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Navidad sin fronteras
En España vamos a celebrar la Navidad con un siete por ciento de extranjeros. Algunos de ellos, asentados normalmente en España, con buenos trabajos, de los países de la Unión Europea, de los Estados Unidos o de otros países que se han enriquecido a lo largo del tiempo. Pero también vamos a celebrar la Navidad junto a otros muchos extranjeros que provienen de otros países en vías de desarrollo, en situaciones complejas en España. Son los nuevos ciudadanos de España que vienen de Ecuador, de Perú, de Colombia, de Bolivia... de los países africanos y del este de Europa. Son aquellos que la sociedad llama inmigrantes, concepto que no usamos con los norteamericanos, con los alemanes o con los ingleses. Por eso el concepto de inmigrante puede resultar un tanto discriminatorio y he usado el de nuevos ciudadanos. Procedentes de países empobrecidos, pero no con menor dignidad.
Todo hombre es igual en dignidad. Y en Navidad, si realmente nos atenemos a su auténtico sentido que vamos a intentar verlo a lo largo de este artículo, no puede haber barreras de raza, ni de etnia, ni de origen, ni de situación económica. La Navidad nos hermana sin fronteras. Y para los que aceptamos el genuino mensaje de la Navidad, nuestro hermanamiento no se restringe a estas fechas... debe ser un estilo de vida.
La tradición recoge el tema del belén, que suele tener entre sus componentes un pesebre, el buey y el asno. Montar un belén ha sido lo típico en la historia de España, apareciendo juntos el buey y el asno. Y aquí tenemos un simbolismo de hermandad, de ruptura de fronteras, de universalidad del mensaje. El buey era un animal importante para los israelitas, el animal de la ofrenda, un animal que encajaba perfectamente dentro del rito judío. No así el asno, que era rechazado y considerado indigno de formar parte del ritual judío. Pero la tradición los junta en la historia de la Navidad. Se rompen las barreras de raza o de categoría. Y esto hay que aplicarlo entre los hombres. La Navidad rompe barreras. Si no hay buey ni asno, tampoco puede haber raza o color entre los hombres. No puede haber barreras de nacionalidad ni de lengua. El espíritu de la Navidad debería hacer que las fronteras saltaran hechas pedazos. Igualmente las clases sociales y, más aún, las económicas que hoy imponen tantas barreras entre los hombres.
Si caminas, como cristiano, proclamando la Navidad, deberías gritar, junto al sonido de las zambombas, el que todos somos iguales delante de Dios . Nuestros villancicos deberían proclamar que es lo mismo ser blanco que de color, haber nacido en Ecuador que en España, ser africano o norteamericano. Porque eso son barreras humanas contrarias al espíritu de la Navidad. Ni el buey se exalta ni el asno se humilla. Ya no hay exaltados ni humillados, aunque aún haya oprimidos y opresores, pobres y ricos. El que aún existan estas divisiones, y no haya un reparto igualitario de los bienes del planeta, es contrario al espíritu de la Navidad.
Así, en un mundo en el que los ricos y los poderosos se contemplan como los vencedores del mundo, la Navidad dice que esto es una mentira, que ante el mensaje navideño no hay vencedores ni vencidos. Que todos tenemos el mismo padre, la misma dignidad y el mismo valor. Porque cuando vemos que hay unos cuantos que despojan de su dignidad a tantas personas, que las marginan, que violan la justicia y que acumulan desmedidamente, sentimos como si se estuviera pisando el concepto de la Navidad. Dios no puede ser el “Dios con nosotros” porque estamos impidiendo la auténtica irrupción de las “huestes celestiales” que no entienden de discriminaciones y son huestes que luchan contra la injusticia, contra el poder de los ejércitos de Satanás que son los que desequilibran el mundo, usando, a veces, incluso a llamados cristianos para ello. Por eso, estas huestes celestiales, esta invasión del ejército del defensor del débil, nos deben ayudar a encontrar el auténtico espíritu de la Navidad. Nosotros somos los que nos debemos poner junto a estas huestes celestiales, tomar sus espadas y sus escudos, para luchar contra las huestes de los seguidores del Dios Mammón, las huestes del mal.
Si no estamos esta Navidad con las huestes celestiales que gritaron las Buenas Nuevas de Salvación, estaremos alineados con las otras huestes del mal. Discriminaremos, levantaremos muros entre las personas, barreras de raza o de situación social. Será el triunfo de las huestes satánicas. Por todo esto, los cristianos, en esta Navidad, no tenemos más remedio que alistarnos en las filas de las huestes celestiales que cantaron a coro en Navidad. Cantar con ellos el mensaje de amor de la Navidad. Y, si llega el caso, cantar también villancicos de denuncia de la injusticia, de la opresión y del desigual reparto de los bienes del planeta. Villancicos que lucharían por la celebración de una Navidad más humana, más justa y más acogedora.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España. |
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