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La belleza de lo insignificante
La Avenida de Peña Prieta es una calle de barrio (del Puente de Vallecas, Madrid), estrecha y vulgar y que no corresponde a la clasificación dada. Debo recorrer una parte de ella para ir y regresar de mi trabajo, y no merecería una línea más si no fuera porque a mitad de mi trayecto vespertino - y, siempre en diciembre- una especie de alboroto infantil resuena por encima de mi cabeza. Es al llegar a la altura de un árbol -flaco, ennegrecido y alto-, quizá, el único de la parte urbana de esa calle: en su copa, a unos diez metros, una veintena de gorriones pía y revolotea incansable. En este temprano crepúsculo las aves deben estar ya en sus dormideros.
Esté preocupado, contento o triste, su inexplicable algarabía (¿se pelean por las ramas más altas, más alejadas de la contaminación, del ruido? ¿Se cuentan, acaso, las peripecias del día, los sustos que les hayan dado un perro, algún humano; lo que hayan podido comer.?) interrumpe mis pensamientos, alegra mi corazón mientras me alejo.
Y ahora, habrá que esperar otra vez a diciembre.
Pensaba esto después de haber leído hace unos meses en un suplemento cultural de prensa que no se vendía poesía, que las editoriales trataban de promocionarla por medio de antologías e iniciativas originales.
Pero, seguramente nunca se vendió demasiado; como ocupación intelectual, parece que sólo los "maestros de escuela" pasaban menos hambre y necesidades que los poetas. Además, en esta época el lenguaje del alma, el romanticismo, tienen poca cabida. Por lo tanto, menos que nunca se especule con que la poesía pueda alcanzar la categoría de best seller, que pueda igualarse a la popularidad de las obras de Arturo P. Reverte o a títulos como El Código Da Vinci.
No es tan importante que se adquiera o no poesía: lo que importa es que el poeta que somos cada uno de nosotros siga escribiendo en lo íntimo, sus líneas, sus versos, ya sea por el dolor o por la emoción de unas notas al piano o de un aria de ópera.
Hay, igualmente, paisajes, quietud, soledad -deseada-, ese estar con uno mismo, inigualable. Consideración aparte merece TODO -así, como lo que es innumerable- lo que provoca una vida de fe.
Hay un pequeño poema -de esos que no se dan nunca a conocer- de alguien que no es puramente un poeta pero cuyas frecuentes obras poseen inspiración y calidad, ya sea poesía, ensayo o narrativa. Se llama Andrés Trapiello y el poemario donde aparece, "Un sueño en otro" (Tusquets). PIEDRA Y SUELO
Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas
que no cierran.
Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos
del camino.
No es misantropía.
De este modo las piedras
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos.
Sergio de Lis es crítico literario y parte de la Redaccción de la revista Edificación Cristiana.
(c)
S. de Lis, ProtestanteDigital.com, España, 2005
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