Número 66 - 25 de enero 2005
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Preservativo: sexo y Dios

Estos días ha sido motivo de debate y actualidad en España, con eco en el resto del mundo, la cuestión moral del uso del preservativo. El motivo: la opinión manifestada por la Conferencia Episcopal católica española al respecto, que dejaba entrever su utilidad en la prevención del SIDA, tras la fidelidad y la castidad; y la "marcha atrás" en su postura.

Y es que a la mismísima jerarquía católica española le han tirado de las orejas desde Roma. El Vaticano mantiene, desde su autoridad monolítica, un principio que es la raíz de muchos males de la Iglesia católica. En este caso, que la sexualidad en sí misma es perversa, salvo el fin último de la procreación para dar hijos al matrimonio de la Iglesia romana.

Para ellos, hasta el placer sexual es sospechoso, sólo permitido por la meta de que la Iglesia católica tenga más hijos . Fundamentalmente por esta razón se impuso el celibato obligatorio a los sacerdotes y monjas católicos: la espiritualidad está reñida -para ellos- con la sexualidad.

Frente a esta postura del Vaticano, la única limitación de los Evangelios es que "el obispo sea marido de una sola mujer". Y es que el sexo lo inventó Dios en positivo, incluyendo el placer sexual.

Conocer es el hermoso sinónimo de la relación sexual en la literatura del judaísmo. Así, Adán "conoció" a Eva en el relato de Génesis con total naturalidad antes de que naciese ninguno de sus hijos. De la misma forma que el carpintero José conoció a su joven esposa María, después de que hubiese nacido Jesús. Sara, anciana como su esposo Abraham, al saber el anuncio de que tendrían un hijo en su vejez respondió: ¿Cómo tendré yo placer de mi señor?; y el Cantar de los Cantares está lleno de la belleza integral -cuerpo, alma y espíritu- de la relación íntima del hombre y la mujer en el matrimonio.

Por esta razón el cristianismo protestante entiende que la sexualidad del matrimonio, de la relación del hombre y la mujer, es un invento y regalo de Dios que sirve de apoyo complementario a otros aspectos esenciales de la pareja , como son el sentimiento, la familia como proyecto, y el amor altruista por el otro. Y peca de depravación de la realidad de Dios quien quiere ver maldad en lo que es un aspecto importante (que no único ni central) de la pareja.

Por esta misma razón el cristianismo protestante entiende como moralmente lícito el uso de los métodos anticonceptivos (no abortivos), preservativo incluido; lo que es extensible a la prevención del SIDA.

Pero el problema, si hablamos ahora de la sociedad alejada de Dios, no es el uso del preservativo. Al hombre postmoderno le da exactamente igual que la Iglesia católica (u otras iglesias o confesiones) aprueben o no el uso del condón. Lo van a seguir utilizando igual, ni más ni menos. Lo que importa es decir que cualquier forma y manera de sexualidad es aceptable y positiva, preservativo aparte.

Y si decíamos antes que Dios fue el creador de la sexualidad, debemos añadir que, como cualquier fabricante de calidad, también dio el correspondiente manual de buen uso.

La sexualidad humana debe ir unida -para su correcto funcionamiento, según expone su creador en la Biblia- al compañerismo, la fidelidad, y un proyecto común de vida denominado matrimonio. Que es cierto que puede fallar, a pesar de todos los esfuerzos, y como último mal menor terminar en un divorcio. Algo aceptado por el protestantismo pero sólo como medida extrema y final tras haber fracasado todos los esfuerzos posibles. Que a veces ocurre; pero no como norma. Sólo a veces.

La infidelidad, la promiscuidad sexual -equivalente a una drogadicción- y la superficialidad de relación estilo light son contrarias al Evangelio, al mensaje de Dios, a la verdad de la relación plena del hombre y la mujer.

Pero, a la vez (y esto también diferencia al protestantismo del catolicismo romano) la respuesta no es intentar imponer unas leyes o normas a la conducta social sobre la sexualidad; sino anunciar que la sociedad vive alejada del Dios de la vida y del sexo. Anunciar que la insatisfacción sexual reinante no viene de la represión, ni de las limitaciones, sino de vivir alejados y de espaldas a Dios; de una existencia vacía, confusa, y perdida porque no tiene ninguna referencia.

El sexo es sólo una parte más (importante) de la vida. Una de las siete cuerdas de la guitarra del alma. El problema es que hemos olvidado las indicaciones de la partitura y el vuelo ligero y sutil de la batuta del Director de orquesta.


Puede escuchar el Editorial en audio (850 KB) pinchando AQUÍ

(c) ProtestanteDigital.com, 2005 (España)
 
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