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Jesús, frente a una taza de café
El testimonio cristiano no consiste en ganar un debate, sino en tener una conversación. Y la gran carestía en la comunidad cristiana de nuestros tiempos no es una nueva generación de evangelizadores de púlpito, sino una comunidad de personas que hablen de Jesús frente a una taza de café.
Si el ejemplo del testimonio es un sermón evangelístico o la capacidad de debate que tenga el apologeta profesional, no es de extrañar que las personas no hablen de Cristo. La charla preparada al detalle no es algo que podamos emplear normalmente en una cafetería, y un folleto evangelístico es un instrumento útil, pero dentro de un tiempo y un lugar concretos.
Es posible que el cristianismo empezara a extenderse por el mundo antiguo a partir del sermón de Pedro ante un amplio público, pero no siguió ese patrón. En realidad, en la Biblia se registran muy pocas predicaciones ante un gran número de personas. La mayoría de cultos se celebraban en casas demasiado pequeñas como para contener a la congregación media propia de la Espada de nuestros tiempos. Y la mayoría de "predicaciones" tendría seguramente poco que ver con el tipo de discurso interrumpido y unilateral que conocemos.
El evangelio tampoco se extendió por medio de tratados, los medios de comunicación o la penetración de las estructuras de poder y los canales de influencia. Se expandió a través de conversaciones serias, respaldadas por la oración, fortalecidas por el Espíritu Santo y validadas por la evidencia de unas vidas transformadas.
Sin embargo, incluso si el testimonio es afín a la conversación, no es una actividad "natural". Hablar de Cristo en una actividad con un fuerte componente espiritual. En el libro de Hechos, los discípulos oran siete veces pidiendo valor o, mejor traducido, "libertad" para hablar de Cristo. No cabe duda de que oraron con mayor frecuencia. El testimonio cristiano no puede quedar reducido a I una técnica. Es más que una simple conversación, y no está carente de riesgos. Después de todo, muchas personas de nuestros tiempos se han empapado del relativismo, y es más, probable que respondan aun a la exposición más directa del evangelio diciendo que "está bien", y procedan luego a explicarte cómo el poder de los cristales ha cambiado su vida.
Si el testimonio es, en su grado más simple, una conversación, esto no equivale a decir que no tenemos la responsabilidad de estar preparados para responder a las preguntas de los, demás. Pedro llama a los cristianos a 'estar siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 P 3:15). Aquel que fuera pescador no nos dice que tengamos que ser capaces de discutir con el catedrático de budismo en Salamanca, pero nos anima a estar preparados, presentando una defensa lógica, a dar motivos de la esperanza que tenemos. No tenemos que salir vencedores en la discusión; debemos limitarnos a exponer nuestro argumento.
Sin embargo, la inmensa mayoría de personas en nuestras iglesias no está preparada para la misión a la que Dios les ha llamado. Y no tiene mucho sentido que se nos exhorte constantemente a ministrar y dar testimonio si tales exhortaciones no van precedidas de una formación adecuada, y acompañadas de un respaldo suficiente. Los instrumentos como Explorando el Cristianismo, el Estudio Bíblico Participativo, Cristianismo Contagioso o los Cursos Alfa son poderosos no sólo porque permiten que personas interesadas exploren la fe cristiana, sino porque conceden a los creyentes la oportunidad de clarificar sus conceptos. Y esto induce a una mayor confianza.
Hay cosas que nuestro pueblo debe conocer. Ya es hora de que alguien se las enseñe.
(c) Alianza Evangélica Española, “Imagina”, número especial de la revista Idea nº 5, 2004 (análisis de la realidad de la iglesia en España por parte de la AEE) |
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