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Eclesiastés y el tiempo: 2005
Estamos disfrutando del inicio de un nuevo año. El tiempo pasa con sus ciclos de una forma vertiginosa. ¿Por qué no podremos agarrar el tiempo y pararlo? ¿Dónde va toda la experiencia pasada? ¿Hacia dónde nos encaminamos nosotros? Por qué no podremos conservar el pasado? En la filosofía antigua, el hombre se aferraba al "eterno retorno de todas las cosas". Las cosas que han pasado volverán. Los ciclos se repiten. También el Eclesiastés, en su visión del hombre en su sabiduría natural, se plantea el tema del eterno retorno de todas las cosas: "Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser fue ya; y Dios restaura lo que pasó".
Pareciera que esta forma de pensar del hombre, le deja la pequeña esperanza de que todo lo que vivimos hoy volverá otra vez. Lo que tenemos hoy ya ha sido... Y "nada hay nuevo debajo del sol".
Así, el Eclesiastés participa de esta visión del tiempo. Todo participa del eterno retorno de las cosas y acontecimientos. "Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol". Pero este eterno retorno de todas las cosas, no quita del hombre la sensación de vacío que nos produce el vertiginoso paso del tiempo... porque todo culmina en la muerte. La muerte como final tiñe todo de un tinte pesimista, desde la filosofía y la visión del hombre natural. Y este pesimismo ante el paso del tiempo y de su terrible final, hace preguntarse al Predicador del Eclesiastés una pregunta que para él pareciera no tener respuesta: "¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo debajo del sol?" Y llega a una conclusión tremenda y desoladora ante el paso del tiempo: "Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad".
Porque desde el punto de vista humano, desde la visión del hombre natural no creyente, desde la filosofía del tiempo breve que pasa inexorablemente, todo es vanidad, dolor y aflicción de espíritu. Así, el Predicador, ante el paso del tiempo, ante la perspectiva de la muerte y de la finitud de nuestro momento, no se consuela con ese posible retorno de todas las cosas y sufre. Así llega a decir: "Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado... aborrecí, por tanto, la vida".
Porque la filosofía humana, fuera de Dios, sólo ve el ser para la muerte. Así, el Predicador dice : "Generación va y generación viene; mas la tierra siempre permanece". O sea, ante la permanencia de la tierra, está la brevedad de nuestra vida. El final es inexorable. Por eso el Eclesiastés insiste: "Los ríos todos van alo mar, y el mar no se llena", que nos recuerda a nuestro Poeta español, Jorge Manrique, con sus versos: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir". Todo es vanidad porque todo circula y corre hacia la muerte.
Pareciera que el paso del tiempo, para el hombre natural, en su visión terrenal de las cosas, es una tragedia inevitable. Podré trabajar y hacer cosas, podré hacer estanques para regar los árboles, podré amontonar plata y oro... pero el tiempo seguirá implacable y caminaremos como los ríos, derechos a la mar, que es el morir. Por tanto, la expresión estaba servida: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" . Y, a veces, une el concepto de vanidad al de aflicción de espíritu.
Y así el Predicador del Eclesiastés, nos quiere llevar a poner nuestra mente en la finitud de la vida, en la muerte, en la casa del luto... más que en las alegrías y jolgorios de la vida. Coincide en su pensamiento con otra expresión bíblica: "Enséñanos a contar nuestros días". Debemos ser conscientes siempre de nuestra finitud humana, de que el tiempo es breve, de que nos acercamos a ese mar que es el morir. Por eso el Predicador nos dice: "El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en la que hay alegría". O sea, el verdadero sabio va a ser aquel que se da cuenta de la finitud de la vida, de que el tiempo es corto, de que debe planificar y vivir sabiamente. Y si leéis el capítulo 12 del Eclesiastés veréis toda una descripción de la decrepitud del hombre hasta que su cuerpo vuelve al polvo. Pero nos dice: Antes de esto, acuérdate de tu Creador, y nos anima a que lo hagamos desde los días de nuestra juventud.
Y si ya no te consideras joven, el mensaje sería que nos acordemos del Creador desde hoy, desde ya. Porque el Predicador, después de la reflexión sobre lo negativo del paso del tiempo que nos acerca a la muerte y nos sumerge en ella, monta todo lo desmontado y nos muestra otra visión desde el punto de vista de nuestra relación con Dios. Con él se tiene una visión de eternidad no afectada por el paso del tiempo y de los años.
Así, ha pasado el 2004, pero todo se reabsorbe en el concepto de permanencia y de eternidad que podemos tener cogidos de la mano de Dios. Porque no todo es vanidad. Hay un Todo que nos llena. Hay algo que es "el todo" del hombre. Es el centrarse en el principio de la sabiduría que es el temor del Señor. Temerle en el sentido de respetarle y de tenerle en cuenta. Así, el Predicador nos puede decir al final de su libro: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos. Porque esto es el todo del hombre". Te deseo para ti ese TODO en este comienzo del 2005.
Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2005, Madrid, España. |
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