Número 64 - 11 de enero 2005
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Señales y no juicios

Si algo marca los últimos tiempos que vivimos a nivel mundial, son las catástrofes más sorprendentes e impensables. Desde el Sida y el terrorismo a nivel mundial (los 11S de Nueva York y 11M de Madrid) hasta la reciente ola gigante del maremoto del sudeste asiático, con las 160.000 víctimas y más de un millón de heridos como triste señal de su gravedad. Y la siguiente que vivamos será otra vez una nueva edición en versión real de algún guión de Hollywood tipo Armagedón.

Nos alineamos rotundamente en contra de quienes quieren interpretar estos hechos como "juicios" de Dios, castigos de una divinidad airada. Habrá un día en el que Dios juzgue a cada ser humano a la luz de su conciencia, un momento ineludible para cada uno de nosotros, pero no es ésta la forma ni el momento.

Más bien vivimos las convulsiones de un mundo que está siendo masacrado en lo natural por el alma depravada del ser propio humano, que a través de la globalización encuentra su mayor expresión de expolio de la herencia que Dios dejó al ser humano.

No sabemos hasta qué punto influyen los experimentos nucleares, la extensión del agujero de ozono, la inmoralidad; y el envenenamiento progresivo de mares, ríos y piensos en la destrucción de la biosfera y todo lo que en ella habita. Pero influyen. Y mucho.

Y curiosamente, son siempre los países pobres (y dentro de ellos los más necesitados) quienes sufren con mayor saña los ataques de la ¿madre? naturaleza. Consecuencia ésta del egoismo de la raza humana, compensado débilmente por los esfuerzos transitorios de las conciencias removidas durante el tiempo que quieran los medios de comunicación.

Pero si en todo lo mencionado defendemos que no son juicios de Dios, no podemos, por responsabilidad, dejar de decir que sin duda son señales. Anuncios de que andamos en tiempos difíciles y especiales, cercanos al final de la historia de la humanidad (sin que nadie pueda precisar ni vaticinar cuánto de esa historia está aún por escribirse).

Es más que probable interpretar que estos últimos tiempos están señalados por la huella del regreso de Israel como nación a su tierra, a partir de 1948. Y las palabras de Jesús sobre este periodo que hablan de guerras y rumores de guerras, de que se levantará nación contra nación, y habrá hambres y terremotos en diferentes lugares (Mateo 24:6-7) coinciden asombrosamente con las circunstancias que vivimos.

El fin de los tiempos de cada persona llega con su muerte, un fin al que todos estamos abocados. No hace falta dramatizar más (ni menos). Pero no deja de ser por eso necesario decir que el Señor de la historia tiene en sus manos el destino del mundo, y que de la misma forma que dijo, cuando nació Jesús, que lo hizo en el cumplimiento del tiempo, lo mismo ocurrirá con el final de la historia de la actual sociedad.

No debe esto preocupar a quienes creemos, porque nuestra vida presente y futura está en sus manos. Segura, confiada, protegida por quien es el Rey de reyes y está sentado a la diestra del Padre. No hay tsunami espiritual que pueda destruir a quienes confían en Cristo Jesús.

"¿Dónde estaba Dios en el tsunami?" - Entrevista en audio de Daniel Oval a Jaume Llenas Pulse AQUÍ (2'7 MB)

(c) ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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