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Número 65 - 21 de enero 2005
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yolanda tamayo
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Dulce candela

Para no perecer ahogados entre las vastas verjas de la monotonía, es necesario encontrar un horizonte cercano en el cual dejar perdida la mirada, con el único deseo de reposar momentáneamente la cansada cabeza. Hallé en aquella tarde el horizonte perfecto.

Tras un mañana de pesada mudanza, había resuelto acabar con el estrés que tal acción provoca, invitándome a dar un lento paseo. Es así como la encontré. Una pequeña tetería ambientada a estilo árabe, de reciente inauguración.

Decidí entrar, y degustar una taza de té. Me acoplé estratégicamente, consiguiendo que el ventanal de aquel recinto quedara justamente frente a mi. Una vez sentada, amablemente me atendió un señor; que debía ser, sin duda alguna, el dueño de tan cálido lugar. Me ofreció una carta donde aparecían una treintena de tés de nombres sugerentes. Delegué en él la labor de elegir.

Tras los cristales, no existían premuras, todo carecía de urgencias. Los transeúntes paseaban arropados en sus cálidos abrigos. El escenario era el mismo de semanas anteriores, sin embargo, los protagonistas actuaban de diferente forma. Las prisas, el ajetreado ir y venir había cesado, haciendo que la calle pareciese más amplia.

Dentro de aquel apacible lugar, y mientras saboreaba un exquisito té, comprobé lo fácil que puede ser todo cuando lo contemplas desde la sencillez. Una vez abandonas los apremios, el murmullo sofocante del jaleo exterior, aprendes sin darte cuenta, una lección de silenciosa musicalidad, un soniquete interno que te lleva a reflexionar sobre como el hombre , en su cotidiano ejercicio de vivir , intenta modificar lo existente para hacerlo más enrevesado , robándole la simplicidad hermosa que contienen los eventos sencillos.

Son muchas las veces en las que situaciones como estas me llevan a comprender la grandeza que poseen los acontecimientos triviales, pues son ellos, unido a mis ganas por vislumbrar belleza , los que me proporcionan momentos de inusitada calma. Hemos de dejar que la vida nos regale aromas, y exhalarlos cual perfumes nuevos ofrendados por nuestro creador.

Para sobrevivir en un mundo tan carente de cordura, debiéramos aprender a mirar la vida con ojos ingenuos, sorprendernos ante hechos comunes pero que son a su vez pequeños milagros que nos ofrece el día. Así, se desnudan ante mí aventuras hermosas, a las que intento mirar como lo haría la niña que llevo dentro.

Acabé aquella tarde olvidándome de la mudanza, de todo el trajín que ello implica, me olvidé de la palabra prisa y comprobé como el tiempo se detiene justo, cuando tú decides pararlo.

Antes de abandonar aquel lugar, agradecí al amable dueño la elección del té que había tomado.
- Es un té rojo mezclado con azahar y canela. Explicó. Si desea volverlo a tomar en otra ocasión su nombre es, dulce candela.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, ProtestanteDigital.com, 2005, España

 
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