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Número 64 - 14 de enero 2005
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Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY
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La mecánica del tiempo

 

 

Creo que Enero es la mejor fecha del año para escribir sobre la mecánica del tiempo.


En las últimas páginas de Martín Fierro, entre las líneas 6.660 a 6.675, el Moreno cantor hace al gaucho unas preguntas que, más que de guitarrero vagabundo de las pampas, parecen salidas de la mente de un metafísico preocupado.

"Respóndeme al momento -inquiere el Moreno en tanto rasguea la guitarra-: ¿cuándo formó Dios el tiempo y por qué lo dividió?"

Martín Fierro, que ya había contestado otras cuestiones audaces del Moreno, no se arredra. Templa el instrumento y explica cantando:


"Moreno, voy a decir,
Según mi saber alcanza:
El tiempo sólo es tardanza
de lo que está por venir;
No tuvo nunca principio
ni jamás acabará.
Porque el tiempo es una rueda,
y rueda es eternidad;
Y si el hombre lo divide
sólo lo hace, en mi sentir,
por saber lo que ha vivido
o le resta que vivir."

Curiosa la pregunta del Moreno. Inteligente la respuesta de Martín Fierro.

En puro concepto filosófico, tiempo es el mismo devenir de la historia, como sucesión continuada de momentos; el existir del mundo subordinado a un principio y a un fin, en contraposición a la idea de eternidad que la Biblia le adjudica. Aristóteles conce­bía el tiempo como medida que se aplica al movimiento de los seres, como realidad espacial en que el pasado queda atrás y el futuro aparece delante del caminante que pone los pies en el presente. El filósofo de Estagira concebía el tiempo como "una especie de círculo" -de aquí la idea de rueda en Martín Fierro o de noria en el lenguaje popular- sometido al "número continuo del movimiento sucesivo".

Cada año igual. La misma rutina. La mecánica del tiempo. El uniforme fastidio de la vida, que Alberto Camus retrató admirablemente en El extranjero con estas palabras: "Levántate, toma el autobús, come de nuevo, duerme; y así el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado. Siempre el mismo ritmo, continuamente la misma rutina. Queda ese tremendo "por qué" que nadie sabe contestar adecuadamente. Y a la mañana siguiente todo empieza de nuevo."

Esto es tiempo imperfecto.

Igual que es vida imperfecta la que el Macbeth de Shakespeare lamenta en el quinto acto del drama: "El mañana y el mañana y el mañana avanzan en peque­ños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alum­brado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte. ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha...! ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se le oye más; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa...!"

Todo esto es tiempo imperfecto. Vida imperfecta. Desazón, pesadumbre, congoja, fastidio, sosería, insustancialidad. Ese día vulgar y miserable que Carlyle definía como la confluencia de dos eternidades. Y el italiano Foseólo, en su importante obra Los sepulcros: "El hombre, y sus postreros rostros, y las reliquias de la tierra y del cielo, todo lo desfigura el tiempo."

El tiempo tiene otra cara más bella, otra sonrisa más esperanzadora, otro ángulo de proyección trascendente. Objetando las teorías de Aristóteles, los ingleses Samuel Clarke e Isaac Newton, casi contemporáneos, afirmaban que el tiempo es un atributo de Dios; es la duración infinita de Dios. El alemán Goethe fue más preciso en su Fausto: "Lo que llamáis espíritu de los tiempos es, fundamentalmente, el espíritu del Señor que se refleja en el tiempo." En su obra La donna de Nadir, el italiano Bontempelli sigue la idea de Goethe: "El tiempo -dice- es la esencia más misteriosa que podemos sentir, y tal vez la imagen más comprensible de Dios".

Con esto llegamos a la llamada conciencia del tiempo, cuyo sentido vulgariza el apóstol Pablo cuando pide a los efesios que aprovechen bien el tiempo (Efesios 5:16). Aprovechar el tiempo, en sentido bíblico, es reconocer su origen divino y el valor de oportunidad que Dios le concede. El tiempo en la Biblia es la historia de las intervenciones de Dios y el gran regalo de Dios al hombre. El tiempo no es un tirano que devora a los seres en la mecánica de la vida, como apuntaron Camus y Shakespeare. El tiempo es el impulso que Dios ha puesto en sus criaturas para que lleguen a su destino sobrenatural y para que se realicen plenamente en la tierra pasajera.

Cada nuevo año pone ante nosotros oportunidades que han de ser plenamente asumidas. Decía Emerson: "Nosotros pedimos gozar una larga vida; pero es la vida profunda o los grandes momentos los que tienen im­portancia. Que la medida del tiempo sea espiritual y no mecánica".

Es la respuesta a El extranjero y a Macbeth. Desde ahora hemos de escribir en nuestro corazón que cada día es el mejor del año, que puede ser el día de nuestro destino final y del paso de un tiempo a otro tiempo. El hoy son las piedras con las que construimos el mañana. Cuanto más intensa sea nuestra actividad más corto se nos hará el tiempo. Sólo viviéndolo con auténtico placer espiritual podremos cambiar los tiempos imper­fectos en tiempos perfectos.

J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2005 (España)

 
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