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Señales y no juicios
Si algo marca los últimos tiempos que vivimos a nivel mundial, son las catástrofes más sorprendentes e impensables. Desde el Sida y el terrorismo a nivel mundial (los 11S de Nueva York y 11M de Madrid) hasta la reciente ola gigante del maremoto del sudeste asiático, con las 160.000 víctimas y más de un millón de heridos como triste señal de su gravedad. Y la siguiente que vivamos será otra vez una nueva edición en versión real de algún guión de Hollywood tipo Armagedón.
Nos alineamos rotundamente en contra de quienes quieren
interpretar estos hechos como "juicios" de Dios, castigos
de una divinidad airada. Habrá un día en el
que Dios juzgue a cada ser humano a la luz de su conciencia,
un momento ineludible para cada uno de nosotros, pero no
es ésta la forma ni el momento.
Más bien vivimos las convulsiones de un mundo que
está siendo masacrado en lo natural por el alma depravada
del ser propio humano, que a través de la globalización
encuentra su mayor expresión de expolio de la herencia
que Dios dejó al ser humano.
No sabemos hasta qué punto influyen los experimentos
nucleares, la extensión del agujero de ozono, la
inmoralidad; y el envenenamiento progresivo de mares, ríos
y piensos en la destrucción de la biosfera y todo
lo que en ella habita. Pero influyen. Y mucho.
Y curiosamente, son siempre los países pobres (y
dentro de ellos los más necesitados) quienes sufren
con mayor saña los ataques de la ¿madre? naturaleza.
Consecuencia ésta del egoismo de la raza humana,
compensado débilmente por los esfuerzos transitorios
de las conciencias removidas durante el tiempo que quieran
los medios de comunicación.
Pero si en todo lo mencionado defendemos que no son juicios
de Dios, no podemos, por responsabilidad, dejar de decir
que sin duda son señales. Anuncios de que andamos
en tiempos difíciles y especiales, cercanos al final
de la historia de la humanidad (sin que nadie pueda precisar
ni vaticinar cuánto de esa historia está aún
por escribirse).
Es más que probable interpretar que estos últimos
tiempos están señalados por la huella del
regreso de Israel como nación a su tierra, a partir
de 1948. Y las palabras de Jesús sobre este periodo
que hablan de guerras y rumores de guerras, de que se levantará
nación contra nación, y habrá hambres
y terremotos en diferentes lugares (Mateo 24:6-7) coinciden
asombrosamente con las circunstancias que vivimos.
El fin de los tiempos de cada persona llega con su muerte,
un fin al que todos estamos abocados. No hace falta dramatizar
más (ni menos). Pero no deja de ser por eso necesario
decir que el Señor de la historia tiene en sus manos
el destino del mundo, y que de la misma forma que dijo,
cuando nació Jesús, que lo hizo en el cumplimiento
del tiempo, lo mismo ocurrirá con el final de la
historia de la actual sociedad.
No debe esto preocupar a quienes creemos, porque nuestra
vida presente y futura está en sus manos. Segura,
confiada, protegida por quien es el Rey de reyes y está
sentado a la diestra del Padre. No hay tsunami espiritual
que pueda destruir a quienes confían en Cristo Jesús.
"¿Dónde estaba Dios en el tsunami?" - Entrevista
en audio de Daniel Oval a Jaume Llenas Pulse AQUÍ (2'7 MB)
(c) ProtestanteDigital.com,
2005 (España)
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