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Profetas en nuestra tierra
Soy el pasajero en un microbús que está pasando junto a un gran edificio que alberga a unos cuatro mil evangélicos en una reunión. Apenas tres manzanas después observo a varios jóvenes con camisetas serigrafiadas con versículos de la Biblia mientras reparten literatura religiosa a los viandantes. Según trato de leer lo que se transcribe en dichas indumentarias compruebo como los pasajeros del vehículo detenido en el semáforo empiezan a charlotear efusivamente con nuestro conductor. A pesar de la brevedad de la conversación, los contertulios no han dejado de mencionar las bendiciones de Dios. Y mientras permanezco enajenado por tanta divinidad callejera veo que el coche que nos precede tiene adheridas dos llamativas pegatinas que aseveran que Jesús es el guía de quien las colocó.
Desde el comienzo hasta el fin de lo relatado no han pasado ni cinco minutos. Pero claro, no estoy en Bilbao, ni en Albacete, ni en Barcelona. Estoy en Sao Paulo (Brasil).
Días después, en la capital de Bolivia (La Paz), asisto a una reunión donde los hermanos piden oración para que Dios despierte a la población de la ciudad, la cual –dicen- permanece dormida espiritualmente. Pues claro que La Paz necesita más de Dios, pero viniendo uno de Madrid no deja de producirme cierta extrañeza que se diga esto acerca de una urbe donde la mitad de los autobuses llevan letreros evangelísticos, una ciudad donde no es raro entrar a cualquier tienda mientras se escucha a Marcos Witt o a Jaci Velásquez como hilo musical. Y es que esto, en mi pueblo, no es tan común.
La pasión por Cristo en gran parte de Latinoamérica, África o Asia se ve irrisoriamente contrastada con el reciente informe de la Liga del Testamento de Bolsillo: “Se calcula actualmente en unos 90.000 los evangélicos españoles en nuestro país”. Un 0,29% de la población, aunque otras fuentes aseguran que los protestantes en España (extranjeros incluidos) pueden rondar los 500.000. Sea como fuere, andamos en torno al 1%, y si a este porcentaje le restamos el número de quienes interpretan la nueva vida en Cristo a modo de gueto religioso, las fuerzas para impactar con el evangelio en nuestro país quedan –numéricamente- muy exiguas.
Censos nominales aparte, la cosa no es para desanimarnos ni para caer en el complejo de raros y retros que sacude a muchos evangélicos de por acá. Todo lo contrario. Los españoles que hemos aceptado el perdón incondicional de Cristo nos encontramos poco más o menos que como el doctor Livingston, como privilegiados pioneros en tierra árida de estilo almeriense.
En estos días, las diferentes declaraciones a favor y en contra acerca de las reprimendas de Juan Pablo II hacia el gobierno y la sociedad española han constatado el generalizado y profundo desconocimiento del evangelio de la vida por parte de ciudadanos, políticos y periodistas. Hechos que vuelven a recordarnos que somos auténticos misioneros en tierra de extensa mies donde, de momento, se vislumbra poco fruto espiritual.
Desde estas líneas me animo a mí mismo y al que lee para que no permitamos que nuestra pasión por Dios se quede anclada en lo que vemos sino en lo sobrenatural, porque eso es lo que nos diferencia. Los creyentes de la vieja Europa somos de nuevo unos grandes privilegiados. Primeramente, porque vivimos en el continente con más opciones para cubrir nuestras necesidades básicas. Y en segundo lugar, no todos necesitamos sufragar un costoso viaje para predicar el evangelio hasta los confines de la tierra. Los confines de la tierra son ahora España y Europa, y el honor es enorme para los hijos de Dios de estos lares.
Me siento orgulloso de poder ser un embajador de la primera potencia mundial –el Reino de los Cielos- en medio de una tierra que gime por ser sembrada. En la nación de los divinos símbolos del aceite y el vino, Dios ha puesto a unos cuantos de sus pequeños para ser luz. Por todo esto, gracias a Dios por habernos permitido nacer en la nación que descubrió el Nuevo Mundo. Eso mismo queremos que ocurra de nuevo, que los nuestros descubran tu Reino. Gracias por poder ser parte de la obra.
Luis Marián trabaja en Madrid como
documentalista en la Universidad Carlos III,
y coordinador
de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con
no creyentes.
© L. Marián, ProtestanteDigital.com, 2005, España. |
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