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Número 66 - 28 de enero 2005
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Tres certezas

Se ha dicho que en esta vida sólo hay tres asuntos acerca de los cuales se puede tener absoluta certidumbre: la muerte, los problemas y los impuestos. Por supuesto el lance tiene su ingenio pero seguramente fue creación de alguien que se movía entre el sarcasmo y el cinismo, que a fin de cuentas no son los mejores maestros para enseñarnos a vivir la vida, pero el dicho tiene cierta validez porque atina en cuanto a la escasez de nuestras certezas. Para algunos ahí, en la escasez o nulidad de nuestras certezas, radicaría la suma de nuestro conocimiento, tal como dijo Sócrates: ‘Sólo sé que no sé nada'.

Sea como sea, una de las facultades más sublimes que tenemos los humanos es precisamente la del entendimiento por la cual podemos conocernos a nosotros y a lo que está fuera de nosotros. De hecho, ésa ha sido la cuestión que ha ocupado a no pocos de los más brillantes pensadores que han aplicado sus privilegiadas mentes para indagar en la esencia y el mecanismo del conocimiento, es decir de cómo llega (si es que llega) un sujeto pensante a conocer al objeto de su conocimiento, abriéndose de esa manera una rama de la filosofía que se denomina epistemología. Y así, desde Platón a Husserl, pasando por Tomás de Aquino y Dadvid Hume, se han enunciado numerosas explicaciones para elaborar una teoría del conocimiento; algunas de ellas partían del idealismo más absoluto y otras terminaban en el agnosticismo y escepticismo más categórico.

Éste fue el caballo de batalla de los escolásticos de la Edad Media , entre los cuales hubo posturas dispares respecto a esta ardua cuestión. Para algunos de ellos había dos vías de conocimiento: la fe y la razón, si bien unos las consideraban mutuamente excluyentes y otros recíprocamente complementarias , aunque todos estaban de acuerdo en darle la primacía a la primera; para otros, sin embargo, existía una tercera vía superior a las anteriores: la contemplación mística, por la cual el objeto amado, Dios, no sólo es creído o buscado sino poseído de manera similar a como el amante posee (conoce) al amado. Pero la evolución del pensamiento en Occidente iba a desbancar a la fe y a la Revelación en favor del racionalismo (que enseñaba que el razonamiento deductivo es el método para alcanzar el conocimiento) y del empirismo (que enseñaba que el conocimiento viene de la reflexión sobre las sensaciones) para desembocar en el escepticismo y el agnosticismo (que enseñan la imposibilidad de conocer la realidad última de las cosas, entre las cuales están las sobrenaturales).

Todo esto, que parece un embrollo propio de intelectuales sumidos en sus disertaciones, tuvo amplias repercusiones en los campos más importantes de la vida: el científico, el político, el social y el religioso. De manera que en el ámbito de las ideas religiosas la postura que se ha afianzado en Europa es la del agnosticismo, mediante la cual no se afirma (teísmo) pero tampoco se niega (ateísmo) la realidad de las cosas sobrenaturales: Dios, alma, resurrección, milagros, etc., si bien este agnosticismo de índole intelectual se ha transformado en otro de índole popular en el que la inmensa mayoría descansa como en un parapeto de comodidad para no tener que pensar en cuestiones desagradables o profundas y continuar con el modo de vida materialista que está a la orden del día. De manera que el agnosticismo ilustrado de los filósofos del siglo XVIII ha engendrado un agnosticismo chabacano, grosero y arrogante cuyo fin espero que no esté muy lejos.

Y sin embargo, pese a quien pese, hay algunas cosas, tal vez pocas pero algunas, de las cuales podemos estar seguros . Lo escandaloso para los agnósticos es que sea en el Libro de los libros donde se nos enseñan. Concretamente en el pasaje abajo citado se habla de tres certezas, dos verdaderas y una falsa, de índole trascendental:

•  Una certeza verdadera sobre la bondad de Dios . ‘Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón.' (Salmo 73) Una bondad general manifestada en la creación y en la providencia y una bondad particular expresada en la redención. Una bondad negada por muchos debido a la existencia del mal. Pero un mal, preciso es recordarlo, que no tuvo su origen en Dios sino en la criatura; un mal que se expande y multiplica por la voluntad de los seres humanos.

•  Una certeza equivocada sobre la inutilidad de servirle . ‘Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón.' (Salmo 73) Se llega a esa conclusión debido a la prosperidad de los malvados; por lo tanto, es el corolario, no tiene sentido vivir de acuerdo a la voluntad de Dios porque a los que se burlan de él les va bien.

•  Una certeza verdadera sobre la severidad de Dios . ‘Ciertamente... en asolamientos los harás caer.' (Salmo 73) El punto anterior es lo que uno percibe con sus ojos, con su experiencia. Parece un enigma sin solución... hasta que la persona perturbada por el mismo se pone en la presencia de Dios y, entonces, se deshace el nudo, se resuelve la dificultad. La sentencia contra la maldad ya ha sido pronunciada... es sólo cuestión de tiempo para que sea ejecutada.

Es interesante que de estas tres certezas, la falsa es la que nos llega a través de nuestros sentidos y nuestro entendimiento, lo cual es una humillación para los medios que racionalistas y empiristas consideraban instrumentos del conocimiento; las dos verdaderas nos llegan a través de la percepción espiritual, o sea de la iluminación del entendimiento; de nuevo las pretensiones racionalistas y empiristas se vienen abajo. Sí, verdaderamente hay tres cosas de las cuales podemos estar seguros en esta vida, aunque no coinciden con las del cínico, a saber: la bondad de Dios, la severidad de Dios y la utilidad de servirle

"Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos. Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra. Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, y aguas en abundancia serán extraídas para ellos. Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia; pues he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas. Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos. Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores. Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia. Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti. Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras."
(Salmo 73)


Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2005, ProtestanteDigital.com, Madrid, España

 
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