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Manuel Espejo
Año nuevo, vida nueva, y en este que comienza hemos propuesto Jerez como sede idónea para la celebración de una actividad muy especial convocada por RedIMIR: el primer taller intensivo “Hacemos un periódico” -evangélico, claro está- de una semana de duración. La envergadura de la proyección social de la Asamblea Cristiana (AC) en su ciudad de origen ha sido determinante.
Detrás de este grupo denominacional está un hombre singular, a quien -alguna vez había que decirlo- pienso que tienen pendiente de hacer justicia no ya los medios evangélicos -especialmente los programas evangélicos en las tv públicas- sino los medios seculares. Este hombre es uno de los personajes verdaderamente importantes en el campo religioso en la España de hoy.
Hablo de Manuel Espejo. Un líder carismático. Me confieso absolutamente pasmado de por vida ante un hecho excepcional: la reacción de Manuel Espejo tras el trágico accidente en el que un conductor ebrio chocó frontalmente contra el coche de Espejo provocando la muerte de su hijo. ¡Le perdonó! Hoy su iglesia tiene un miembro arrepentido más. Ante hechos así sólo cabe gritar arrebatados de santa emoción: “¡Gloria a Dios!”
La iglesia madre en Jerez de la Asamblea Cristiana (AC), la denominación evangélica que este año cumplió su 25 aniversario y de la que Espejo es el fundador y patriarca, reúne habitualmente los domingos a unas quinientas personas; en ocasiones a más de mil. Cuando releo lo del “notorio arraigo” de las distintas confesiones en los Acuerdos Estado-Confesiones Religiosas, me miento a mí mismo al repasar las denominaciones históricas y olvidarme de las de nueva implantación. Está más claro que el agua que el arraigo, aquí y ahora, está en llenar de gente los templos.
Querido Manuel. No te nos puedes negar por más tiempo. Estás en la historia. Ya sé que dirás que para la gloria de Dios, pero puesto que Dios no se vale de ángeles, sino de hombres y mujeres de carne y hueso... y corazones tan inmensos como el tuyo, pues necesitamos presentarte al público. Líderes de AC, hacednos el favor de desobedecer al jefe y dar vía libre a la publicación de una biografía de Manuel Espejo.
1879
Acabo de escribir un artículo que me han pedido sobre los Derechos Humanos desde la perspectiva protestante(1). En efecto, “algo” ha tenido que ver la Reforma Protestante en el arduo camino de la progresión de los derechos humanos hasta nuestros días; ahí está sin ir más lejos, la Declaración inglesa de Derechos de 1689, por no hablar de las aportaciones vinculadas a la Reforma Radical a principios del siglo XVI.
Pero será un acontecimiento que ocurra justo cien años después, la Revolución Francesa, la que entronice en 1879 la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano. (Por cierto, templado ahora la confrontación entre derechos humanos y derecho divino [de la monarquía, con las bendiciones de la jerarquía eclesiástica; la alianza del trono con el altar, ya se sabe], resulta que el principio laico de Libertad, Igualdad, Fraternidad, miren por dónde, resulta que sólo era anticlerical, que no antibíblico).
Pues bien, buscando y rebuscando acontecimientos acaecidos en ese año, encontré un documento ciertamente demoledor: la Real Cédula de 1789 “para el comercio de negros”, promulgada por el monarca español Carlos IV. No desbarro, no. Se trata de la Real Cédula de Su Magestad concediendo libertad para el comercio con esclavos de Cuba, Puerto Rico y la Provincia de Caracas a Españoles y Extranjeros baxo las reglas que se expresan.(2)
Pueden ver el documento en la dirección web indicada a pie de página. Pero mejor es releer la Declaración de Derechos Humanos de la ONU de 1948... con la Biblia en la mano. Dios siempre ha estado de parte del pueblo.
(1) “Protestantismo en 100 palabras”, libro en preparación por el Consejo Evangélico de Madrid para el que se me pidió, entre otros, la entrada “Derechos Humanos”.
(2) http://www.ensayistas.org/antologia/XIXE/castelar/esclavitud/cedula.htm
Manuel López, es periodista, profesor de Ciencias de la Información en Madrid, y director de la revista FOTO.
© M. López, 2004, Madrid, España. |
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