símbolo del juez, en detrimento del símbolo característico de Dios en el NT, que es el de padre de bondad. O, por último, cuando nos olvidamos que los escritos de Pablo, adalid de la teología de la justificación, recuperan la actitud benevolente y pacificadora de Dios en la figura de la embajada de reconciliación.

Cada comprensión de Dios tiene sus repercusiones. Así que comprender a Dios como justiciero (no digamos como varón de guerra, que así aparece en algunas partes del AT, especialmente en los relatos del éxodo y la conquista), también las tiene. Todo queda situado bajo el prisma de la retribución y la justicia, en el que, evidentemente, no cabe el amor, que pasa a ser considerado más bien como una debilidad afectuosa. Más aún, como mero apaciguamiento, matriz de todos los males. Espirituales y no espirituales. Entre aquellos, las ideologías que se oponen a la idea del pantocrátor y, entre los últimos, las tribulaciones que inevitable y ciertamente nos sobrevendrán hasta terminar triturados por las sus fauces infernales de nuestros enemigos, si antes no los eliminamos con carácter preventivo.

Dar la relevancia debida al himno lucano de la Navidad exige comprender a Dios tal como en él se manifiesta: pacífico y benevolente para con el hombre . Porque Jesucristo, encarnación de la paz y benevolencia divinas, no hizo otra cosa que predicar esto mismo a lo largo de su vida pública. ¿Cómo considerar propio de los seguidores de este Dios las atrocidades cometidas en Iraq por los invasores? ¿Cómo justificar los cerca de 100.000 muertos que presumiblemente han causado, la mayor parte de ellos civiles indefensos? ¿Cómo disculpar las torturas auspiciadas desde las más altas instancias de los gobiernos invasores? ¿En base a que nuestro Dios está amenazado? ¿A que su obra corre peligro? Eso es lo que parece deducirse de ciertas manifestaciones que hacen de esta barbarie el seguro de vida del cristianismo. Pues bien, a pesar de ello, para mí, el espíritu del cristianismo es el que Lucas escribió: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”. Con todas sus consecuencias.

David Casado. Es escritor, economista y tesorero de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
(c) D. Casado, ProtestanteDigital.com, España (2004)

 
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